• Caracas (Venezuela)

Gonzalo Rojas

Al instante

La violencia política

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Que no se nos olvide la violencia política. Como los bombazos ya pasaron, algunos piensan que podríamos volver a nuestras rutinas. No: eso sería negligencia grave.

A las policías les corresponde dar con las redes de apoyo a los autores; a los tribunales, hacerse cargo de las eventuales responsabilidades; a los parlamentarios, estudiar modificaciones a la legislación. Pero hay otra dimensión más profunda. Se trata de los promotores de la violencia revolucionaria, de los que animan a sus alumnos desde su cátedra universitaria.

Son conocidas las tesis leninistas y trotskistas y el modo como cientos de intelectuales las han promovido por décadas entre los jóvenes. Pero hay muchas otras dimensiones de la prédica de la violencia.

Están los que han diseminado entre sus alumnos la existencia de una supuesta violencia estructural. Para esos individuos no existe el diálogo democrático, no hay más salida legítima que una u otra variante del tiro en la nuca.

A ellos se suman los que veneran a Nietzsche y su promoción de los actos de creación destructora y de destrucción creadora, junto a los que divulgan a Gramsci, promotor de la estrategia de la guerra de posiciones, método para disputar la hegemonía en la sociedad.

Están las tesis de Frantz Fanon (prólogo de Jean Paul Sartre) en Los condenados de la tierra. Sartre afirma que solo “la violencia, como la lanza de Aquiles, puede cicatrizar las heridas que ha infligido”. Y Fanon estima que la violencia “es el hombre mismo reintegrándose”, por lo que “matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez un opresor y un oprimido: quedan un hombre muerto y un hombre libre”.

Del Che Guevara tenemos abundantes referencias: “El odio implacable hacia el enemigo nos impele por encima y más allá de las naturales limitaciones del hombre y nos transforma en una efectiva selecta y fría máquina de matar”. Nada menos.