• Caracas (Venezuela)

Gustavo Roosen

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Gustavo Roosen

Escenarios desde la reconciliación

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Serenadas las aguas electorales, la única manera de animar el futuro con una visión positiva es cargarla de dos elementos indispensables: realismo y voluntad de reconciliación. Sin el primero, el resultado seguirá siendo indefinidamente confusión, aspiraciones sin base cierta y frustración; sin la segunda, no habría manera de abrir espacios para el entendimiento, la convivencia y la construcción del futuro.

Sin ser única, la situación actual de Venezuela no puede sino catalogarse como la de una sociedad fragmentada, una parte de ella minada en su esperanza y sometida a la acción disgregadora de fuerzas empeñadas en afirmar sus diferencias. A la vista de esta realidad, un grupo de venezolanos agrupados en torno al proyecto Futuros Posibles hace bien en recordar casos como los de la Suráfrica de Nelson Mandela en los ochenta, el de Colombia en los noventa, y muchos otros, en los cuales la aplicación de la metodología de escenarios, conducida por Adam Kahane, facilitó la búsqueda del diálogo y, a través de él, de visiones conjuntas y de soluciones aplicables y sostenibles. A partir de la premisa de combinar poder y amor, dos fuerzas aparentemente contradictorias pero complementarias y necesarias, esta metodología mostró su potencial para facilitar un fecundo esfuerzo capaz de unir a la gente, generar confianza, alimentar una visón compartida y movilizar la capacidad de hacer.

Sería equivocado pensar que la sola aplicación de la metodología garantiza los resultados, pero recurrir a ella y mirar la positiva experiencia alcanzada en otros países es un buen comienzo. Se trata de un proceso, complejo como la democracia misma, para cuya consecución harán falta mucha lucidez e intuición, paciencia y tenacidad, firmeza y flexibilidad, buen juicio y buena voluntad. La metodología misma es sólo un camino, un instrumento para visionar y dibujar futuros posibles, no un sistema de predicciones, ni siquiera de expresión de aspiraciones. Para su buen resultado serán siempre más importantes la agudeza de la observación, la honestidad en el diálogo, la sinceridad en las posiciones, la disposición a escuchar e incluso a cambiar, comenzando por las actitudes. El primer acuerdo no es otro que el propio diálogo.

Fundada en la aceptación del otro, la decisión de congregar a todos los sectores y a todas las fuerzas dispuestas al diálogo consagra las diferencias y la interdependencia al mismo tiempo que anima al respeto del otro y a la colaboración. Es, por su naturaleza, contraria a cualquier intención dominadora. Desvinculada de cualquier proyecto político, más aún de uno partidista o personalista, la convocatoria no puede responder a una estrategia de reparto sino a una voluntad de positiva convivencia, con divergencias en los modos pero con acuerdo básico en los ideales y propósitos nacionales, sin simplismos, sin renuncia a los principios, fundada en la capacidad para convencer pero también en la disposición a escuchar y ser convencido. La dificultad de hacerlo no se agota en el primer paso; al contrario, reaparece con cada tropiezo, con cada necesidad de rectificación, de reajuste, de concesión, de nuevo entendimiento.

Como diría el presidente Santos, en la presentación del libro El poder y el amor de Adam Kahane, “la pregunta no es si tenemos que unirnos, sino cómo”. Se trata, como propone, de “derribar las barreras de la intransigencia” y de reconocer que “el diálogo tiene más potencial del que la mayoría de la gente cree”.

Estamos frente a una tarea que no es responsabilidad exclusiva de los líderes, pero para cuyo cumplimiento tienen ellos un papel fundamental. Es la hora de los generadores de confianza, de los animadores de lo posible. El recorrido para la reconciliación tiene más de dos direcciones de salida, pero debe tener un único punto de llegada, que no es, no puede ser, la negación del otro. Lo decía Ugalde en estos días: “Nada de esto es posible sin una reconciliación nacional que incluya en cada área las mejores fuerzas y talentos, y una conversión espiritual y reconocimiento del otro, en toda su pluralidad”.