• Caracas (Venezuela)

Gustavo Briceño

Al instante

El contraste de las dos Venezuela

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Leyendo un libro sobre el proceso de independencia, concretamente un trabajo muy ilustrado de Graciela Soriano (Edición patrocinada por la UCV, en particular por el Centro de Estudios de América CEAL), que dice que en nuestro país los ideales de la Revolución Francesa (1789) no se han cumplido o materializado a través de su historia.

Lo que existió ya a comienzos del siglo XIX fue bravamente una rebelión social que logró la emancipación formal de Venezuela de España –Constitución de 1811– no los ideales de la revolución, intuyo, entonces, que esos ideales de libertad, de Estado de Derecho y de separación de Poderes Públicos y jueces autónomos es una ardua lucha –más de 200 años– hasta ahora no alcanzada finalmente en países de América Latina, y donde más se denota esa desafortunada circunstancia es aquí en nuestro país, Venezuela.

Esto me viene a la mente después de observar los acontecimientos ocurridos en el Parlamento venezolano, el día en que los sectores de la oposición plantearon la primera discusión sobre la Ley de Producción Nacional.

Desde luego, me refiero a las bandas de personas montadas en el segundo piso de la Asamblea Nacional que insultaban a los oradores y gritaban palabras soeces y malas palabras contra aquellos diputados que proponían una ley para que el país produzca bienes y servicios y con ello eliminar la escasez y la falta de alimentos, síntoma irremediable de una nación que se encuentra en la crisis económica y social más importante de su historia después de 1830.

Hago expresa atención al proceso de independencia de Venezuela porque la base fundamental de nuestra tragedia como pueblo y como nación es la lucha encarnizada y abierta entre dos grandes sectores de venezolanos que afincan sus historias en un dualismo que me atrevo a plantear de la siguiente forma: un gran porcentaje, la mayoría, que se apresta a configurar un modelo en el que la democracia sea el sistema ideal de gobierno y de país, y que exista en ello la confluencia dominante de un Estado prestador de servicios públicos con leyes bien fundamentadas y principalmente en la existencia de una sociedad organizada basada en una Constitución que se obligue al respeto de la propiedad y al consenso general como fórmula esencial de su conducción política y social.

Dado que esta circunstancia no ha sido desarrollada en Venezuela; es decir, no ha sido materializada la democracia en la vida de los venezolanos, a pesar de los múltiples intentos históricos de ello, se contrapone una mentalidad diferente en la que la anarquía y el resentimiento social, aunado a sistemas de gobiernos autocráticos y dictatoriales, acompañado de personalismos tradicionales, se ha configurado a través de años de dictadura y fundamentalmente de acabada represión social.

El jueves pasado, cuando vimos el espectáculo en la Asamblea Nacional, contrastamos entonces los dos modelos o mundos que hago referencia en el presente artículo. Ciertamente, es inconcebible lo mostrado en la cámaras de la televisión en un país suficientemente desarrollado. Esta situación ocurre en un país con carencias afectivas, y con desarraigada conciencia de país y de existencia como pueblo. Ello ocurre en un país en el que el subdesarrollo individual y colectivo se expresa a diario con la sola intervención pública y privada de los altos funcionarios del gobierno que actúan de esa manera, aun a sabiendas de que los venezolanos merecemos mejor trato y más consideración como ciudadanos y como seres humanos.

Me angustié cuando vi a los diputados de la oposición democrática hablando de una ley que, de aprobarse, beneficiaría la situación económica y social del país (los demócratas de siempre) en contraste con la arenga de otros venezolanos gritando improperios, insultando, descabellados apetitos desarrollando el instinto primario de resentimiento y frustración.

El libro que leyera con suficiente atención y emoción, referencia hace a la diversidad y heterogeneidad de los venezolanos y a la dificultad de reencontrar su identidad como pueblo que la autora Soriano refiere brillantemente al tema de la discronía indicada como el fenómeno en el que un mismo hecho ocurre a través de distintos espacios temporales. Con ello se expresa el hecho de que esta situación –lo de la Asamblea Nacional– ha ocurrido en varias oportunidades en nuestra accidentada historia que en situación general dificulta hasta cierto punto un entendimiento adecuado y científico de tales circunstancias.

Con esta forma de proceder e incluso ordenada por el gobierno actual –inimaginable en un medio desarrollado–, es muy difícil o casi imposible dialogar y realizar actos democráticos. De nada sirven los llamados de armonía social, si el personalismo y el atraso se instalan y se imponen de esa forma. ¿Estamos pendientes de que la democracia es un sistema en el que se justifica un reclamo universal y colectivo? ¿Estamos aptos para llevar a cabo un sistema democrático en el que finalmente perduren los principios de la gran Revolución Francesa? El tiempo apremia a pasos agigantados: o crecer o retroceder. Menudo reto. Así lo creo.

gbricenovivas@gmail.com