• Caracas (Venezuela)

Gonzalo González

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Gonzalo González

Balón de oxigeno

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A propósito del nuevo round del enfrentamiento Venezuela-Estados Unidos es conveniente recordarles a los venezolanos varias cosas, la primera es que a quien menos le conviene una mala relación entre ambos países es a Venezuela, por cuanto es la que tiene más que perder en el mismo por ser la nación del norte nuestro mejor cliente petrolero, así como nuestro principal proveedor de productos, entre otras cosas; la segunda es que esta absurda, inconveniente y en muchos casos artificial pugna es consecuencia de la decisión del régimen chavista de asumir un trasnochado y demodé antiimperialismo como base de su política internacional. No desconozco que Estados Unidos ha dado en el pasado muchos motivos para la existencia de una amplia corriente antinorteamericana en nuestro continente, pero en el presente tal situación ha variado bastante, en todo caso de lo que se le podría reprochar a las últimas administraciones yanquis es haber relegado a Latinoamérica a un lugar secundario en su política internacional; la tercera es que el chavismo basa su política de enfrentamiento con Estados Unidos en la premisa de que antes de Chávez Venezuela no era más que una colonia o un protectorado yanqui, aserto que como veremos en las siguientes líneas no es más que una falacia y una manipulación. Durante los cuarenta años que van de 1958 a 1999 los gobiernos democráticos pusieron en práctica una política internacional basada en la soberanía nacional y en la autodeterminación tanto como era posible en el contexto de la Guerra Fría. Incluso en algunos casos no hubo alineamiento y sí franca contradicción con la política o los intereses de Estados Unidos como, por ejemplo: la creación de la OPEP, el voto negativo en la OEA a la intervención militar en República Dominicana en 1965, la denuncia del Tratado Comercial entre Venezuela y Estados Unidos en 1974 o las nacionalizaciones del petróleo y el hierro a mediados de la década de los setenta del siglo XX, para solo mencionar algunas conductas, por cierto la puesta en práctica de esas decisiones soberanas no comportaron en su momento ninguna represalia de parte de las administraciones gringas. Con las anteriores afirmaciones no paso por alto o exculpo los errores o inconsecuencias que se hayan podido cometer, sino señalar lo que fue una línea estratégica de esos gobiernos y desenmascarar el relato chavista.

El decreto del presidente Obama declarando a Venezuela como amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos fue un error, por cuanto le ha proporcionado al gobierno chavista un balón de oxígeno muy necesitado en momentos en los cuales tanto en la propia Venezuela como en el ámbito internacional el prestigio y el apoyo al régimen vienen en caída libre. Acusar a Venezuela, que no al gobierno chavista, de ser un amenaza cuando lo que se busca en realidad es sancionar personalmente –con todo el derecho soberano– en Estados Unidos a unos funcionarios venezolanos supuestamente incursos en delitos contra los derechos humanos y otros supuestos  crímenes es desproporcionado y lleva agua al molino del chavismo.

El régimen chaviano como todos los de su estirpe se caracteriza desde su comienzo por inventar conspiraciones y agresiones de agentes externos e internos que buscan derrocarlo e impedir que su objetivo de construir en Venezuela el reino de la libertad, la justicia y la prosperidad se materialice. En este relato los errores, las insuficiencias y las inconsecuencias no son consecuencia de la aplicación de modelos y de concepciones atrasadas e incapaces de alcanzar tan loables propósitos sino de la acción de poderosos y oscuros intereses imperiales, fascistas y plutocráticos. Consecuente con esta política el chavismo se inventó el discurso de la guerra económica para escurrir el bulto de su responsabilidad en la hazaña de haber quebrado a Venezuela en los tiempos de su mayor bonanza fiscal en magnitud y en tiempo de duración.

El chavismo siempre ha buscado confrontar con Estados Unidos y en ocasiones ha logrado ir más allá  de lo discursivo, pero esa confrontación ha lucido algo artificial y postiza –recordemos que Venezuela religiosamente le sigue suministrando petróleo a Estados Unidos y comprándol bienes–, las respuestas norteamericanas han tratado por lo general de no hacerle el juego a la intención chavista de convertirse en adalid mundial del antimperialismo. Sin embargo el decreto Obama le ha proporcionado por primera vez la ocasión de conferirle credibilidad al argumento de la agresión imperialista por dos cosas que ocurren por primera vez: la declaración de que Venezuela es una amenaza para la seguridad nacional –sin presentar pruebas– y que la misma sea comunicada por el presidente. Mejor no se la podrían haber puesto. Lo sustantivo de la respuesta del oficialismo es una Ley Habilitante que le otorga a Maduro la capacidad de recortar aún más los derechos políticos y civiles de los venezolanos, de saltarse el Estado de Derecho, de incrementar la represión y la violación de los derechos humanos todo legitimado por la defensa de la soberanía del país amparado en el decreto de marras.

Los venezolanos necesitamos de la solidaridad internacional, pero de una que nos ayude a debilitar al régimen y no a reforzarlo aunque sea momentáneamente.