• Caracas (Venezuela)

Guillermo Cochez

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Guillermo Cochez

Los finales de regímenes autoritarios

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A escasas tres semanas de la invasión norteamericana que puso fin a la dictadura de Noriega en 1989, fui detenido por las fuerzas de inteligencia militar en nuestro aeropuerto internacional, al regresar de Múnich y de Washington. A los secuaces que me esperaban no les importó que estuvieran afuera de Migración representantes de siete misiones diplomáticas para impedir que me pasara algo. Curiosamente, uno de esos era el de Venezuela, en ese entonces muy solidaria con las luchas democráticas de otros pueblos latinoamericanos.

Durante las eternas veintidós horas que estuve preso y psicológicamente torturado, esposado y con una capucha de fieltro sobre mi cabeza, me di cuenta de que los días de Noriega estaban contados. Lo respiraba en los que me interrogaban; el trato que me dispensaban no era de odio sino de respeto. No me insultaban; me llamaban profesor, ya que por muchos años enseñé en la universidad estatal. Lo consideré un trato muy deferente, sugiriendo que no estaban de acuerdo con el rol que desempeñaban, porque ellos también querían ser libres.

El 5 de febrero de 1988, un juez federal de Miami hizo público un “indictment” (auto en enjuiciamiento) a Manuel Antonio Noriega por su estrecha vinculación en el trasiego de drogas hacia Estados Unidos. La monolítica unidad en la fuerza militar, de la que tanto se vanagloriaban, se resquebrajó, hasta el punto de que 40 días después se produjo el primer intento de golpe contra Noriega. Habrán detenido a 25 golpistas, pero todos sabían que eran muchísimos más los que estaban en la asonada. El 3 de octubre del siguiente año, ocurrió lo mismo, pero esta vez los golpistas fueron fusilados por Noriega. Dentro de las Fuerzas de Defensa de Panamá había mucha efervescencia porque nadie confiaba en nada ni en nadie. Eran conscientes del peso negativo que Noriega representaba para la estabilidad y respeto de la institución militar.

Cuando el 27 de enero pasado se conoce que el capitán de fragata Leamsy Salazar Villafaña, jefe de la escolta del presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, deserta en España con ayuda de la DEA y lo acusa de ser el jefe del Cartel de los Soles, se produce un terremoto en Venezuela. Todos señalaban a Cabello como uno de los que más se han enriquecido en los 16 años de gobierno chavista, pero nunca con tanta precisión lo colocaban dentro de ese cartel, por lo de los soles que los generales ostentan en sus charreteras y que los distingue como tales.

Leamsy Salazar, quien como su edecán acompañó a Chávez hasta que murió, no solo confirmó que había muerto en Cuba (y no en Venezuela como quisieron hacer ver) y que el deceso se produjo a las 7:32 pm del 30 de diciembre de 2012 y no el 5 de marzo de 2013 como engañaron a medio mundo. Esto planteó la realidad de que todo lo hecho mientras a Chávez muerto lo pusieron a vivir enviando mensajes de tuits, a “retratarse” con sus hijas, y firmando documentos falsos y pegando toda clase de embustes, resultaba nulo.    

Lo que pasó en Panamá al final de Noriega se está repitiendo en Venezuela luego de sumar a la exorbitante escasez e inflación existente la bomba de que un presidente de la Asamblea Nacional, segundo en sucesión de mando en el país, sea el jefe del cartel de drogas más importante en su país. Esa realidad debe tener a los militares venezolanos tan molestos como estuvieron los panameños.

Ojalá que el precio final que pague Venezuela y su pueblo por sacar del poder a la especie de pandilla que se ha apoderado de ella, tal como ocurría en Panamá, no sea tan oneroso en término de vidas humanas y materiales causadas por la innecesaria invasión norteamericana a mi país. Dios se apiade de tan bello país hermano.

 

*Abogado y diplomático