• Caracas (Venezuela)

Gustavo Roosen

Al instante

Las cosas por su nombre

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La crisis no es tal. O no es tan grave. O no es tan urgente. O es manejable con algunos anuncios, algunas explicaciones o incluso con algunos cambios en las políticas públicas. ¿Habrá quien piense de verdad de esta manera o será solo el recurso de quien trata de ocultar la dimensión de la crisis, está sacando algún provecho de ella o teme llamar las cosas por su nombre y no se atreve a decidirse por las urgentes medidas que la realidad reclama?

Si algo se ha vuelto evidente en este momento en Venezuela es la trágica contradicción entre una conciencia generalizada de aguda crisis económica y una falta de acción para revertirla. ¿Quién duda de que la crisis no se resuelve sin un incremento de los ingresos y una reducción del gasto público, medidas ambas exigentes y con efectos en la vida de la gente? ¿No sería ese el comportamiento de un padre de familia responsable que ante una situación de apremio económico resuelve por la fórmula elemental: aumentar los ingresos y reducir los gastos? No se trata, desde luego, de medidas de fácil comprensión y de universal aceptación. Implican sacrificios y obligaciones. Pero son las necesarias. De allí el temor de hablar de ellas y de aplicarlas, de allí también las explicaciones que no explican, la búsqueda de culpables, la atribución de responsabilidades al otro, las postergaciones o las medidas a medias.

Lo que se teme decir es que no hay dinero para el gasto público y para sostener el volumen de importaciones que el país requiere, que la falta de ingresos propios obliga a buscar financiamiento, que la obtención de financiamiento implica compromisos y obligaciones, que la deuda debe ser renegociada, que es imprescindible aplicar un programa de reestructuración profunda que incluya reducción del gasto y medidas para el incremento de la recaudación fiscal. El discurso nacionalista o soberanista no puede ser burladero para negarse a negociar financiamiento externo, buscar socios dispuestos a ayudar y atender sus recomendaciones. El nacionalismo de tarima no se compadece con una situación de crisis capaz de provocar una declaración de emergencia sanitaria o de alimentación. En condiciones como las que vivimos se impone más que nunca una dosis de honesto pragmatismo.

Uno esperaría que ante la magnitud de la crisis hubiésemos encontrado la manera de ponernos de acuerdo para resolverla. Hasta ahora no ha sucedido. El juego de los intereses –políticos, económicos, personales, sectoriales– sigue impidiéndolo. Las soluciones que se proponen obedecen a esos intereses. Para unos lo mejor sigue siendo ocultarla o amortiguarla momentáneamente sin tocar las causas, para otros simplemente denunciarla o procurar salidas parciales, buenas para sí mismos pero con escasa repercusión en lo global.

Lo que no se ve es verdadera voluntad de resolver la crisis. Daría la impresión de que preocupa el costo político que la adopción de medidas pudiera tener. Desde luego, calculan mal quienes piensan que simplemente esperar un desenlace puede generar dividendos o quienes creen proteger su capital político con la pasividad, el silencio o la abstención. La atención a lo político no debería dejar fuera la preocupación central, que para la gente sigue siendo, y con razón, lo económico. El clamor ciudadano por la solución de la crisis explica, más que ninguna otra consideración, el resultado electoral de diciembre pasado. Es conveniente no olvidarlo. Los ciudadanos no lo olvidan. Su exigencia principal, tanto para el gobierno como para la oposición, es enfrentar la crisis, proponer e impulsar soluciones, resolverla. Asumir con honestidad la solución de la crisis será, a la larga, la mejor manera de merecer la confianza del ciudadano.

El país está en un momento en el que el juego de los intereses impide llamar las cosas por su nombre. No es fácil hablar con la verdad cuando la verdad no es para complacer sino para reclamar, no para culpabilizar sino para admitir errores, para pedir sacrificios, para dibujar no un cuadro de promesas sino de exigencias. No es fácil, pero es imprescindible llamar las cosas por su nombre.