• Caracas (Venezuela)

Gustavo Briceño

Al instante

Pobres o afortunados emigrantes

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El padecimiento de los venezolanos es tan grave que ya rondamos por cerca de más de 1 millón que han emigrado al exterior, lo cual causa una diáspora de personas que se han ido por falta de oportunidad en Venezuela para trabajar y vivir una vida con un estimado medio aceptable. Este es un tema de discusión en todas las reuniones por las que ocurro con amigos que han decidido irse o quedarse. Ambas situaciones son muy difíciles y en todo caso a ambos los compadezco. Ahora, este escrito, lo medito en cantidad suficiente, con alto índice de depresión, por cuanto la mañana de hoy me encontré con un joven de 23 años, ingeniero mecánico de la Universidad Simón Bolívar, dándome la noticia de que va a vivir en Quito para ver si encuentra mejor vida para su novia y para sus futuros hijos. Realmente me conmovió su decir, principalmente por dos razones.

En primer lugar, este chico me hace referencia a la inseguridad donde vivimos alegando la muerte de un íntimo amigo ocurrida en estos días por vándalos en un atraco a mano armada. En segundo lugar, ya más que depresión (la cual relaciono con tristeza) la impotencia que nos invade y cristaliza una vehemente cruz al constatar la omisión del gobierno para luchar contra este problema, es más, el gobierno estimula la ida. ¿Qué hacemos los venezolanos frente a tan perversa y grave tragedia?

La respuesta que en estos momentos concedo es: depende de la situación personal y profesional de cada uno, al decidir irse al exterior o quedarse en Venezuela. Yo diría –y sin ánimo de ofender a los muchos que se han ido– que aquel que ha tenido éxito profesional y personal no se inclina por irse. Entendiendo por éxito profesional no solo el que ha ganado suficiente dinero, sino que ha tenido un reconocimiento profesional de importancia en el país. Dentro de este grupo no muy numeroso se encuentran aquellos que han hecho mucho dinero y temen ser robados o secuestrados por delincuentes. Estos últimos sí se marchan a costa de su éxito profesional. Su temor es muy fuerte, más que grande que el tamaño del país. La pregunta que alcanzamos a señalar es: ¿quiénes se quedan en Venezuela y deciden no irse?

Se quedan en Venezuela aquellos que, independientemente tengan o no éxito profesional, incrustan y enaltecen su idea latente a la Venezuela como nación y como porvenir. Que apartan su ego individual al destino de la nación y ubican a su país como un elemento esencial en su vida íntima y desde luego social. Yo no manifiesto en términos generales que el que decide irse es un egoísta que no quiere a Venezuela, al contrario, a lo mejor la ama, pero en un sentido figurativo al más místico de los soñadores, sin preocuparse de forma inmediata o directa sobre la suerte de Venezuela como país y como futuro. Por lo general, este tipo de emigrante es inmediato en sus necesidades y circunstancial en sus planteamientos. Siempre usa el argumento de la inseguridad personal para justificar su ida, olvidando que la misma es una justificación lentamente primaria, idénticamente temporal (esta situación puede cambiar con el tiempo o por un cambio de políticas) y meramente individualista por cuanto lo que manifiesta es “su” seguridad personal y no la del país como sociedad y como nación.

Desde luego, en principio, no admito la ida –muchos amigos me dicen la huida– pero nítidamente y suficientemente pensada la respeto, porque entre otras circunstancias, siempre hago o practico mi condición de demócrata y la aceptación consensuada del criterio de los demás: es una condición para que en estos menesteres no asumir una conducta autocrática o algo por el estilo.

El que decide irse sin percatarse de que existe un país llamado Venezuela comete un gravísimo error de su historia con la gravedad de que su equivocación o la superficialidad de su examen lo afectarán a él personalmente y a su país. Dicen quienes saben de esta materia –me refiero a politólogos, psicólogos y hasta psiquiatras– que Venezuela es una especie de madre que siempre está allí, donde uno la desea. Me asumo, a que muchas veces se confunde la inseguridad personal por otra también muy perniciosa: estar en un país extranjero sin una figura guiadora debe ser realmente una situación muy poca aleccionadora. Así objetivamente lo creo.

 

gbricenovivas@gmail.com

@gbricenovivas