• Caracas (Venezuela)

Gustavo Briceño

Al instante

Nicolás y la ONU

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Es verdaderamente incomprensible escuchar los discursos que hacen los presidentes de los países del grupo del Alba y lo que ellos representan en el acontecer mundial. Los representantes de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua no se cansan de expresar siempre lo mismo. Todos los males de los países latinoamericanos son por culpa del imperio norteamericano y sus satélites en América Latina: la ultraderecha lacaya. Eso no es nuevo, esto tiene sus raíces históricas desde los años sesenta, cuando Fidel Castro pretendió invadir Venezuela con las guerrillas de izquierda que fueron derrotadas por la democracia venezolana guiadas por el presidente Rómulo Betancourt y ayudadas por los partidos políticos, como la democracia cristiana representada por Copei y otros partidos democráticos que firmaron el Pacto de Puntofijo y todas sus consecuencias que tuvo en Venezuela durante un lapso de casi 40 años. Es como un complejo irremediable que padecen estos personajes, yo diría como una tara histórica de contenido ideológico imposible de autoconmoverse y transformarse.

Digo incomprensible, porque ello demuestra la poca resonancia programática y hasta mental de estos dirigentes, que se dicen de izquierda, en permitir permeabilizar sus ideas por acontecimientos diferentes y reales de lo que en puridad de concepto ocurre en nuestros países. La culpa de nuestro subdesarrollo es esencialmente provocada por nuestro comportamiento íntimo como latinoamericanos y principalmente por las políticas públicas (gobiernos venezolanos) que han tenido como regímenes, en sus últimos 25 años, aumentado por los últimos 15 de la era chavista, la más perniciosa de Venezuela incluso desde 1830 hasta nuestros días. Es cierto que en 1999 Venezuela tenía problemas muy graves, como en educación y en salud, para solo citar unos ejemplos, pero la evidencia del empeoramiento en esas materias es aún mayor que antes, y sin contar con los grandes recursos provenientes del negocio petrolero y su exportación a otros países. Pues bien, Nicolás Maduro va a la ONU y en vez de articular una argumentación moderna, objetiva y auténtica continúa con el discurso atrasado de culpar de todo lo malo a los imperios americanos y europeos, mostrando al mundo pensante una presunta y sutil inocencia de los pueblos latinoamericanos, que en el fondo de las cosas nos sitúa en pobres pueblos que han sido atropellados por potencias extranjeras. No existe nada más falso que ello. Lo malo y lo bueno de un pueblo es producto de lo malo y lo bueno de lo que hace con sus manos y su mente. La Europa de 1945, devastada por la guerra mundial, surgió de las cenizas a través de un trabajo de los mismos europeos que con esfuerzo y dedicación afloraron y desarrollaron sus economías con la intención de ponerlas al servicio de todos. No es el paraíso claro está, sin embargo, la presencia del esfuerzo humano se destaca con los altísimos índices de industrialización alcanzados en las últimas décadas por esos países.

La realidad venezolana es triste y conmovedora, las políticas del gobierno muestran más subdesarrollo que antes, más dependencia y más pobreza. Lo que ocurre es la falta de ciudadanía de cada uno de nosotros ayudado muy fuertemente por las políticas del presente gobierno que nos inducen al abismo y al subdesarrollo. Falta expresar ante esta imagen desoladora, por el contrario, la existencia de una Constitución Nacional aprobada por el pueblo que nos permite ciertamente protestar con energía y dedicación frente a tanta locura gubernamental. Veámoslo como un estímulo, a lo mejor Europa tuvo que pasar por una guerra para alcanzar lo que ha logrado. ¿Estamos los venezolanos en guerra? Si la respuesta es afirmativa, ¿a cual guerra nos enfrentamos? O la peor pregunta: ¿en las condiciones actuales se justifica una guerra para cambiar todo lo que hemos hecho o construido? Así lo creo.

 

gbricenovivas@gmail.com