• Caracas (Venezuela)

Gustavo Villasmil

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Enterrad mi corazón en la Orinoquia venezolana

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El 29 de diciembre de 1890, en lo peor de las llamadas Guerras Indias en Estados Unidos, aquel Séptimo Regimiento de Caballería hecho célebre en los westerns ocupó la aldea sioux de Wounded Knee, en la actual Dakota del Sur, pasando por las armas a la totalidad de sus habitantes. Un notable libro de 1970 recogió para la posteridad el relato de aquellos macabros hechos: el entrañable Bury my Heart at Wounded Knee del periodista y escritor estadounidense Dee Brown. La crónica de Brown se impuso como uno de los más poderosos revulsivos éticos para una sociedad por siempre convencida de su predestinación a constituirse en gran hegemón del mundo al costo que fuera. Los años del decimonono en Estados Unidos fueron los tiempos de una infausta teoría –la del llamado Destino Manifiesto– por la cual se justificaba política y moralmente el sacrificio de las poblaciones indígenas originarias por el omnímodo poder de la sociedad anglosajona. Pero la opinión pública estadounidense se movilizó, como se movilizaría años más tarde también por los derechos civiles de los negros. Muy distinto de lo ocurrido en Venezuela, donde pese a gozar los indígenas casi de un fuero especial, la precariedad de sus condiciones de vida atenta contra el más elemental sentido de decencia social y de dignidad humana.

Recientemente, la opinión pública venezolana se conmovió tras conocer la pasmosa realidad de la epidemia de VIH/sida en las comunidades warao del Delta del Orinoco, posiblemente la más alta del mundo en términos proporcionales a su población. El hecho no es nuevo para los investigadores biomédicos adscritos a importantes instituciones académicas venezolanas –con la UCV a la cabeza– que durante muchos años han dedicado grandes esfuerzos al estudio de tan dramática y dolorosa expresión local de la que fuera conocida como la gran epidemia del pasado siglo. Una epidemia de la que se ha dicho el mundo podría estar de vuelta en muy pocos años, en tanto que nosotros nos adentramos más y más en ella asistiendo impasibles al espectáculo de sus secuelas de injustificable dolor y muerte.

Entre tanto, la paradoja del Estado venezolano nos ofrece la parodia cotidiana de un ministerio para asuntos indígenas, de una Defensoría del Pueblo que es la caricatura de la prestigiosa institución del ombudsman nórdico, de una sanidad pública que reprende a los venezolanos por consumir bienes y servicios de salud y hasta de una pretendida poética de izquierdas que en la voz de Alí Primera denunciara hace 40 años la situación de maltrato en la que vivía el warao venezolano. Una vez más, el Estado venezolano, instalado en donde no debe –en nuestra economía y en nuestras vidas, por ejemplo– se ausenta de aquellos quehaceres respecto de los cuales tiene un mandato concreto.

Si los sioux de Wounded Knee sucumbieron a las acciones de un Estado que les despreciaba, nuestros compatriotas warao lo hicieron bajo la mirada impasible de un Estado que, desde similar desprecio, ni tan siquiera actuó: porque al fin y al cabo, este laissez faire de crímenes que vivimos es expresión, sobre todo, del nuestro como Estado fallido.

Allende en la Orinoquia, territorio ancestral de los más legítimos entre los venezolanos, quede enterrado el corazón de una sociedad cuyo Estado ni les aprecia ni les protege.


*Médico venezolano. Coordinador de la Mesa Sanitaria de Cedice Libertad