• Caracas (Venezuela)

Graciela Melgarejo

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Graciela Melgarejo

Deseo de año nuevo: que todo sea definible

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Hay gente que no les presta mucha atención a las palabras; quizá por eso se olvida de cómo se escriben o confunde sus significados. Para hablantes así, no suelen ser detalles “relevantes”. En cambio, están los poetas: para los poetas, no solo las palabras son importantes (algunos hasta dan la vida por ellas), sino hasta los silencios entre las palabras cuentan de la misma forma.

El poeta, periodista y escritor Fernando Sánchez Zinny escribió un mail a esta columna, a propósito de las observaciones de Fundéu sobre la palabra blooper. Reflexiona así el poeta: “En mi trajinado paso por la radio hallé que, en la jerga que le es propia, blooper equivale a error o trastrueque verbal de quien está ante el micrófono, «advertible por la audiencia», con la lógica derivación de media docena de formas figuradas, más o menos asimilables a papelón. Yo diría que es exactamente lo mismo que furcio, palabra, como sabemos, originada entre candilejas”.

Y continúa Sánchez Zinny: “Ahora bien: disto de estar al tanto de las novedades académicas, pero recuerdo que, hasta hace unos años, furcio no había conseguido el aval de los competentes y que permanecía, debido a ello, en el limbo de la no corrección, no sé por qué, dado que es un vocablo asentado, perfectamente definido y vigente en todo el ámbito de nuestro idioma. Si esto sigue así y, entretanto, alguien tiene el antojo de querer aclimatar blooper, lo tomaré como una nueva ofensa. ¡Y ya van unas cuantas! Y sería una nueva ofensa sumamente grave, por mucho que a algún denodado se le dé por escribir blúper”.

Tiene en parte razón Sánchez Zinny respecto de furcio; solo muy recientemente encontró “su lugar en el mundo”, es decir, en el Diccionario de americanismos, en el que se lo define así: “Furcio. I. 1. m. Mx, Pe, Ar, Ur, Ch, esm. Equivocación cometida al hablar, especialmente por parte de un actor o un reportero de televisión (la especificación, en bastardilla, en el Diccionario)”.

Si ya está búnker, por qué no podría estar blúper, pensará alguno. Además, el Diccionario panhispánico de dudas también registra blúmer (del inglés bloomer), “prenda interior femenina que cubre desde la cintura o las caderas hasta el comienzo de los muslos”, usada en Cuba, Venezuela o la República Dominicana, con el sentido de la muy española braga. Entonces, como siempre, todo dependerá del uso que se le dé a blooper; como cada día asistimos a tantos papelones en distintos ámbitos, a lo mejor también blooper termina siendo castellanizada.

En estas idas y venidas de palabras nuevas y no tan nuevas, que entran, permanecen y hasta abandonan el Diccionario de la RAE, una recomendación para lectores de esta columna y de cualquier columna: el artículo de Javier Marías del 21/12/14, en El País Semanal, “Diccionario Penal” (http://bit.ly/1tlQCsy). Allí, Marías pone –por lo menos, por ahora– un brillante cierre a la discusión en el mundo hispanohablante de si el DRAE “sanciona”, “censura” o deja finalmente ciertas palabras consideradas “insultantes” por algunos colectivos (como dicen los españoles).

Marías es, como muchos recordarán, miembro de número de la RAE, en donde ocupa el sillón R, sabe de lo que habla y, aunque nunca se muestre demasiado entusiasmado con las sesiones académicas –al fin y al cabo es, antes que nada, un escritor y no un filólogo o un lingüista–, reconoce el duro, esforzado y fatigante trabajo de hacer un diccionario y controlar que cada entrada esté lo mejor definida posible ¡y que no falte ninguna de las palabras que se usaron para definir!