• Caracas (Venezuela)

Gonzalo Rojas

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Bachelet: última oportunidad

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¿Es normal que un primer mandatario tenga que afirmar en dos oportunidades sucesivas que “yo no sabía”?

Así ha sucedido con la presidenta Bachelet, quien a mediados de abril declaró que “no sabía que la empresa Caval, donde mi nuera es socia con otra persona, estaba en un negocio de esta naturaleza”; ahora ha tenido que repetir la fórmula a finales de mayo, asegurando que “nunca instruí ni fui informada de ello”, respecto a la búsqueda de financiamiento en las etapas previas al inicio oficial de su campaña presidencial.

La situación de la presidenta es excepcional, inaudita (¿se imagina usted a Salvador Allende afirmando algo así como “yo nunca supe”?). Pero lo más grave de todo esto no es su carácter anormal o infrecuente, sino más bien las señales que nos indican que estamos frente a una situación terminal.

¿Por qué? Porque la presidenta ha comprometido su palabra. No ha implicado ni su programa, ni a sus ministros, ni a sus partidos, sino que ha dejado amarrada la verdad a su propia persona. Ha hecho la apuesta por el activo último del que dispone cada ser humano, especialmente si está en la cumbre del poder: la credibilidad de su palabra, la honradez de su nombre.

Este no es un tema en el que Bachelet pueda invocar un programa –ya suficientemente desprestigiado– ni a unos partidos –que cuentan con la mínima adhesión ciudadana– ni apoyarse en unas personas –cuya credibilidad está cada día más deteriorada–. Este es un tema en el que ella ha escogido estar sola. Apela a su palabra, se protege ella sola.

La estrategia es terminal porque no hay colchón, ni tierra de nadie, ni zona intermedia que pueda proteger a Bachelet.

La presidenta ha querido levantar una muralla en torno a sí misma, el muro de su palabra. Pero más allá de esa seguridad ya no hay margen para ella, porque no hay entre sus palabras y la realidad sino dos posibilidades: la verdad o la mentira.