• Caracas (Venezuela)

Gonzalo González

Al instante

Ni democracia ni dictadura

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“Rusia es una simulación democrática”.

Andrei Zvyagintsev. Cineasta ruso

 

En referencia a la caracterización del régimen chavista existe un debate que enfrenta dos posiciones: por un lado los voceros del oficialismo sostienen que el sistema político imperante es el de mayor grado de democracia conocido en la historia de Venezuela. En otras aceras se afirma que nos encontramos bajo una dictadura.

Ambas caracterizaciones pecan de un manejo poco riguroso de los conceptos, de un uso mediatizado de los mismos por  intereses políticos o una percepción equivocada de lo que ocurre

En mi criterio, en Venezuela no existen –por ahora– ninguna de las dos situaciones en términos clásicos y habituales. El sistema político vigente muestra un déficit creciente de los rasgos y características de una democracia y muestra una deriva que ha trascendido el autoritarismo hacia algo mucho más fuerte pero que todavía no alcanza para ser denominado claramente como una dictadura. Lo que vivimos no es similar a Pérez Jiménez ni a las dictaduras del Cono Sur de los setenta. Queda a cargo de los estudiosos de la política la tarea de caracterizar con propiedad el sistema político vigente.

Los orígenes, la vocación, la visión castrista-militarista, la noción amigo- enemigo y finalmente su praxis demuestran con claridad que el chavismo no fue, no ha sido, ni es un movimiento democrático.

El proceso de desmontaje de la democracia y la transición hacia otra clase de sistema político comenzó desde el mismo momento en el cual Hugo Chávez, ya gobernante, mostró sus propósitos continuistas al reivindicar la reelección presidencial por cuanto no le bastaba un período presidencial de cinco años para ejecutar su proyecto hasta recalar finalmente en el puerto de la relección indefinida.

Entre la reivindicación temprana de la reelección –aprobada en el proceso constituyente de 1999 y la ilegal e ilegítima materialización de la reelección indefinida media todo un proceso, en progreso –ejecutado sin prisas pero sin pausas– de demolición y desguace del sistema político democrático por la vía de violar, desconocer e incumplir la Constitución Nacional, por cuanto la misma se fue transformando en un impedimento para la consecución del verdadero objetivo: ejercer el control absoluto del país.

Las nociones básicas de la democracia como sistema: el pluralismo, la alternabilidad, la separación de poderes, el Estado de Derecho, las libertades de pensamiento, expresión y prensa; el voto como instrumento de la voluntad del pueblo, la subordinación del estamento castrense al poder civil y otras han sido sistemáticamente cuestionados, menoscabados, desnaturalizados y deformados con la intención de instaurar un régimen de dominación de corte totalitario encubierto bajo una retórica supuestamente democrática y usando como coartada un discurso populista que apela al nacionalismo y a la defensa de los pobres. Como en Rusia, experimentamos una simulación de la democracia.

Lo glosado pareciera indicarnos que estamos en presencia de una dictadura, pero en mi criterio todavía el chavismo no ha logrado completar su propósito –aunque ha progresado demasiado–, aún no hemos llegado a una situación irreversible. La resistencia irreductible y tenaz al proyecto chaviano de una parte sustancial del cuerpo social y la necesidad de mantener una cierta apariencia de legitimidad democrática de parte del chavismo han permitido preservar espacios, condiciones y posibilidades (cada vez más menguantes) de revertir el orden establecido por la vía democrática. Pero el tiempo se acaba.

La vocación dictatorial del oficialismo y la lógica del sistema así como la pérdida de apoyo popular y la carencia de medios para recuperarlo lo conducen a terminar de bajar la santamaría e instaurar la dictadura con todas las de la ley siguiendo el modelo chino de apertura económica y dictadura en lo político. Eso hace tan decisivo el resultado de diciembre.

Un triunfo de las fuerzas del cambio agrupadas en torno a la MUD puede ser el comienzo de la reversión del proyecto de dominación chavista. Las fuerzas democráticas tienen a su favor todas las posibilidades para alcanzar una victoria contundente, pero las posibilidades no son hechos, volverlas una realidad irreversible es la tarea más importante de la coalición democrática de aquí a diciembre.