• Caracas (Venezuela)

Gustavo Roosen

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Gustavo Roosen

¿Pensar en la dolarización?

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Para el buhonero tanto como para al banquero el dólar ha pasado a ser, en Venezuela, el precio de referencia. Todo gira de tal manera en torno a la divisa americana que su presencia o su ausencia sirven para explicar la escasez, la inflación, el precio de los productos y de los servicios, la abundancia de algunos y las penurias de otros. Casi podría decirse que la economía venezolana está dolarizada de hecho. Los expertos preferirían llamarla indexada. En cualquier caso, para la gran mayoría se hace evidente el clima de inestabilidad, incertidumbre y corrupción que se extiende todos los días a consecuencia de una política económica errática y fuera de control, con cuatro tipos de cambio reales, discrecionalidad en la oferta de divisas, devaluaciones no oficializadas, alta inflación, déficit fiscal, reservas internacionales operativas por debajo de los niveles adecuados, todo lo cual se traduce en parálisis del aparato productivo y, en definitiva, para el ciudadano, en escasez y pérdida de calidad de vida.

En condiciones mucho menos dramáticas que las actuales de Venezuela, otros países de la región han optado por aplicar de manera coherente políticas fiscales y monetarias capaces de promover el crecimiento y controlar la inflación, manteniendo un tipo de cambio libre y estable. Así han logrado recuperar la confianza de los ciudadanos, de los inversionistas y de los mercados. Otros países han optado por la dolarización. Lo han hecho acuciados por condiciones de crisis económica aguda, inestabilidad, fragilidad del sistema financiero interno, altas tasas de inflación, devaluación monetaria, falta de confianza de la población en las políticas económicas de su gobierno.

Los países que han optado por la dolarización han registrado buenos resultados. No ha sido la única medida para su recuperación económica, pero ha contribuido grandemente a su estabilidad monetaria, a ordenar las finanzas públicas, reducir de manera muy significativa la inflación y las tasas de interés, evitar la fuga de capitales, atraer la inversión de propios y extraños, alentar una mayor integración en el comercio internacional. Lograron así el objetivo básico de ordenar la economía, de frenar una situación de descalabro, inseguridad, inflación descontrolada, caos en política monetaria y financiera. Los nuevos gobiernos, incluso de signo contrario a los que tomaron la medida, como es el caso de Ecuador, han mantenido la dolarización y han cosechado sus efectos positivos.

Habrá quien argumente en contra de la dolarización aduciendo la importancia de mantener autonomía en el manejo de la política monetaria y la posibilidad de usar la flexibilidad cambiaria y la devaluación como herramientas de competitividad y financiamiento del gasto público. Es discutible. De todos modos, es un hecho que a los gobiernos no les gusta el ejercicio de ningún tipo de limitación. Los ciudadanos, sin embargo, confían más, y las economías funcionan mejor y están más tranquilas, cuando sus gobiernos tienen que someterse a esquemas y normas que protegen la disciplina fiscal, la estabilidad y la confianza.

Venezuela ha probado con el control de cambio y está claro que no ha funcionado. El complejo sistema establecido no puede sino generar distorsiones y convertirse, como ha sucedido, en el alimento de la corrupción. No puede ser de otra manera en una estructura marcada por la ineficiencia y la arbitrariedad. La realidad choca con la retórica oficial con la que se trata de esconder el fracaso, de atribuírselo a otro, de negarse a probar un camino diferente. En los momentos actuales, choca, además, con la falta de disponibilidad de dólares.

Enfrentados como estamos a una situación de crisis y a los efectos perversos de un sistema cambiario generador de distorsiones y de corrupción, el tema de la dolarización comienza a tomar vigencia. No es una opción fácil. Exige muchos pasos y condiciones previas, pero es pertinente tenerlo como objeto de discusión. Mientras tanto, seguimos sufriendo los efectos de una economía dolarizada a medias, sin reglas claras y sin resultaos positivos.