• Caracas (Venezuela)

Gonzalo González

Al instante

Nada está decidido

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De las elecciones parlamentarias de 2010 a las de 2015 las cosas han variado bastante. Chávez está ausente, la situación económica y social es otra –aunque la crisis en desarrollo ya empezaba a mostrar sus fauces por el incipiente agotamiento del proyecto castrista-militarista y la mayoría socio-política chaviana comenzaba a remitir–, padecemos una catástrofe y la mayoría oficialista ya no existe.

Como consecuencia de la crisis hay una situación favorable a un cambio político. Las fuerzas democráticas tienen razonables posibilidades de aventajar al chavismo en votos y probablemente logren obtener la mayoría en la Asamblea Nacional. Digo probablemente por cuanto la MUD debe superar varios escollos para que los votos se materialicen en curules ganadas. Dicho de otra manera es posible que, ganando la oposición democrática en votos, incluso por una diferencia sustancial, no obtenga la mayoría en la AN.

Ese escenario –el de mayoría oficialista en el parlamento sin su correlato en votos– sería una tragedia para el país por cuanto el Poder Legislativo tendría una menguada legitimidad. Por otro lado, es evidente que el oficialismo está de sobra superado por la crisis, pero insisten en repetir la fracasada receta que la provocó, la retención del control de la AN sería un estímulo para continuar por el mismo camino.

Vista la situación es correcto afirmar que por las características del proceso electoral del 6-D y por las distorsiones introducidas por el oficialismo dirigidas a impedir que la voluntad popular se exprese libremente nada está decidido y que la campaña electoral por comenzar el 13 de noviembre será decisiva para abrir las puertas al cambio o precipitar al país en un abismo más profundo.

Lo que no deben hacer las fuerzas del cambio es sucumbir al triunfalismo que están generando los resultados de las diversas encuestas que coinciden en pronosticar una victoria opositora. El chavismo se apoyará, más que nunca, en los recursos del petroestado para desplegar todo el ventajismo posible, en el discurso del miedo argumentando que las supuestas conquistas sociales y políticas alcanzadas durante el socialismo del siglo XXI se perderán y que un triunfo opositor será un detonante para la violencia. Cuentan también con la complicidad del CNE.

Las fuerzas del cambio agrupadas en torno a la MUD deben asumir el discurso de la esperanza y transmitir la convicción de que una victoria suya –mayoría en votos y curules– es el comienzo del cambio, de que solo votando por sus candidatos es posible derrotar al oficialismo, neutralizar sus maniobras antidemocráticas y castigar mediante el voto a los causantes de la crisis. Esperanza y voto castigo. La tarjeta única como expresión de la unidad debe ser el símbolo fundamental a utilizar en la campaña. La promoción de los símbolos partidistas no tiene ningún sentido en esta ocasión y su uso puede convertirse en una dificultad adicional. Es la hora de la unidad como estrategia y como instrumento.

Mención aparte merece el esfuerzo para desmontar la burda maniobra confusionista de usar la tarjeta del MIN-Unidad para confundir a los electores partidarios del cambio. Es necesario diseñar un operativo gigantesco tanto en esfuerzo como en militancia para clarificar cuál es la verdadera tarjeta de la unidad opositora: su ubicación, sus rasgos distintivos y los símbolos propios: las siglas MUD y la mano en señal de aprobación. Hay que imprimir millones de tarjetas para ser repartidas e incorporar a miles de voluntarios para esa vital tarea.