• Caracas (Venezuela)

Gustavo Briceño

Al instante

¡Si fuéramos ciudadanos!

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En estos tiempos, es inimaginable las preguntas del por qué estamos como estamos. Tenemos un gobierno desastroso y con tendencia delincuencial como nunca lo habíamos visto en la historia política y social venezolana, o tenemos, por su parte, una oposición absurda que no encuentra ni diseña la forma ni la estrategia de contrarrestar las atrocidades del gobierno y, lo que es peor y triste, mucha gente dice que el gobierno subsiste por culpa de la irracional oposición. Esas respuestas son verdades y mentiras al mismo tiempo, por cuanto la verdad verdadera es que la existencia de este estado de cosas que sufrimos a diario los venezolanos es por la culpa de nosotros mismos, me refiero, como los seres humanos que convivimos en esta patria. No hay más nadie.

En efecto, ¿qué nos pasa? Los venezolanos generalmente somos muy individualistas, poco inclinados a la solidaridad, y cada quien divisa su propia realidad sin importar las consecuencias de sus acciones frente al colectivo, lo que explica que gran cantidad de personas se pregunta por qué no reaccionamos frente a tanta ignominia y tanta locura. Predomina el yo sobre el nosotros. Como ejemplo, respetamos en todo caso el millón y medio de venezolanos que se han ido para el exterior, por múltiples causas, unas justificadas y otras no, pero lo que es indudable es el reflejo de una gran colectividad que antepone sus intereses personales e íntimos frente al fervor de la patria. Tal cosa lo expreso seguro de haber conversado con muchos de ellos que conciencia tienen, y tengo, de que al menos exista en nuestro país la posibilidad de que si las políticas sean diferentes no tardarían un minuto en volverse a Venezuela.

Pero un planteamiento diferente es expresar lo que significa ser ciudadano y no un simple habitante de la república. La gran Revolución francesa se llamó revolución por cuanto se conformó y se creó no solo una división fáctica de tres poderes públicos objetivamente diferenciados, sino allí ocurrió, además, un hecho fundamental en la historia universal: el nacimiento y la conformación de un hombre nuevo y distinto llamado “ciudadano” con derechos y obligaciones, muy diferente del súbdito que provenía de trescientos años anteriores y que el régimen pasado había, desde luego, limitado tenazmente en su vida y en sus costumbres. La pregunta que irradiamos en estos días es conocer si los venezolanos somos o no ciudadanos, o somos simples habitantes que pululan a lo largo de este vasto territorio. Significo que un ciudadano es un habitante, pero un habitante no necesariamente es un ciudadano. El reto hoy día es ese: asumir una conducta de ciudadano y no de simple habitante, según la cual solo va para lo que le interesa y cierra los ojos frente a lo que tiene y sufre. Imaginemos, usted, venezolano, que el día en que decidamos ejercer nuestros derechos –es decir, actuar como ciudadanos– no permitiríamos que el gobierno nos maltratara como lo hace a diario; no permitiríamos que la Asamblea Nacional fuera dirigida por un capitán como si ella fuera un cuartel; no permitiríamos que a Simón Bolívar –el Libertador– lo hubieran desenterrado de su lecho por pura complacencia personal o, en fin, no hubiéramos permitido que la carestía de la vida llegara a los extremos en que estamos sumergidos o, lo que es peor, no hubiéramos permitido este estado de vida, donde la juventud no se puede casar, ni comprar una vivienda, ni tener un carro apropiado, ni salir de noche ni, en fin, vivir con armonía y tranquilidad. Estamos petrificados frente a un poder gubernamental que lo que desea es el poder por sí mismo, sin atinar en sus consecuencias y sin posibilidades de que estos habitantes con derechos ocupen un espacio real de libertad y de democracia como lo que quisiéramos los que pensamos como ciudadanos.

Por Dios, no más simples habitantes, queremos simplemente, ser ciudadanos. Así lo pienso.

gbricenovivas@gmail.com