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Gustavo Roosen

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Cerrar la brecha

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La atención de la humanidad se vuelca periódicamente hacia nuevos temas. Hay uno, sin embargo, que no ha hecho sino crecer en la conciencia de líderes, gobernantes, estudiosos y de grandes sectores de la sociedad. Es el tema de la desigualdad. En el ámbito económico se trata de la profunda brecha que separa a las personas y a los países por sus niveles de ingreso. El clamor frente a las múltiples formas de desigualdad, y particularmente a la de orden económico-social, se ha expresado muy vivamente en estos días a raíz de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium del papa Francisco.

Frente al tema de la desigualdad llama a la reflexión el concepto de “globalización de la indiferencia” con el que el pontífice describe el mal moderno de “habituarse al sufrimiento del otro”. Su apelación al “redescubrimiento de la fraternidad en la economía” pone el foco en las causas éticas de las crisis financieras y económicas de los últimos años, aludiendo particularmente a “la búsqueda del bienestar, la felicidad y la seguridad en el consumo y la ganancia más allá de la lógica de una economía sana”. Su rechazo a lo que denomina “una economía de la exclusión” se expresa en un nuevo mandamiento, comparable al de no matar, y que resume con un “no a una economía de la exclusión y la inequidad”.

Crítico de la teoría del “derrame” que sugiere que todo crecimiento económico logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social, el papa Francisco insiste en la necesidad de “políticas eficaces que promuevan el principio de la fraternidad, asegurando a las personas –iguales en su dignidad y en sus derechos fundamentales- el acceso a los capitales, a los servicios, a los recursos educativos, sanitarios, tecnológicos, de modo que todos tengan la oportunidad de expresar y realizar su proyecto de vida, y puedan desarrollarse plenamente como personas”. El pedido de Jesús a sus discípulos: “Dadles vosotros de comer” implica, para el papa, “tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres, como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos”.

“El necesario realismo de la política y de la economía no puede reducirse a un tecnicismo privado de ideales, que ignora la dimensión trascendente del hombre” dice el papa Francisco, al tiempo que rescata el valor de la solidaridad como algo más que “actos esporádicos de generosidad”.

El contenido del mensaje papal ha dado lugar a los más variados titulares y ha tenido numerosas reacciones, desde el apoyo entusiasta hasta la reticencia, del aplauso a la reserva. Coincide por ejemplo el Financial Times en observar que se trata de una preocupación mundial, pero pone el acento en el valor del crecimiento económico y del empleo como el camino adecuado para reducir la brecha. Apoya el argumento con la experiencia de países que han logrado reducir la pobreza e incluso, aunque en menor medida, los márgenes de desigualdad gracias a políticas realistas de generación y distribución de riqueza. Igual hace el The Economist cuando califica a Uruguay como el país del año por los índices de progreso y calidad de vida logrados gracias a una actitud pragmática de los últimos gobiernos y a la participación de la actividad privada. Los países de la región que han logrado reducir significativamente los niveles de pobreza son aquellos que han dinamizado su economía, generado empleo y riqueza, orientado el gasto público a la educación y a sistemas de protección social eficaces, capaces de contribuir a elevar la calidad de vida de la población.

La dimensión de la brecha advierte claramente que no podrá ser cerrada con medidas asistenciales. Exige soluciones estructurales, permanentes, concretadas en más actividad económica, más empleo productivo, más generación de riqueza y una política distributiva más equitativa cónsona con el llamado del papa Francisco al “redescubrimiento de la fraternidad en la economía”. Se trata de un reto para la humanidad.