• Caracas (Venezuela)

Grant Torres

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La franela roja

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Ese sábado Ángel Pinto, de 46 años, se levantó a las 12:00 del mediodía, sin ánimos de enfrentar el día. Se lavó las manos con las últimas gotas de impotencia que corrieron por el grifo y salió de la sombría habitación en la que vivía alquilado en la avenida Urdaneta de Caracas.
Llegó a la reunión de la militancia con media hora de retraso, pero vestido con la indumentaria correcta para que nadie tuviera dudas de cuál era su ideología política: llevaba en el pecho una franela roja, estampada con unos ojos; los ojos de su líder fallecido; quien también fue su mentor político, y  su supremo caudillo. Ese que se marchó el día menos pensado dejándole varias promesas incumplidas y algunas esperanzas que seguían agonizando en su nevera, en su bolsillo y en la posibilidad de tener una vida digna.

En el acto nuevamente volvió a ver a la jefa de turno, responsable de un puesto que él aspiraba a obtener en la administración pública venezolana. Se le acercó a preguntarle cómo iba la tramitación de su cargo fijo. “Eso va en camino, camarada, usted quédese tranquilo y disfrute que hoy es su día”, le respondió la funcionaria. Pinto había escuchado la misma frase en más de 10 bocas durante tres años.

Aquel ciertamente fue un día especial para Ángel; porque recibió un reconocimiento que para él significaba todo cuanto tenía: obtuvo la Orden Hugo Chávez y fue homenajeado por sus congéneres por todo lo alto, bebió aguardiente, comió pan con jamón y queso, y bailó con las militantes más atractivas del acto.

Ángel por unas horas olvidó por completo que debía tres meses del alquiler de la habitación, que no tenía nada para comer mañana, y que su esposa Rita lo había dejado por un sujeto al que conoció durante una marcha del partido en apoyo al “presidente obrero”.

Pero la realidad seguía ahí, al alcance de todos, incluso de los que no la querían ver como él. Por eso al amanecer del martes supo que se habían asignado los cargos fijos que  tanto esperaba, pero él no fue incluido.  Ángel cogió una borrachera, gritó, lamentó su suerte y se deprimió por una semana.

Varios días después conocí aquella historia por él mismo, quien se quejó del gobierno actual, del desastre que impera en Venezuela y de la falta de alimentos y oportunidades. Sin embargo, reiteró que seguiría siendo chavista hasta el final.

Este sábado Ángel Pinto (a quien llamo así para no exponer su verdadera identidad) se levantó a las 7:30 de la mañana sin ánimos de enfrentar el día, no se lavó ni las manos ni la cara, porque no había agua, y no vio televisión porque la luz se había ido desde el día anterior; por eso no demoró y salió con prontitud de la lúgubre habitación en la que seguía moroso, y se fue rumbo directo a un acto de la militancia.

Llegó puntual y con la indumentaria adecuada y aunque no tuvo oportunidad de comer antes, se veía orgulloso cuando le dieron el derecho de palabra, se levantó  erguido, gallardo y en apariencia decidido en el momento en el que gritó con una fuerza que se agotó antes de terminar la frase: “Viva Chávez, la lucha sigue”, al tiempo que se terminó de desplomar dentro de aquella gastada y vieja franela roja, lo que quedaba de un hombre y de sus ilusiones.