• Caracas (Venezuela)

Gonzalo González

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Tarjeta única, sí

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Hay una situación favorable al cambio debido al agotamiento del proyecto chavista y a la crisis sistémica en progreso que está convirtiendo al chavismo en minoría. Todo esto ocurre en vísperas de un proceso electoral, cuyo resultado es estratégico por sus consecuencias: si gana el oficialismo el camino estará despejado para terminar de  implantar la dictadura; si por el contrario vence la oposición democrática, se abre el camino hacia el cambio.

La coalición democrática tiene el deber histórico de hacer todo lo necesario para aprovechar el giro cada vez más proclive al cambio que está expresando la mayoría del cuerpo social. Materializar esa necesidad y deseo nacional  pasa por derrotar al régimen en los comicios parlamentarios. Ganar significa obtener más votos y mayoría en la Asamblea Nacional.

La conformación de una alianza perfecta es un requisito indispensable para que la alternativa democrática obtenga un triunfo contundente. La unidad perfecta es: candidatos comunes en todas las listas y circuitos –proceso de escogencia que está por concluir o ya lo estará cuando usted lea estas líneas–, la constitución de un comité de campaña fuerte, representativo y eficaz, un programa electoral realista y reflejo de las aspiraciones del país nacional, un discurso y una campaña paraguas que combine la convocatoria a castigar mediante el voto a quienes detentan el poder y a sembrar la esperanza de que un futuro mejor es posible y last but no least la adopción de la tarjeta única.

La tarjeta única es motivo de controversia entre los partidos integrantes de la Mesa de la Unidad (MUD), hay quienes consideran conveniente su adopción como instrumento, otros son partidarios de la concurrencia con todas las tarjetas de los partidos de la alianza. Ambas posiciones poseen argumentos serios para respaldar su postura.

En mi opinión, el uso de la tarjeta única facilita más la consecución del objetivo primordial de ganar los comicios parlamentarios y obtener la mayoría en la Asamblea Nacional. La tarjeta única con el logo de la MUD –que es una marca conocida y asociada a la oposición– demostraría con claridad la intención unitaria, la solidez y credibilidad de la coalición, favorecería la propaganda en la campaña electoral porque concentra todos los recursos en la misma tarjeta y permite la eficiencia en el uso de los escasos recursos disponibles, facilita el voto castigo de todos aquellos Ni-Ni o expartidarios del oficialismo que no votarían por la tarjeta de partido alguno, evita la dispersión o la confusión de los votantes más desprevenidos e impide  potenciales problemas a la hora del escrutinio y la adjudicación de los votos. A estos importantes argumentos hay que agregar uno que surge de las maniobras del oficialismo, este ha urdido más que una maniobra, una operación para restarle votos a la unidad.

La operación consiste en la organización de un tinglado de dirigentes políticos exopositores ayunos de apoyo popular, pero ávidos de poder, a quienes no les importa prolongar la vigencia de este nefasto régimen con tal de disfrutar de algunas migajas del poder. Se presentan como la tercera vía cuyo supuesto objetivo es acabar con la polarización. Su discurso se permite criticar de vez en cuando al gobierno sobre aspectos de su gestión, pero se abstienen de plantear su sustitución. Su acción, verdadera prueba de sus reales objetivos, busca captar dirigentes opositores descontentos, por diversas razones, con la finalidad de armar candidaturas diferentes y enfrentadas a las de la unidad. Van a utilizar para este nefando objetivo la tarjeta del MAS –agrupación devenida en franquicia para satisfacer los intereses de algunos viejos maniobreros de la política–. Del plan participan, es justo reconocerlo, algunos incautos que creen de buena fe en el discurso esgrimido por los creadores de la operación. La tarjeta única es un poderoso instrumento en contra del plan  de estos falsarios de viejo y nuevo cuño.

No puedo dejar de referirme al nuevo desencuentro en la oposición democrática, quién ganó en esta innecesaria escaramuza es lo de menos, cuando no existe en un momento como este unidad de acción perdemos todos. Es la hora relevar los intereses del país por encima de los particulares.

Es demasiado evidente la disparidad en la competencia entre el régimen y sus opositores, no me refiero a la asimetría en los medios y recursos, sino a algo más importante y decisivo como es la mirada estratégica y su consecuente posicionamiento. En la acción política del chavismo hay mayor visión estratégica que en la oposición democrática; mientras nosotros no terminamos de consolidar la unidad –requisito indispensable para ganar–, el chavismo se concentra en evitar su derrota.