• Caracas (Venezuela)

Gustavo Roosen

Al instante

Codicia y poder

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Los perniciosos efectos y los escándalos de los que vienen acompañado el contubernio entre dinero y poder alarman a los ciudadanos en casi todas las latitudes. Ahora es España, con la puesta en venta a precio despreciable de un aeropuerto cercano a Madrid, caro, inútil y de dimensiones absolutamente exageradas, promocionado como gran alternativa de empleo y de progreso, pero levantado efectivamente como gran negocio solo para los constructores y los políticos. Antes fueron los casos de escenarios deportivos de grandiosidad solo comparable a la fatuidad de sus promotores, marco deslumbrante para un día de gloria y luego objeto de abandono. En la lista se inscriben también proyectos de fantasía desplomados antes de ser levantados, trenes sin rieles ni destino, primeras piedras convertidas en ruinas prematuras, casos que se explican solo desde la irresponsabilidad, la corrupción y la confabulación entre dinero y poder.

Frente a lo que se presenta no pocas veces como una peligrosa simbiosis entre dinero y poder político no es fácil determinar quién contamina a quién y en qué momento una relación con posibilidades positivas se transforma en perniciosa. Posiblemente cuando poder y dinero dejan de ser vistos como medios para convertirse en fines, cuando dejan de atender a la sociedad para alimentarse mutuamente, cuando se transmutan en una sola cosa de modo que la búsqueda del poder se transforma en obsesión por el dinero o el dinero en instrumento para acceder al poder. Cuando esto sucede es el momento de preguntarse por la realidad o ficción de la democracia, por la legitimidad del poder, por su representatividad.

Más allá de las consideraciones morales sobre el sentido de la riqueza se impone una especial sobre estos límites, así como sobre las reglas aceptadas tanto en el ámbito de trabajar por el dinero como de trabajar por el poder. “Los hombres, tal como son, se inclinan por naturaleza a ir en pos del dinero o del poder, y del poder porque vale tanto como el dinero”, diría Ralph Waldo Emerson. La legítima búsqueda de dinero como la de poder impulsa a la sociedad; convertida en codicia crea monstruos.

La deformación de la relación dinero-poder se vuelve más grave en la medida en que elimina o desdibuja los límites entre lo público y lo privado. Es esta barrera la que se rompe cuando se utiliza el poder político para alimentar la codicia de dinero o cuando se hace de la función pública la base de operaciones para el negocio privado. Se culpabiliza al dinero cuando presiona al poder o cuando es utilizado para buscarlo. Con más rigor debería ser juzgada la utilización del poder para enriquecerse y, luego, del dinero para mantener el poder. Mezclar poder político con dinero resulta así una desviación mayor que la que produce solo el afán de dinero. En el conflicto de intereses quien pierde es la sociedad.

Más de una amenaza se cierne sobre la democracia. Una de ellas es el poder del dinero. Otra, el dinero del poder. La primera lleva a preocuparse por el futuro de la democracia, por la legitimidad de las instituciones, por sus propósitos y motivaciones, por la deformación mediática de la verdad y la manipulación electoral. Cuando el capital termina por convertirse en poder político, la democracia termina por debilitarse y desfigurarse. La otra, la del dinero del poder, se ve expresada en el devastador mal de la corrupción, en los abusos que genera, en la destrucción de los valores sociales que arrastra. Por algo señalaba Benjamín Franklin: “De aquel que opina que el dinero puede hacerlo todo, cabe sospechar con fundamento que será capaz de hacer cualquier cosa por dinero”. La embriaguez generada por la codicia de dinero o poder –o ambas cosas– solo puede conducir al adormecimiento de la sociedad.

Nada bueno puede esperar la sociedad del contubernio entre poder y dinero, menos aún cuando la búsqueda de uno y otro está marcada por la codicia, ese afán desmedido de adquirirlos a toda costa y sin límites.

nesoor10@gmail.com