• Caracas (Venezuela)

Gustavo Roosen

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Derecho de producir

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Son muchas las conclusiones que un observador podría sacar del reciente Congreso de Conindustria. Si hubiera que poner el acento en alguna de ellas sería para destacar tres respuestas a tres preguntas claves: cómo se miran a sí mismos los industriales, cómo no quieren ser mirados y qué exigen para hacer bien su trabajo.

La primera respuesta se concreta en pocas expresiones: un industrial es alguien con amor y pasión por lo que hace, comprometido con el producir más que con el hablar, dispuesto a competir, consciente de la necesidad de crear y de innovar, capaz de correr riesgos y entusiasmado con la posibilidad de renovarse y crecer. No importa si su campo de acción es la manufactura o el agro, su voluntad es producir, hacerlo con calidad, generar empleo, atender las necesidades y aspiraciones del consumidor. Afirma sus fortalezas en el querer hacer pero muy especialmente en la valoración de la iniciativa y del trabajo en equipo, en la persistencia, el conocimiento del mercado, la capacidad para pensar en presente y en futuro, de trabajar el día a día sin perder la necesaria visión de largo plazo.

La segunda pregunta tiene también una buena respuesta: no es ni quiere ser visto como un político. Cree en las libertades y en los derechos, pero no es la expresión de la oposición. Tampoco es vocero del gobierno. No obedece líneas políticas. Su trabajo se resiente en condiciones de inestabilidad política o cuando su actuación recibe una lectura contraria a su propósito fundamental de crear bienes y satisfacer a los mercados.

Se equivocan quienes creen que el industrial –el verdadero, el comprometido con su misión– espera concesiones. Aspira a algo más esencial: el imperio de un sistema de libertades, el respeto de los derechos al trabajo y a la propiedad, seguridad jurídica, apertura del mercado, espacio para la creación y la competencia. Espera que le dejen trabajar, que le permitan pensar el largo plazo a tiempo que atiende con eficacia lo inmediato. La presión política y la aceptación de la crisis como estado permanente reducen su capacidad de acción, limitan sus posibilidades de producir, de innovar, generar empleo y cumplir con el consumidor.

En el orden más inmediato las exigencias se reducen a condiciones básicas, recordadas algunas incluso por personas originalmente cercanas a las líneas oficiales. Víctor Álvarez, por ejemplo, economista, ministro de Industrias Básicas y Minería en el gobierno de Hugo Chávez, investigador del Centro Internacional Miranda, viene dibujando en sus artículos lo que describe como la “tragedia del sector industrial”, a la que contribuye, en sus palabras, “la creciente desarticulación ministerial”. Algunos de sus reclamos pueden reflejar muy bien un listado de condiciones básicas para trabajar: unificación cambiaria a un nivel que exprese la verdadera productividad de la manufactura nacional, eliminación de los ineficientes controles que congelan los precios de venta por debajo de los costos de producción, una política que conduzca a la reducción de las importaciones. Dice, entre otras cosas: “Crece el número de industriales venezolanos que se metamorfosean de productores en importadores y se transmutan en representantes de las compañías del gigante asiático que inunda y ahoga el pequeño mercado venezolano”, “importamos porque no producimos y no producimos porque importamos”, “salir de este círculo vicioso exige impulsar la industrialización de la economía venezolana”.

El nuevo presidente de Conindustria, Juan Pablo Olalquiaga, que coincide con Álvarez en la urgencia de contar con una política cambiaria definida, ha precisado, por su parte, otro listado de condiciones básicas: claridad en la política económica, respeto a la propiedad, menos controles y regulaciones, acceso a las materias primas y a divisas para importar, cronograma de pago de la deuda pendiente por liquidación en divisas, libre flujo de bienes y servicios, clima de confianza, seguridad jurídica.

En resumen, el reclamo de los industriales es por su derecho de producir. Nada más, nada menos.

nesoor10@gmail.com