• Caracas (Venezuela)

Guillermo Cochez

Al instante

Venezuela, cuando el ciego se rehúsa a ver

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Quienes hemos seguido de cerca el caso de Venezuela no encontramos explicación de por qué la comunidad internacional, con excepción de España y Estados Unidos, no ha actuado consecuentemente frente al gran problema existente en su sistema político, económico y social hasta el punto que ha llegado hoy. Venezuela es el país más violento del continente, donde es una política de Estado el propiciar la existencia de grupos armados irregulares. La creciente hambruna y la crítica escasez de medicamentos y de insumos médicos rayan en un Estado fallido. Los niveles de corrupción oficial son alarmantes, propiciándose el anárquico clima que hoy los afecta. El desconocimiento que el gobierno de Maduro hace de las decisiones de la Asamblea Nacional lleva al estancamiento de sus instituciones y a la urgencia de invocar la Carta Democrática Interamericana.

Desde la enfermedad de Chávez hasta el presente, la crisis venezolana ha empeorado por el abuso a sus cada vez más escuálidas instituciones. A sabiendas de que estaba mortalmente enfermo, Chávez fue postulado a la presidencia por cuarta vez consecutiva. Se adelantaron las elecciones para octubre de 2012 previendo que así podría aguantar más tiempo vivo. Dos meses después de “ganar” con el descarado apoyo de los recursos públicos, se perdió de la opinión pública para someterse a su última operación en Cuba. Al irse, anunció que Nicolás Maduro sería su escogencia si le pasaba algo. Poco le importó que Maduro, por su nacimiento o doble nacionalidad, no pudiera ser presidente de Venezuela.

Nadie más supo de él, aunque fotos con sus hijas en el hospital, anuncios de que se reunía y firmaba documentos públicos en La Habana con sus ministros, nunca fueron creíbles para determinar si estaba vivo. El 10 de enero de 2013, la fecha de su nueva toma de posesión, llegaba y el dócil Tribunal Supremo de Justicia permitió que en su lugar jurara el cargo el vicepresidente Nicolás Maduro, bajo sospechas, confirmadas posteriormente, de que en ese momento ya Chávez había muerto.

A pocos eso importó. Sus funerales estuvieron llenos de dudas, ya que nunca se supo de qué murió, ni cuándo ni dónde ocurrió, y si su cuerpo era el suyo o era simplemente un muñeco de cera. Muchos mandatarios acudieron a unas honras fúnebres plagadas de dudas y extrañas circunstancias.

Maduro asumió un poder que nunca le correspondió porque, de haber estado muerto Chávez ese 10 de enero, correspondía llamar inmediatamente a elecciones, asumiendo el cargo temporalmente el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello. Cuando, bajo presión nacional e internacional, decidieron anunciar su muerte el 5 de marzo, Maduro debió separarse del cargo para poder ser candidato, pero allí se mantuvo, aprovechando los recursos públicos para su campaña y continuando en su constante violación de las normas constitucionales de Venezuela.

Los resultados fueron impugnados y se consideraron fraudulentos. El gobierno aceptó que Unasur promoviera su recuento. Pasada la tormenta inicial de protestas, todo se olvidó y ayudaron a que Maduro se afianzara en el poder para llevar al país a la crisis en que hoy se encuentra.

Quien quiera desconocer que en Venezuela no existe una democracia funcional y que el Estado de sus instituciones muestran un deterioro tan grave que amerita la aplicación de la Carta Democrática Interamericana es como el ciego que no quiere ver. 

Desde 2010, cuando la Corte Interamericana de Derechos Humanos con sede en San José, Costa Rica, falló en contra de su gobierno, Chávez desconoció su jurisdicción, siendo el primero de sus signatarios que lo hacía. Chávez, y posteriormente Maduro, han impedido que la CIDH haga ninguna visita in situ a su país para verificar su estado de los derechos humanos allí, lo que sí han permitido los demás países del sistema interamericano. Venezuela no paga sus cuotas en los organismos multilaterales, pero sí usa de los mismos para atacar a los demás, como ocurrió la pasada semana en la OEA ante la abusiva comparecencia de su ministra de Relaciones Exteriores.

Al igual que hoy pasa en Brasil con la salida de la presidencia de Dilma Rousseff, Venezuela está próxima a vivir situaciones parecidas, a no ser que la intolerancia de sus actuales gobernantes prefieran, como pareciera ser su decisión, que el país termine de derrumbarse, causando más daño y miseria a su sufrida población.