• Caracas (Venezuela)

Gonzalo González

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Las tribulaciones de la izquierda suramericana

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La izquierda suramericana en el poder, la democrática y la autoritaria, están pasando por una verdadera crisis que amenaza su permanencia en la conducción de sus respectivos Estados y pone en riesgo los avances sociales y políticos alcanzados en la última década.

El origen y la causa de tal situación es la corrupción política; es decir: “el fin justifica los medios” o su correlativo “en política se vale todo” así como el agotamiento de sus programas económicos apalancados, principalmente, en el auge de los precios de los commodities.

Ninguno de los países en donde la izquierda gobierna o lo ha hecho recientemente, escapa a este flagelo. Sea Brasil o Argentina o Uruguay o Bolivia o Ecuador o Chile y ni hablar de  Venezuela han logrado sustraerse al efecto corrosivo de la corrupción en sus gestiones de gobierno. Lo cual afecta su prestigio y legitimidad como reivindicadores  y  representantes de los más pobres y desamparados; quienes son, al final, los más perjudicados por el desvió de fondos públicos hacia destinos distintos a los de la educación, la salud o las inversiones en vivienda e infraestructura.

La probidad en la administración de los recursos públicos no puede ser un atributo accesorio y secundario en un régimen que se considere progresista y de izquierda por cuanto su ausencia termina pasando factura y compromete seriamente la eficiencia y eficacia de las políticas públicas, además de reproducir los vicios de la vieja política de la cual dragonean ser alternativa.

En toda esta situación resulta emblemático lo que pasa  en Brasil  por ser los gobiernos del Partido de los Trabajadores el mascarón de proa o el principal espejo de la izquierda continental. Tanto la señora Rousseff como Lula están en medio de una tormenta que puede terminar con los dos en prisión.

 Ambos han manejado muy mal la situación. Empezando por el hecho de que pretenden desconocer el problema y su magnitud y  responsabilizar a terceros por la situación. Hablan de golpes y conspiraciones endógenas y exógenas para desviar la atención y escurrir el bulto. Incluso, el rocambolesco episodio de la designación de Lula como Ministro demuestra que han perdido la brújula, esa operación política no los ayuda para nada, más bien refuerza la idea de que buscan impunidad e inmunidad.

Es sorprendente la unanimidad de los diferentes líderes de la izquierda suramericana en los argumentos que enarbolan para defenderse de las acusaciones de corrupción en contra de sus administraciones o de las de sus colegas. Todos buscan desmarcarse del asunto acusando a terceros y presentándose como víctimas de golpes y conspiraciones promovidas por la derecha o el imperialismo o los medios de comunicación o de todos a la vez. Incluso el muy atildado y moderado doctor Vázquez de Uruguay habla de un golpe de Estado promovido contra la presidenta de Brasil por el Poder Judicial, institución a quien nadie cuestiona su legitimidad y competencia. El presidente de Uruguay – a quién su vice, estrella emergente del Frente Amplio, lo tiene enredado por su gestión deshonesta en ANCAP durante el gobierno de Pepe – práctica la muy cuestionada solidaridad automática y pasa por alto lo que ocurre en Venezuela con el Tribunal Supremo de justicia.

 Son los mismos que han prohijado al chavismo, haciendo caso omiso del comportamiento antidemocrático del mismo. De la intención de los autoproclamados bolivarianos   de implosionar desde las entrañas del Estado al Sistema Político consagrado en la Constitución, de desmontar la Democracia (la misma que  acogió y protegió a todos los demócratas sureños  cuando los milicos de turno tomaron por asalto sus países). Son los mismos que habiendo sufrido en carne propia el militarismo se hacen los desentendidos ante los estragos del militarismo en Venezuela.