• Caracas (Venezuela)

Gustavo Tovar

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Los estragos de la guerra chavista…

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La delirante guerra

Los peores tiempos están por venir, no hemos tocado fondo ni lo tocaremos pronto.

La deriva nacional es proporcional al desprecio que muestran los enchufados chavistas contra toda nobleza venezolana. Nada cambiará. El chavismo es inhumano, sólo le apetece el poder y la riqueza extrema.

Nuestra destrucción nacional es injustificable. No hay nada que se le parezca en Latinoamérica ni en el mundo. Venezuela es un país con recursos humanos y naturales suficientes como para ser pionero en creatividad, emprendimiento y bienestar, todo lo que estamos viviendo no tiene sentido.

Somos un estrago, el estrago que ha causado la delirante guerra de Hugo Chávez contra Venezuela y contra todos los venezolanos honestos.

¿Significará el chavismo la preeminencia más acabada de la deshonestidad?

 

La historia no se equivoca

Lamento señalar que mi fatalismo no es sensiblería poética ni amargura. No lo es. Es producto de una realidad que nos abofetea con inclemencia agotadora. Ninguna otra experiencia autocrática ha sido tan disparatada ni caótica. Lo del chavismo es único.

No era difícil advertirlo, como dijo el novelista mexicano Carlos Fuentes, la cabeza de Hugo Chávez es un basurero. Nada podía salir de su mente que no fuera basura.

La historia no se equivoca, es inclemente en sus juicios. Por frivolidad, soberbia o idiotez los venezolanos no supieron detectar a tiempo la ruina que se avecinaba con Hugo Chávez, ni siquiera después de su asesino y felón golpe de Estado de febrero de 1992.

Escribo antes “los venezolanos” y pienso en uno en especial.

 

Rafael Caldera

Estoy entre los que jamás perdonará a Rafael Caldera no sólo su soberbia, sino su idiotez. Yo ni le indulto ni le sobreseo la pendejada de liberar a Chávez. Hay quienes -como reflejo de la desbordada frivolidad tan venezolana- sí le condonan su deuda moral, yo no.

Motivado por un rencor incontrolable -pero republicanamente suicida- en contra de Carlos Andrés Pérez, mismo rencor que lamentablemente observo en alguno dirigentes políticos de Primero Justicia sobre Leopoldo López, Caldera libera a un asesino en serie (Chávez) y además, santa voluntad de su proverbial soberbia, se atreve a mandarse está burrada bíblica que sabiamente recoge Alberto Barrera en su libro Hugo Chávez sin uniforme.

Lean y díganme si sobreseen su idiotez. Habla Caldera: “Debo confesar que el 4 de febrero, Chávez me causó una excelente impresión, como se la causó a todo el mundo. Aquellos segundos que usó Chávez en la televisión presentaron a un hombre equilibrado, sensato. Dijo sus palabras bastante bien dichas, de manera que se graduó como un artista de televisión, indudablemente”.

Ustedes me dirán…

 

¡No joda!

Hugo Chávez acababa de asesinar a decenas de venezolanos, con arteros y solitarios disparos en el centro de la frente a muchos de ellos, herir a centenares, irrumpir contra las instituciones y traicionarlas, y a Caldera se le ocurre señalar que aquello le causó una “excelente impresión” por “equilibrado y sensato”.

¡Por favor!, en un llano y ramplón venezolano, vulgaroso como me acusan que soy, exclamo: ¡no joda! ¿Eso es lo que tuvo que decir uno de los “padres de la democracia” sobre el asesino golpe de Estado de un militar felón? No era soberbia, era idiotez.

Lo peor es que todavía lo justifican, yo no.

 

Los calderitos

La nuestra, lo he mencionado antes, es una guerra social e ideológica, delirante como quien la causó: Chávez; e idiota como quien la propició: Caldera.

Las consecuencias de toda guerra son la devastación. Obviamente, Venezuela después de la guerra chavista está devastada. Hay quienes todavía quieren ser tan chavistas como Chávez y con su conducta y por su rencor idiota, pese a formar parte de la oposición, lo fortalecen.

Los llamaré: los calderitos.

Tenemos identificados a los chavistas, pero aún no tenemos bien identificados a los calderitos. Son muchos, están por todas partes. No sólo son soberbios, son idiotas. Algunos de ellos, por ejemplo, se ungen a sí mismos como santos doñitos académicos, peinaditos y emperifollados, comedidos y sonrientes, adeptos a la numerología mojigata y falaz, ni se espantan ni sufren, ni estallan de arrechera ni vociferan, todo lo contrario, se ofuscan, se cubren la nariz y se persignan: ¡Jesús, María y José!, cuando sobresalientes sacrificios como los de María Corina Machado, Leopoldo López o Antonio Ledezma intentan frenar a como dé lugar, con bravura e integridad venezolanas, nuestra total devastación.

Identificarás a un “calderito” cuando veas a uno que se ofusca y horroriza ante un radical que lucha con todo su ser (de raíz) por liberar a Venezuela de la invasión chavista y su guerra delirante.

Los calderitos sostienen nuestra ruina, la nutren con su desdén (¿pánico?).

Es hora de mandarlos para el carajo.

 

Los estragos de la guerra chavista

Al margen del inédito -e injustificable- caos social de la actualidad, de los linchamientos, la hambruna, las enfermedades, la falta de agua y luz, la injusticia y ese largo etcétera de calamidades que representó para Venezuela el paso de Hugo Chávez por nuestra historia, los estragos de la delirante guerra chavista -¡esa peste!- se encarecen cuando observamos otras cifras escandalosas que sólo conocen naciones que han sufrido guerras civiles o internacionales.

En los 16 años de guerra chavista (que no ha finalizado), en Venezuela han muerto casi 300.000 venezolanos (muchísimos más que en Irak y Afganistán juntos) a manos del hampa; hemos perdido todo el aparato productivo e industrial; entregamos sin defensa alguna el territorio de Guyana; al menos 25.000 millones de dólares -según lo dice un cínico chavista como Giordani- fueron robados del erario público a manos de los corruptos invasores chavistas; el bolívar se ha devaluado como jamás había ocurrido antes (no somos un “viernes negro”, somos una “época negra”); nos rendimos y entregamos a la diminuta Cuba; no tenemos sistema de salud, ni eléctrico ni infraestructura, no tenemos nada, estamos hechos trizas; más de un millón de venezolanos han huido de la guerra chavista para buscar mejor vida en otras latitudes; tenemos venezolanos perseguidos de guerra, prisioneros, torturados, aniquilados; nuestras cárceles son campos de concentración, manejadas por delirantes guerreros del chavismo: los pranes; y los “calderitos” piden paciencia, comprensión, aconsejan esperar, evitar cualquier movilización nacional, estiman que hay que causar “excelente impresión”, actuar con “equilibrio y sensatez” (como aplaudía Caldera de Chávez), deslindarse de acciones radicales de liberación (nada que los despeluque o haga sudar), mientras todo se derrumba alrededor.

¡No jodan!

Es la hora de Venezuela, de la conciencia nacional movilizada, del revocatorio, de la enmienda o de la constituyente, de la calle, es la hora del orgullo nacional y la coherencia.

Ya basta, somos mayoría, la guerra chavista debe finalizar.

No se puede esperar más.