• Caracas (Venezuela)

Gustavo Roosen

Al instante

Por un liderazgo responsable

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De acuerdo con el columnista John Carlin de El País de España, muchos británicos comienzan a revisar ya su posición en torno al brexit y a sentir que “cometieron un error incomprensible, demencial y de épicas proporciones”. Es que lo que está en juego no es poca cosa. Quienes observan desde afuera la decisión inglesa se interrogan además sobre una gran variedad de temas. La responsabilidad del liderazgo, la madurez del electorado, las fragilidades de la política convertida en un juego de emociones, las exigencias populistas, la escogencia de un rumbo como expresión de resentimientos, temores o frustraciones están siendo sometidas a juicio.

La actitud de los ingleses contrasta con una cierta sensación de tranquilidad de parte de los españoles, quienes también acaban de decidir su futuro en las urnas. Estos consideran que con su voto han destrancado el tablero político y han abierto las posibilidades de un gobierno que se ocupe del país y de la gente. Y, sin embargo, allí también persiste la preocupación por el liderazgo, su responsabilidad, su capacidad para interpretar a los ciudadanos, para hacer política de altura, para dialogar con honestidad y proponer una visión de país unitaria, creíble y posible.

La preocupación por el liderazgo tiene sentido cuando se observa su deformación en comportamientos que lindan con la irresponsabilidad, que responden más al juego partidista que a los intereses de los ciudadanos, a la táctica electoral que al gobierno eficaz, a la propaganda que a la verdad. Preocupa un liderazgo que apela más a la fantasía que a la realidad, a los sentimientos que a las ideas, a las promesas que a las exigencias, a la adulteración de la verdad que a su abierta y honesta discusión, a los acomodos que a los principios, a la exaltación del odio que a la convocatoria al entendimiento y al esfuerzo colectivo.

La magnitud y velocidad de los cambios que abruman a la humanidad hacen cada día más apremiante un liderazgo responsable, honesto, con visión de futuro, dispuesto más a estimular la integración que a fomentar nacionalismos excluyentes, con claridad para percibir la realidad y con valor para presentarla sin falseamientos, con autoridad para convocar al trabajo más que con simple habilidad para sembrar ilusiones.

Una visión de lo que ocurre de este y del otro lado del mundo demuestra que no son pocas las amenazas que la democracia moderna tiene que enfrentar. Una ellas es, desde luego, la del populismo, la de liderazgos irresponsables. Contra esa tendencia, los pueblos esperan un liderazgo maduro, realista, menos dependiente de las habilidades tácticas y más de su capacidad para convencer, para convocar a la reflexión y al diálogo, un liderazgo que genere adhesión de voluntades y no renuncia al juicio propio, a la libertad y a la participación.

En lugar de salvadores épicos y propuestas inalcanzables la sociedad debería aspirar a un liderazgo que la anime a enfrentar los problemas, que no engañe con soluciones fáciles ni se atrinchere en la denuncia o el escándalo y que atienda frontalmente los grandes objetivos del país y los intereses y derechos de los ciudadanos. Se hace necesario rescatar el valor de la verdad, de la experticia, del conocimiento, de la sensatez. Estaremos mejor cuando los líderes nos hablen desde de la realidad, cuando nos ayuden a comprenderla, no a desdibujarla, cuando se atrevan por el discurso del esfuerzo y la austeridad.

En el artículo citado, John Carlin señala: “La democracia parlamentaria más antigua ha dado al mundo una lección de un incalculable valor, una lección en cómo no se deben hacer las cosas en un país que aspira a la cordura y la prosperidad”. La lección a la que alude no es otra que esta: “…Estar más alerta que nunca al populismo barato de aquellos que pretenden llegar al poder apelando a sus prejuicios y resentimientos”. Nos llega la recomendación un poco tarde. Estamos ya, lamentablemente, sufriendo los efectos. Para superar la situación, resulta, en consecuencia, imperativo recuperar otra vez la posibilidad y las potencialidades de un liderazgo responsable.