• Caracas (Venezuela)

Gustavo Briceño

Al instante

¿Una democracia débil?

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Ya a comienzos de este nuevo siglo, es preciso hacer un balance de las democracias que se sitúan a lo largo del mundo y analizar en realidad y en su pura circunstancia si existe o no una mayoría de países donde la democracia impera como sistema de vida y de gobierno. Leyendo y releyendo el extraordinario libro de Moisés Naím llamado El fin del poder, desde un principio de sus páginas nos sitúa en la idea, por demás muy bien fundamentada, de que en el conglomerado universal hay más democracias que autocracias, sobre todo en América Latina y en ciertos países de África. En las décadas pasadas ha habido, entonces, resurgimientos de sistemas democráticos allí, más que en otros continentes. El problema, a mi juicio, es calibrar y ponderar el sistema en sí mismo y valorarlo a los niveles de encontrar un modo de vida donde no solo se den las condiciones formales de democracia, sino la estructura y la sustancia acabada de una auténtica cultura democrática ya en un país determinado.  

En el diario El País de España, igualmente, me entretuve leyendo un artículo de Héctor E. Shamis sobre la debilidad de las democracias, preocupante a su juicio, porque señala que las reformas de las constituciones de ciertos países de América Latina, como Ecuador, Bolivia y Venezuela, solo han servido para afectar la democracia y de una u otra manera instalar nuevas autocracias. Ello lo explica el citado articulista con las reformas constitucionales ocurridas y dedicadas a alargar los poderes de los gobernantes y hacerlos indefinidos, situación que a juicio de quien esto escribe más que un ataque certero contra la democracia –como sistema político– es una afrenta contra los derechos humanos. Son los inconvenientes lamentables de la propia democracia en sí misma considerada, si la entendemos solo como aquel sistema político de libertad donde la elección de los gobernantes por las mayorías decide el destino entero de una nación.  

Siempre hemos compartido la idea de que la democracia no es exclusivamente el cumplimiento formal de sus elementos esenciales, como aquellos definidos en el artículo 3 de la Carta Democrática Interamericana, yo diría, pues, que estos elementos fundamentales no solo son los esenciales, sino los mínimos que un país debe configurar cuando desea vivir y armonizar un sistema donde abunde la libertad de expresión, el Estado de Derecho y principalmente la autonomía de los poderes públicos. La democracia es, además, exigencia de comportamiento social y obligación moral y ética del ciudadano de vivir y convivir en ella.

He allí, y desde luego, la base de sustentación de un verdadero sistema de libertad que ejemplifica un pueblo para que progrese y crezca en su vida cotidiana. La cultura democrática se materializa solo y a través de un eficiente sistema educativo que permita el reacomodo formal y sustantivo de las diferentes conciencias de las gentes, y para ello es indudable la existencia y la exigencia de un personal especializado que gobierne en ese sentido. Un pueblo culto e inteligente es garantía de desarrollo social porque, entre otras cosas, no se limita a expresar lo que los gobernantes le indiquen –como simples habitantes– y las manifestaciones de ignorancia se sitúan desde luego al margen de sus propios destinos.

La explicación se diluye y se banaliza solo si contamos el número de las democracias por el nombre que tienen o porque exista una constitución hermosa en un país determinado. El número de democracias en el mundo se calibra y se mide por el factor ejemplar de la cultura y la educación democrática del pueblo y de sus gobernantes, y las consecuencias que dicha actuación determina en su presente y en su futuro. La pregunta que nos tendríamos que hacer es: ¿cuántos países en el mundo existen con suficiente cultura democrática para que podamos definirlos como verdaderas democracias?

Entiendo la dificultad de responder a esta interrogante. La respuesta tiene muchos matices difíciles de definir ciertamente, no obstante que la interrogante la podríamos saldar preguntándonos por el tipo de sistema educativo que influye en un determinado país. O, también, la importancia del tema no está al margen de la debilidad del sistema en atención al cumplimiento del requisito cultura y educación que una democracia debe exigir en sus parámetros fundamentales. Desde luego, allí está el estricto y objetivo tema de discusión entendiendo las democracias débiles o fuertes, para lo cual prometo platicar en mis próximos artículos. Así lo creo.

gbricenovivas@gmail.com

@gbricenovivas