• Caracas (Venezuela)

Gonzalo González

Al instante

¿Cuál cambio?

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En Venezuela se necesita con urgencia un cambio profundo que empieza por desplazar del poder a quienes hoy lo detentan, pero no basta con  sustituir personas, se requiere cambiar de régimen.

En el pasado reciente hubo demandas de cambio tan fuertes y sentidas como las presentes, nos referimos a las que hicieron posible el acceso al poder del chavismo o, más lejos, en el tiempo las que produjeron la caída de Pérez Jiménez en 1958.

La comparación entre lo sucedido luego de la salida de Pérez Jiménez y lo ocurrido a partir de 1999 con el chavismo gobernante demuestra con claridad que no basta con que se produzca el cambio de gobierno o de régimen. Importa mucho la orientación del cambio.

En 1958, la dictadura fue sustituida por un régimen progresista y modernizador que –con todos sus errores y carencias– representó un avance neto en términos de calidad de vida para la nación. En 1968 Venezuela era un país más libre, más próspero y más justo que diez años antes cuando comenzó el régimen democrático. Incluso en términos de obras públicas –estandarte por excelencia de la dictadura– la gestión fue mejor tanto en calidad como en cantidad, así lo confirman las cifras.

Con la llegada del chavismo al poder en 1999 –debido a las carencias sobre todo en materia socioeconómica de la democracia, particularmente en sus últimos veinte años, a la pérdida de legitimidad de los partidos democráticos y a la inhibición de las fuerzas de centroizquierda para liderar el cambio exigido por el cuerpo social– hemos experimentado un retroceso neto en todas las variables que miden la calidad de vida de una sociedad.

El chavismo, desde el mero comienzo de su gobierno, inició el desmontaje de la democracia como sistema político imperante, incluso entrando en abierta violación de la carta magna por ellos aprobada en la constituyente de 1999. Esa flagrante contradicción se explica por la vocación dictatorial-totalitaria del chavismo como movimiento político que lo lleva a perseguir el control total de la sociedad como instrumento esencial para perpetuarse en el poder, demostradamente su fin último.

Para agravar aún más las cosas, su obsesión por el control –hijo legítimo del castro-militarismo chaviano– ha llevado a la cuasi estatización total de la economía que sumado a la endémica corrupción de los gobiernos en Venezuela explica la situación de ruina de la economía venezolana a pesar de haber disfrutado de la mayor bonanza fiscal en magnitud y tiempo de gobierno alguno en nuestra historia.

En definitiva, los venezolanos somos hoy menos libres, más pobres y vivimos con mucha más inseguridad que en 1998. El cambio liderado por Chávez fue a todas luces un cambio reaccionario.

Como nos enseña nuestra propia historia contemporánea los cambios políticos no siempre tienen un sentido progresista en términos de hacer avanzar en términos positivos a la sociedad.

Estoy convencido de que el cambio viene, que la salida de quienes gobiernan se producirá antes de 2019, la situación lo exige, la calle lo demanda cada vez con más fuerza y participación.

El cambio que viene debe –para ser real y eficiente– tener una orientación democrática, progresista, popular, solidaria y modernizadora. Esas características solo las puede ofrecer un proceso dirigido por el movimiento democrático conformado alrededor de la Mesa de la Unidad Democrática. Ningún otro actor político posee juntas: la vocación democrática, la fuerza, la experiencia, la experticia y el liderazgo renovado capaz de generar la masa crítica necesaria para lograr una transformación de esa magnitud.