• Caracas (Venezuela)

Gustavo Tovar

Al instante

El absurdo o la rebelión

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“¿Hubo momentos en que no sólo me olvidé de mí sino también de lo que soy?”

Samuel Beckett

 

Falta poco pero falta

Durante unos años estudié comunicación social en la Universidad Católica Andrés Bello. Fueron años de regocijo y aprendizaje irrepetibles. Disfruté de la experiencia como pocas cosas he disfrutado en la vida.

Hice cine, periodismo, radio; escribí poesía; leí historia (me topé con aquellos entrañablemente admirados y recordados maestros Carlos de Armas y Juan Martínez de la Vega, cuyas clases aplaudí sin estupor cada vez que finalizaban), me apasioné por la literatura y la política; me enamoré mil veces, los jardines universitarios eran una apasionante invitación a la caricia y el beso; sufrí, gocé, aprendí, fui libre..., sí, libre y parte “viva” (no muerta como ahora) de una Venezuela electrizante y ebria de cultura.

De una Venezuela que ya no existe, que no sé si existirá otra vez, que fue tan versátil y asombrosa que no creo que si repita, al menos no para mí y lamentablemente tampoco para algunos de ustedes.

El chavismo la destrozó, nos llevará mucho tiempo reinventarla. El único consuelo es que ya comenzamos, pero falta mucho, muchísimo.

Primero, por ejemplo, tenemos que liberarnos de la dictadura.

Falta poco, pero falta.

 

El absurdo no fue teatro

También hice teatro en la universidad, paradójicamente teatro del absurdo. Representé a Samuel Beckett en alguna absurda representación universitaria que se le ocurrió a algún amigo. La estética, como en cualquier gran momento de una sociedad o cultura, nos permitía todo y de todo. Ese exceso de permisividad motivó mi absurda −pero inocente− representación.

No causé ninguna muerte entre mi público, y si lo hice fue porque murieron de risa ante mi bochornosa actuación: el absurdo no fue el teatro, fui yo.

Tan absurdo como la dramática realidad que me tocó padecer días después de mi bochornosa presentación y en la que un militar resentido y feroz llamado Hugo Chávez Frías daba un absurdo golpe de estado y asesinaba a centenares de venezolanos inocentes.

Desde ese momento las luciérnagas fueron incandescentes y sólidas, no causaban arrobo y placer sino desangramiento y muerte. Desde ese momento los estruendos no fueron vistosos relámpagos, sino ráfagas de balas y cañones asesinos.

Era 1992, el absurdo ya no sólo sería teatral, sería total. Muchos murieron la noche de ese absurdo. A partir de entonces, ya nada nos causó risa, sólo se nos causó muerte, sufrimiento y frustración.

El país fue víctima real −no teatral− del absurdo.

 

El sueño

La reflexión más inspiradora y visionaria que he leído jamás se la debo al filósofo norteamericano L. Ronald Hubbard, reza: “Una civilización es tan grande como son sus sueños, y sus sueños son soñados por artistas…”

Si un afiche cinematográfico pudiese ilustrar lo que ha sido esta película absurda llamada chavismo sería uno en el que un grupo de furiosos militares armados −digamos: Cabello, Ameliach, González López, Carreño, Padrino, con Chávez a la cabeza− persiguen a disparos a venezolanos de diferente índole social y cultural: sacerdotes (Baltazar Porras), periodistas (Otero, Ravell o Granier), políticos (López o Ledezma), cineastas (Timothy Tracy), actrices (Fabiola Colmenares), comediantes (Laureano Márquez), dramaturgos (Leonardo Padrón), etcétera. La frase que invita a ver la película diría: “Por soñar distinto…”

Esa imagen es perfecta para ilustrar lo que ha sido Venezuela desde que llegó el chavismo al poder. No otra. Patria socialista o Venezuela y los venezolanos mueren.

Está prohibido soñar, nadie puede hacerlo, sería un absurdo. Quien lo haga será perseguido, encarcelado o muerto. Por eso el primer y principal acto de rebeldía es soñar distinto.

¿Tú sueñas con otra Venezuela?

 

¿Laberinto de soledad o de absurdos?

Es complejo, muy complejo entender “lo venezolano” en estos tiempos: ¿qué somos como sociedad? ¿cuáles son nuestros intereses? ¿qué clase de gobierno tenemos: el que nos merecemos? ¿cómo es posible que, como nación, estemos tan apocados y extraviados? ¿tenemos cultura? ¿dónde está el artista venezolano?

Creo que no existe un solo venezolano capaz de explicar nuestro estrambótico absurdo. Tener a un insalvable mediocre como Nicolás Maduro rigiendo al país no sólo es vergonzoso, es absurdo. Que haya gente que le diga “presidente” aún más.

Maduro “regaña”, “educa”, “profetiza”, de manera tan ridícula que el absurdo es desternillante. Nicolás es un dictador, un dictador para morirse pero de risa.

¿Hay algo más absurdo?

Octavio Paz intentó descifrar el porqué “lo mexicano” se extravía en un laberinto de soledad, su esfuerzo hizo que la nación comenzase a cuestionarse sobre sí misma para salir de esa soledad laberíntica. ¿Lo lograron? Creo que, pese a las dificultades, lo están haciendo.

Esta entrega a lo mejor es un absurdo, una nostalgia de la libertad que viví en mis años de estudios en la escuela de comunicación social, una necesidad de que esa electrizante pluralidad de sueños vuelva. No lo sé.

Lo que si sé es que si no analizamos a fondo y de manera crítica qué somos, qué ocurrió entre nosotros como nación para derivar en este disparate; si no soñamos algo distinto, muy distinto, no saldremos jamás de este absurdo nuestro de cada día, nuestro laberinto −ya que no de soledad sino absurdo− será insalvable, e incluso, quién quita, la primera presidenta mujer de este absurdo total sea Iris Varela o Luisa Ortega o Cilia Flores.

¿Queremos ese absurdo? No descartemos nada, recordemos que con el chavismo las luciérnagas se convirtieron en fugaces luces asesinas.

La rebelión es un derecho universal. Creo que no es absurdo ejercerlo, creo, más bien, que ya es absurdo no hacerlo.

La rebelión tiene que ser total y masiva, como este absurdo, que es real, que no es un teatro.

La próxima víctima de la luciérnaga asesina puedes ser tú…