• Caracas (Venezuela)

Gustavo Roosen

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Democracia, autoritarismo y crecimiento

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Donde el autoritarismo ve debilidades, el modelo democrático ve fortalezas. Así sucede con el tema de las diferencias, la oposición, la división de poderes, el ejercicio de controles, la rendición de cuentas.

El autoritarismo privilegia la unidad sin resquicios, la igualdad sin matices, el mando y la disciplina, la voz única y el acatamiento silencioso. En economía, la centralización, la concentración, el secretismo. El modelo democrático, al contrario, se nutre de las diferencias, se enriquece con la diversidad, multiplica las perspectivas, facilita el ejercicio de los controles necesarios, estimula la participación y la transparencia, rectifica, corrige, se corrige. El equilibrio de las fuerzas explica y genera los ajustes. Las decisiones en ella no son fáciles ni unilaterales, no satisfacen siempre a todos, están sujetas a cambios y rectificaciones, se logran normalmente tras un proceso, a veces largo, de discusión y confrontación.

La democracia americana, para citar un caso, se distingue por la combatividad de los partidos y un cierto grado pugnacidad que en muchos casos entorpece, incluso con las mejores intenciones, la marcha de proyectos claramente merecedores de respaldo. Esta diversidad de fuerzas y posiciones, sin embargo, sirve también de control y de instrumento para recoger la expresión de los grupos políticos y, en definitiva, de la ciudadanía. Los acuerdos parlamentarios son difíciles, pero normalmente se logran. Funciona la idea de que el poder es efímero y que lo que importa es la fortaleza de las instituciones. No sucede así en los países autoritarios, de poder omnímodo o de partido único, donde la disciplina anula la confrontación y el poder no tiene contrapesos, ni los del juicio público ni los de las instancias de control.

La diferencia de visión se manifiesta al final en los resultados: con dificultades y tropiezos, unas economías avanzan de manera sostenible, corrigen sus desviaciones, alimentan la expectativa de cambio; otras, deslumbran por sus relámpagos de crecimiento pero al final tropiezan con su propia inflexibilidad y su escasa capacidad de rectificación. Estados Unidos, para volver al ejemplo, ha logrado ir superando una situación económica de tropiezos. Está nuevamente en camino al crecimiento, menos rápido que antes, pero constante. Las políticas públicas estimuladas desde los partidos y desde la ciudadanía están comenzando a dar resultados en todos los campos: el empleo, la educación, el desarrollo tecnológico, los costos de salud, el acceso a la vivienda. China, en contraste, comienza a dar señales de debilidad. Ve reducirse su tasa de crecimiento. Los analistas observan simultáneamente la profundidad de los cambios necesarios y la dificultad de aplicarlos sin tocar las bases del sistema.

La capacidad de recuperación americana permite al presidente Obama presentar lo que en su reciente discurso en Illinois anunció para la clase media como una nueva oportunidad para conquistar el sueño americano: una economía que genere más empleos, buenos y durables; una educación que prepare a los jóvenes para la competencia global; casa propia como la más clara expresión de seguridad; jubilación para todos; programas de salud asequibles, ampliación de los programas de seguridad social. En esa línea se insertan también las propuestas de reforma migratoria y de educación universitaria accesible a las mayorías, como norma, no como excepción.

Resulta claro que en democracia el camino es más difícil, pero realizable y duradero. Para funcionar, la economía exige un clima de libertades, de respeto a la iniciativa privada, de apoyo a la innovación y el emprendimiento, de búsqueda de alternativas, formas todas incompatibles con un sistema autoritario. El autoritarismo, incluso cuando trata de justificarse por situación de excepción, genera apenas momentos de crecimiento, que al final se vuelve insostenible. El autoritarismo cree en el poder del Estado; el modelo democrático en el de los ciudadanos organizados. El autoritarismo se afirma en el ejercicio personalista o partidista del poder; el modelo democrático en el de las instituciones.