• Caracas (Venezuela)

Gustavo Briceño

Al instante

¿Con quién dialogar?

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Un diálogo es fundamentalmente una conversación entre dos o más personas que tiene como objetivo dos cosas. Primero, intercambiar ideas sobre determinados problemas que los afectan y, normalmente, el diálogo constituye un acercamiento para unificar criterios y buscar soluciones dejando al margen ciertas situaciones de las partes, sacrificando posiciones en beneficio del bien común. Un diálogo constituye en sí mismo un trabajo, una actividad, una aptitud, una actuación formalmente sometida a reglas de conductas, las cuales deben ser seguidas por sus actores con dedicación y disciplina.

Con ello expreso que se habla con frecuencia de diálogo entre el gobierno y la oposición para salvaguardar los grandes problemas económicos y sociales que sufre Venezuela hoy día. De allí, que los componentes del dicho diálogo ya constituido como pensamiento racional y deseado, sea ¿dónde se practicaría el diálogo? ¿Para qué un diálogo?, ¿cómo sería ese diálogo? y ¿con quién se dialogaría? Si analizamos muy a vuelo de pájaro la historia universal, constataríamos la gran cantidad de diálogos históricos habidos, tales como lo ocurrido en la España del siglo pasado, después de la caída del franquismo y la vuelta a la democracia  y su esfuerzo por instalarla. Igualmente, los diálogos entre los nazis y los aliados en la Segunda Guerra Mundial, una vez conquistada la ciudad de Berlín, y todo lo que ello implicó y significó en el mundo de Europa y por supuesto, lo que ocurre entre el gobierno norteamericano y el cubano, con la ayuda del papa Francisco para instalar en Cuba un gobierno no tan autocrático como ha ocurrido hasta ahora. Todo diálogo evidencia el cumplimento de unas circunstancias o supuestos esenciales, pues es evidentemente y posible su inclusión formal, sobre todo en un contexto de crisis y de problemas muy graves en un país determinado.

Yendo a nuestro país, ¿quién podría negar la posibilidad de la materialización de un diálogo entre el gobierno y la oposición? ¿Quién podría oponerse a ello, dada las características de la situación social y económica de Venezuela? Nadie, obviamente, pero el problema muy grave de resolver, ante una conversación fructífera, objetiva y racional, es con quién dialogar en el gobierno venezolano. No es para qué, ni donde, ni por qué, sino con quién. En primer lugar, en Venezuela existe una autocracia formalmente gobernada por militares, y por disminuidos funcionarios civiles que se sirven del poder, solo para resguardar sus intereses personales y convocar y cautivar al país a una revolución que en la práctica no existe, ni mucho menos tiene razón de ser. En segundo lugar, estos funcionarios militares y civiles, en su gran mayoría, resguardan y protegen sus posiciones gubernamentales y políticas, solo al compás de sus intereses económicos, lo que implica en todo caso, la poca importancia que supuestamente le darían a un  diálogo, porque entre muchas razones, para ello, una conversación sincera y abierta al tema de sus intereses, sería de discusión primordial para adelantar posiciones y encarar las soluciones a un país práctica y económicamente quebrado. Y, en tercer lugar, nadie por parte del gobierno se atreve a dialogar con la oposición frente a semejante reto, donde, por ejemplo, el respeto a las instituciones democráticas y a aquellas elegidas por el pueblo como la Asamblea Nacional, su reconocimiento y respeto es esencial.

Si analizamos uno a uno los personajes que hablan en nombre del gobierno, sean diputados o ministros o funcionarios de cualquiera sea la naturaleza de las escala del régimen, ninguno, óigase bien ninguno, muestra interés real en dialogar. Rechazan de antemano cualquier conversación con la “derecha internacional” o con representantes del “imperialismo norteamericano” o con los representares de la “burguesía nacional” etc., lo que invalida o somete al diálogo a una conversación insincera y poco constructiva como ha ocurrido en otras oportunidades, tanto aquí mismo en nuestro país como en el mundo. Se necesita igualmente para un verdadero diálogo un elemento fundamental: una cultura democrática, un respeto innato a la institucionalidad, una forma de ser, muy ausente en los representantes del gobierno. Son resentidos sociales por naturaleza, odian los progresos intelectuales de las clases medias desarrollados en las grandes universidades del país y en el exterior, envidian por puro instinto, el progreso social y no desarrollan un espíritu fresco y crítico frente al fracaso y la ineficiencia. De allí que mi preocupación fundamental con respecto al diálogo –que tanto se cacarea en el país– sea esencialmente con quién dialogar y no el cómo y el porqué del diálogo. Es, pues, un problema de escogencia entre personajes del gobierno, un problema muy serio, porque la condición humana de semejante actividad tan difícil, personifica al menos como exigencia, un funcionario o representante que no reúna las condiciones de resentimiento social y personal que invoqué en las líneas anteriores. Buscar uno es un trabajo muy complicado. Así lo creo.