• Caracas (Venezuela)

Gustavo Roosen

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Brasil elige

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En dos semanas Brasil elegirá su presidente, pero ya el 5 de octubre, fecha de la primera vuelta electoral, los brasileños expresaron su juicio sobre el gobierno de Dilma Rouseff y proyectaron sus temores y sus expectativas. Una primera lectura de los resultados permite descubrir algunos de los focos de preocupación de los ciudadanos de ese inmenso país: básicamente la economía y sus consecuencias en la vida de la gente.

La euforia brasileña, si se juzga por los indicadores económicos, está dando paso a la inquietud. De acuerdo con las proyecciones del Fondo Monetario Internacional, el año 2014 terminará para Brasil con signos de contracción, apenas 0,29% de crecimiento. El repunte de 1,4% que se espera para 2015 estará seis décimas por debajo de lo previsto. Comienza a pesar sobre la economía brasileña, como sobre otras de América Latina, la moderación del crecimiento en China, con la consecuente disminución de importaciones de materia prima y su reemplazo por las provenientes de África al estímulo de la propia inversión china. Se cierne sobre Brasil el fantasma de la inflación, actualmente ya en torno a 6,5%, preocupante para una economía hasta ahora encaminada al equilibrio y al crecimiento, más sólida y diversificada que otras de la región fijadas en la dependencia de sus productos agrícolas o de las riquezas del subsuelo.

El cerca de 60% que no votó por la presidenta-candidata revela inconformidad con la marcha de la economía y con la desviación de las inversiones hacia proyectos ostentosos y poco productivos. Revela también la comprensión de una verdad poco atractiva para los gobiernos populistas pero dolorosamente probada por los hechos, la que sostiene que los planes compensatorios a corto plazo –posiblemente muy útiles para fines electorales– terminan no siendo eficaces para combatir la pobreza. Para lograrlo de manera duradera solo resultan realmente efectivas soluciones de mediano plazo, afirmadas en los pilares de la educación y el empleo productivo. En los resultados electorales brasileños pesaron también otras preocupaciones ciudadanas, entre ellas las que tienen que ver con la honestidad en el manejo de los bienes públicos. La presencia de este tema como estrategia de campaña apeló a la justa indignación de la sociedad frente a la corrupción y a su voluntad de no permitir o convalidar la impunidad.

Los resultados de la primera vuelta y los debates sostenidos por la ciudadanía y por los candidatos mostraron en Brasil el reclamo por un liderazgo eficaz, por un sistema político respetuoso de la separación de poderes, por la recuperación de los equilibrios macroeconómicos al mismo tiempo que por la sostenibilidad de los programas sociales, por políticas públicas que atiendan la racionalidad económica, que se expresen en obras, que estimulen el crecimiento ordenado y se traduzcan efectivamente en calidad de vida.

El reclamo observado en Brasil ejemplifica el que con razón comienza a expresarse también en otros países. El crecimiento de opciones con sentido de cambio y con un discurso menos cargado de promesas y más dirigido a la conciencia y a la participación ciudadana revela no solo la existencia de un espacio para una visión más dignificada de la política y de la gestión pública, sino la maduración de un electorado capaz de optar por una dirección más cercana a la racionalidad económica y política. Apostar por esa maduración de ciudadanía resulta, por lo mismo, una exigencia para quienes se proponen trabajar por el rescate de una visión realista de la economía y de un hacer político concentrado en la creación de bienestar para todos.

Las contiendas electorales son siempre una batalla de estrategias, juego político, propaganda, sorpresas, incluso virulencia. La esperanza para la democracia reside en un nuevo modelo de elector, capaz de juzgar, proponer, intervenir, traer el debate a la realidad cotidiana sin olvidar la visión sobre lo permanente, reclamar la sustitución de una política de miedos o amenazas por otra de proposiciones, diálogo y consulta honesta. Es este el nuevo tipo de elector en el que las democracias pueden confiar.

nesoor10@gmail.com