• Caracas (Venezuela)

Gonzalo González

Al instante

A votar por el cambio

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De entrada debo precisar por honestidad intelectual que considero que no vivimos ni en una democracia ni en una dictadura, el sistema imperante se acerca más a lo segundo que a lo primero no obstante lo previsto en la constitución nacional o lo expresado en el discurso y la propaganda del régimen. Estamos en los tramos finales de un proceso de desmantelamiento de la democracia  que comenzó con el arribo de Hugo Chávez al poder en 1999, desde aquel momento comenzó a ejecutarse un plan que ha tenido velocidades de ejecución distintas por diversas razones, pero que se ha mantenido invariable en lo sustantivo: que es el objetivo de instaurar en Venezuela una dictadura de corte totalitaria. Demasiadas manifestaciones de la vocación dictatorial hemos visto y conocido de parte de quienes han dirigido y dirigen el Estado desde 1999.

Sin embargo, todavía la santamaría no bajado del todo, el régimen no obstante su propensión totalitaria no se puede todavía zafar de la obligación de respetar y  mantener ciertas formas de democracia como la de permitir la realización de elecciones para renovar los poderes del Estado. Sabemos que la institución del voto como instrumento de la voluntad popular ha sido disminuida y degradada, sin embargo sigue manteniendo parte de su fuerza como instrumento de cambio si es ejercido masivamente como lo demuestran las victorias electorales alcanzadas por la oposición democrática en diferentes procesos electorales.

Estamos en vísperas de un nuevo proceso electoral, que no está todavía formalmente convocado por CNE, pero todo indica que esos comicios van por cuanto el oficialismo no tiene argumentos lo suficientemente contundentes y creíbles para sustentar un incumplimiento del calendario electoral.

El venidero proceso electoral consigue al chavismo en su peor momento desde su advenimiento al poder. La enorme crisis global que sufre el país como consecuencia de la puesta en práctica del proyecto castrista-militarista y que tiene como manifestaciones más relevantes la escasez, la inflación y la inseguridad ciudadana le está pasando una enorme factura al gobierno y a su partido lo cual se ha traducido en una constante e indetenible pérdida de apoyo popular tal y como lo expresa el descontento percibido en la calle y  lo registran la totalidad de las encuestas. En el cuerpo social de la nación se abre paso un deseo de cambio que ya es mayoritario y no para de aumentar por la incapacidad del gobierno de resolver la crisis.

Ante este cuadro tan adverso el oficialismo maniobra para impedir que ese descontento se exprese en una avalancha de votos en su contra que ponga de manifiesto el enorme deseo de cambio que anida en el país y los coloque en una posición minoritaria en la Asamblea Nacional. Esa es la razón por la cual se ha retrasado la convocatoria formal del proceso electoral y se busca desestimular el voto masivo de los ciudadanos mediante el reforzamiento de actitudes y conductas que refuercen las dudas, en algunos casos justificadas, en la capacidad del voto como instrumento de cambio. Es evidente que al oficialismo no le conviene ni la celebración de estas elecciones –pero no puede impedirlas– ni la votación masiva de los ciudadanos por cuanto las probabilidades de perderlas clamorosamente son bastante ciertas. Sabe también que esa potencial derrota cambiaria decisivamente el cuadro político de tal manera que sus objetivos continuistas serian seriamente dañados.

Desafortunadamente hay quienes desde el lado opositor hacen el juego al régimen cuando plantean la inconveniencia de ir a votar argumentando que el oficialismo tiene la capacidad de manipular de tal manera el proceso que será imposible materializar una votación mayoritaria en su contra, que pueden vulnerar el secreto del voto o que en caso de perder actuarían como Jalisco. Ofrecen como alternativa la abstención o el voto nulo bajo la peregrina tesis de que una mayoritaria abstención o voto nulo se traduciría en una deslegitimación de tal calibre del régimen que desencadenaría un rechazo nacional e internacional que los obligaría a ceder el poder. Lo anteriormente expuesto no tiene fundamentos reales, el oficialismo no tiene la capacidad de manipular el sistema como para vulnerar el secreto del voto ni para trocar votos en contra a su favor, en cuanto al desconocimiento de los resultados la experiencia indica que cuando las mayorías son claras esa posibilidad se minimiza. Basta con recordar lo sucedido en el Referéndum Constitucional de 2008 o los casos de Capriles y Ledezma en las regionales pasadas a pesar de los esfuerzos hechos por el oficialismo para impedirles la victoria.

La oposición democrática y los partidarios del cambio no tienen otra opción mejor que convocar a los venezolanos a votar a favor del cambio y a expresar su rechazo a quienes han fracasado en la conducción de los asuntos públicos y además pretenden instaurar una dictadura con todas las de la ley.

La dirigencia democrática tiene por delante la tarea de terminar de resolver sus problemas para postular candidatos únicos en todas las circunscripciones electorales para presentar un frente unido y cohesionado así como elaborar un discurso de cambio y esperanza que la conecte con el deseo y las aspiraciones de la mayoría descontenta y la estimule a votar masivamente.