• Caracas (Venezuela)

Gustavo Roosen

Al instante

Rafael Alfonzo Ravard

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Necesitada de ejemplos, urgida de figuras que le permitan recuperar la fe y la confianza en sí misma, la sociedad siente y agradece la fuerza que emana de la memoria de quienes han dejado huella positiva y han mostrado una dimensión ejemplar de grandeza y de saber hacer. Ese fue el clima en el que se presentó hace unos días en el IESA la biografía del general Rafael Alfonzo Ravard.

La presentación de un libro se ha vuelto entre nosotros la expresión de una voluntad de permanencia, de seguir haciendo, de no resignarse ante las dificultades que afectan al país en todos los órdenes, también en el editorial. En el caso de la biografía de Rafael Alfonzo Ravard se convirtió, además, en la celebración de una persona y de un modo de ser y de hacer. Fue la ocasión para hacer presente una figura admirable, la de un hombre singular por su personalidad y sus acciones, la de un militar civilista comprometido con la construcción del país, la de un profesional con visión empresarial, la de un líder con conciencia de la responsabilidad de las élites, la de un gerente público con sentido de proyecto.

En estos tiempos en los que de manera tan dolorosa resentimos la ausencia de una gerencia pública eficaz, la memoria de Rafael Alfonzo es una demostración de que otro modelo de gerencia es posible, una gerencia identificada por la primacía de la ética, el profesionalismo, la planificación, el seguimiento, la atención al recurso humano, la eficiencia, la actualización tecnológica, la pasión por los resultados. Lejos de una visión de la gerencia pública como simple administración eficiente, Rafael Alfonzo Ravard reivindicó la de promotor, de impulsador de una gran visión signada por la ambición de hacer y servir y por sentido de futuro. Entendió el liderazgo como ejercicio de motivación y dirección más que de mando, de planificación y estrategia más que de campañas o acciones aisladas, de resultados más que de declaraciones.

La memoria de su paso por Pdvsa, pude constatarlo, es una memoria respetuosa y agradecida. Su prestigio personal, pero más aun su personalidad y su conciencia de la naturaleza de la función gerencial, hicieron posible una transición nada fácil de lograr, tratándose como se trataba no solo de dar forma a una gran empresa, sino de armar el difícil rompecabezas de las varias culturas involucradas y del paso de la condición de empresas privadas a empresa estatal. La experiencia y la sabiduría de Rafael Alfonzo Ravard le permitieron entender el valor de la diversidad y las enormes posibilidades de conjugar lo diferente y potenciar cada factor para un resultado que superara ampliamente la simple sumatoria. Una de sus mayores virtudes fue precisamente encontrar los puntos de coincidencia entre su visión y su estilo personal y las virtudes o valores de una industria en la que se compartía el sentido de disciplina, la eficiencia, le técnica, el profesionalismo.

El texto del escritor e historiador Rafael Arráiz Lucca abunda en información sobre el hombre, su formación y su trayectoria. Aparece allí el militar, el ingeniero, el empresario privado, el visionario constructor de una ciudad –Ciudad Guayana–, el creador de la CVG, de Edelca y de las empresas de la zona. Su imagen no sería completa sin los rasgos destacados por el padre Ugalde en el acto de presentación del libro, particularmente su conciencia del valor de la educación para la formación de ciudadanía, su afirmación de los valores morales, su apoyo a grandes causas como Fe y Alegría.

Imposible recordar hoy el legado de Rafael Alfonzo Ravard sin dolerse por el estado lamentable de lo que fueran en su momento las grandes empresas nacionales creadas o dirigidas por él y sin contrarrestar una gerencia pública eficaz y de resultados con una gestión marcada por la destrucción y el fracaso. Traer a la memoria su figura debería ser la oportunidad no solo para reconocer a un insigne servidor público, sino muy especialmente para rescatar los valores de la gerencia profesional, del liderazgo, de la disciplina como exigencia para crecer y del hacer como instrumento para compartir y para servir.