• Caracas (Venezuela)

Gustavo Tovar

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La inquebrantable fe de Leopoldo López

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“Enfrentaré en todos los terrenos, en todos,

y en especial en el moral, a la dictadura”.

Leopoldo López Mendoza

 

Las cosas del espíritu

Del espíritu son cosas como la belleza, la imaginación, la creatividad, el arte, los sueños, los ideales, la felicidad, el coraje, la sabiduría, la dignidad, la fe o la libertad.

También del espíritu son la maldad, la perversidad, la corrupción, el cinismo, la cobardía, la humillación o el chavismo.

Cuando señalamos que en Venezuela se libra una lucha espiritual por un porvenir más humano y libre, más digno y creativo en contra de esta algarabía de cinismo y depravación que es el chavismo, no exageramos. Este tipo de luchas no son nuevas, en sociedades tan convulsionadas como la nuestra la lucha del bien contra el mal es la constante.

Que alguien se atreva a señalar que a un pueblo no le interesa luchar por su libertad no solo es estúpido, es ignorante del alma humana y de la historia de las civilizaciones. Los momentos más brillantes que ha vivido la humanidad los ha conocido por luchar -y vencer- por cosas del espíritu como la libertad, la justicia, la igualdad o la democracia.

Romper con el molde del conformismo y de la desesperanza aprendida requiere de mucho valor y a veces hasta de heroísmo. No es fácil librar batallas espirituales, pero si un pueblo aspira a un mejor porvenir, si desea progresar hacia mejores niveles de libertad y prosperidad debe luchar con brío, de manera individual y colectiva, por conquistarlos.

Quien lo hace lidera a una nación y más: lidera una época.

 

La fuerza es la fe

En el momento más desconsolador y humillante en el que un sector del liderazgo político opositor se había rendido y subyugado a los devastadores antojos del dictador Nicolás Maduro, cuando todo parecía perdido y la Mesa de la Unidad había decidido cohabitar sumisamente con el poder autocrático del chavismo, Leopoldo López junto con María Corina Machado, Antonio Ledezma y el movimiento estudiantil, alzaron la voz, se movilizaron y se rebelaron: no se someterían a los disparatados designios de la corrupción chavista, no serían cómplices sumisos de la devastación de la nación, al menos desenmascararían a los culpables y lucharían contra ellos.

Leopoldo López, quien como alcalde logró completar una de las mejores gestiones públicas que ha conocido Venezuela en su historia, comprendió que el país no vivía un tiempo exclusivo de debate de políticas públicas -¿cómo se debate con la ignorancia?-, sino algo más complejo y vital, comprendió que el país vivía un dilema de desesperanza y de autoestima moral, que la frustración popular nos tenía hundidos.

Había que rescatar la moral y el ánimo del pueblo; había que sacrificarse por causas espirituales como lo habían hecho grandes espíritus de la humanidad como Cristo, Gandhi, Luther King, Havel o Mandela; sí, había que mostrar que los ideales y los principios son incarcelables, había que dar el ejemplo.

Leopoldo sabía que no sería fácil, pero también sabía que, si no se hacía, la adversidad y el hundimiento serían insalvables.

Todo estaba en contra: la ferocidad autocrática del régimen; los acomodados miembros de la eterna unidad opositora; la desahuciada esperanza de un pueblo que se sentía abandonado y traicionado por sus líderes; la falta de recursos materiales; la vista gorda y complacencia hipócrita de la comunidad internacional; todo.

Leopoldo con lo que contaba era con la inquebrantable fuerza de su fe, la fe en una mejor Venezuela.

 

Barrotes de humo

Las dictaduras lo son no por ingenuas sino por maliciosas y perversas. Están educadas en el mal y saben perseguir a tiempo el bien antes de que las derroque.

Hugo Chávez, perspicaz como era, reconoció tempranamente a su verdadero y más peligroso antagónico político en Leopoldo López.

Le temió desde el primer día. Intentó asesinarlo físicamente en varias ocasiones y no pudo; lo inhabilitó políticamente para evitar enfrentarse a él y cometió un grave error de cálculo: promovió el nacimiento de la indoblegable fuerza política que es el partido Voluntad Popular; por último, ya embalsamado el sátrapa, su amado sucesor, Nicolás Maduro, en un torpe ataque de pánico ha encarcelado a Leopoldo.

Error probablemente insalvable: con el injusto y disparatado encarcelamiento, el régimen ha enaltecido a Leopoldo, ha ensanchado su espíritu y ha hecho que su fe sobrepase con facilidad los barrotes de humo con que intentan someter su elevada moral. No han podido doblegarlo, todo lo contrario: lo han encumbrado.

Al margen de que el mundo ha puesto los ojos sobre Leopoldo López, que presidentes, premios Nobel, artistas y líderes políticos de todas partes han solicitado su libertad, hasta aliados tradicionales del chavismo han criticado lo extravagante, viciado y despiadado del juicio, al margen de esto o aquello, lo que nos ha sorprendido hasta la inspiración y el entusiasmo ha sido cada pronunciamiento, cada aseveración, cada palabra escrita por Leopoldo desde su encarcelamiento.

Es el mismo ser pero es otro espíritu: más hondo, más sensible y piadoso, más cabal y universal.

El inhumano trato que ha recibido, el inexcusable aislamiento, las torturas, las golpizas, las vejaciones a sus familiares, esposa e hijos, el robo a mano armada de sus pertenencias, de sus escritos y de los apuntes sobre su defensa por parte de encapuchados carceleros no han logrado menoscabar la fuerza de su espíritu, todo lo contrario, lo han ensanchado.

Su fe, su inquebrantable fe, su sacrificio y su ejemplo, nos reivindican, animan e inspiran. Son este tipo de hazañas las que transforman a las naciones.

Con el sacrificio de Leopoldo una idea de dignidad, de temple y magnanimidad nos reivindica y distancia de la depravada (por el chavismo) y la apocada (por la oposición) antropología del ser venezolano.

Vamos siendo otros, como venezolanos, por su liderazgo y ejemplo moral.

 

La sonrisa de Manuela

Me une a Leopoldo una fraternidad fundada sobre ideales de justicia, prosperidad y libertad para Venezuela. También me une los afectos por su entrañable y admirada familia. Pero me hermana con él un sueño común y futuro por una mejor, más humana y libre, más próspera, Venezuela.

Una verdadera hermandad espiritual nace de los afectos, se consolida con la comunión de principios e ideales, pero se vigoriza y eterniza con la alianza de sueños y visiones nacionales futuras. En ese sentido puedo señalar sin miramiento que tengo un hermano preso; lucharé por liberarlo porque su libertad significará en gran medida la libertad de la moral y del futuro de la Venezuela que anhelo.

El futuro de una nación lo encarna su niñez, es por ello que uno ama más un país y se compromete más con su destino cuando tiene un hijo. Todo nuestro esfuerzo se enfoca en brindarles un mejor porvenir.

Ver la conmovedora y bellísima sonrisa de Manuela López después de visitar a su padre en la injusta e inmerecida cárcel es una garantía de que Leopoldo seguirá luchando, sin descanso, hasta alcanzar esa anhelada mejor Venezuela. Los que lo conocemos, los que sabemos el inmenso amor que les profesa a sus hijos, sabemos que hasta él último suspiro luchará por lograrlo, y lo logrará.

Pero esa labor liberadora y transformadora no es solo responsabilidad de Leopoldo, a todos nos compete por igual. Ya él cimentó con su sacrificio y entrega las bases morales de otra Venezuela, ahora entre todos forjemos las bases sociales de la libertad, luchemos por un mejor futuro.

La lucha es espiritual pero debe materializarse en hechos concretos. Somos una nación encarcelada por el disparate chavista, tenemos que liberarnos y desvanecer los barrotes de humo con que el chavismo pretende encarcelar nuestro ideales y sueños; que la inquebrantable fuerza de nuestra fe también se imponga; unidos, la Venezuela que añoramos será indetenible. Sí hay futuro, depende de ti y de mí.

Cerraré con unas palabras de Leopoldo y dos preguntas; las preguntas como toda cosa del espíritu quedarán en tu conciencia.

Asegura Leopoldo: “Sé que voy a salir en libertad y que cuando salga estaré más fuerte de alma, mente y cuerpo. Saldré fortalecido espiritualmente y sin rencor. El odio, el resentimiento es lo que ha llevado a nuestro país al estancamiento. Vamos a avanzar en nuestro sueño que no es otro que alcanzar la mejor Venezuela, la Venezuela de la paz, del bienestar y del progreso”.

Y yo te pregunto: ¿Tú también saldrás en libertad? ¿Qué tan inquebrantable es tu fe? No me respondas a mí, respóndele a tu conciencia.

Y si dudas y si sientes que te frustras y no puedes, observa el admirable ejemplo Leopoldo, su entereza, su fortaleza moral y su fuerza.

Y recuerda: el que se cansa pierde… 

@tovarr