• Caracas (Venezuela)

Gabriel Antillano

Al instante

Los violinistas

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Hace dos semanas El Estímulo volvió a darle rotación a la entrevista que me hicieron el año pasado a raíz de algo que escribí en este espacio donde criticaba la forma de hacer política dentro de las universidades. Aquel texto también incluía una mención de cuatro líneas a ciertos problemas personales dentro de mi alma máter de los cuales la vasta mayoría de compañeros que conozco se queja constantemente entre pasillos, al igual que una crítica a cierta forma de actuar de los estudiantes, lo cual a la gente le pareció un irrespeto. La polémica fue tal que El Estímulo me llamó, de buena forma y haciendo uso de la ironía, «el estudiante más peligroso de la UCAB». Fue entonces cuando me di cuenta que había dejado de escribir por tres meses.

No fue una decisión que tomé. Tampoco fueron unas vacaciones de mi labor como columnista. Cada día que me sentaba frente al teclado no sabía por dónde comenzar –mucho menos por dónde terminar. Veía tantas cosas que no me gustaban a mi alrededor que estaba constantemente preguntándome si el que estaba mal era yo. Por otro lado, la situación de nuestro país ha empeorado tanto que me costaba pensar en escribir una columna semanal sobre lo buenas que me parecen las novelas de Thomas Bernhard o lo insoportable que me pareció Spectre (2015) para que alguien la leyese mientras hace una cola para comprar leche.

Estas preocupaciones e inseguridades que sofocaban mi necesidad de escribir no parecen tenerlas otras personas con acceso a espacios de opinión similares. Una de las tantas cosas que me resultan molestas e incomprensibles es como ante este Titanic de país algunos locutores de radio dedican sus espacios a cosas como chismes, el horóscopo o el buen vestir. Hace unas semanas, luego de desechar otro borrador más de una columna sobre Donald Trump y lo que Bret Easton Ellis llama ‘Post-Empire’, prendí la radio del auto y escuché estupefacto durante una hora entera una explicación detallada sobre los signos zodiacales donde aprendí a cortarme el pelo dependiendo de la posición de la luna. Agradecí haber sido iluminado con esta sabiduría ancestral mientras estaba dentro del carro y no en una cola de supermercado o sufriendo las consecuencias de un retraso en el Metro.

A mí me interesa la literatura y el cine, probablemente por la crianza que me dieron mis padres (aunque a veces desearía una educación sin valores, interesándome más en el dinero que en la creación o la trascendencia y sin acceso a buena música para poder ser cantante de merengueton o algo por el estilo). Son las dos pasiones que mueven mi vida y las respeto porque evitaron que me matara en momentos donde no le veía demasiado sentido al paso rutinario de los días. Aun habiéndome salvado –y sabiendo que tanto para mí como para otros la literatura y el cine resultan imprescindibles–, no se puede negar que el arte en su totalidad es completamente inútil. Carecer de una «utilidad» no lo hace menos interesante o valioso, todo lo contrario, pero no se le puede ver desde la utilidad como hacemos con un martillo o una escalera. Dedicar mi columna cada semana al cine o a la literatura, al igual que otro montón de cosas inútiles que me interesan, podría resultar a muchos tan absurdo como me resultaban a mí los consejos para combatir mercurio retrogrado en un país donde no hay desodorante. Después de todo, dudo que la gente que cree en «el poder de los cristales» sienta un interés particular por el formalismo ruso o las novelas de Flaubert. A mi modo, yo también estaría siendo un violinista que sigue tocando mientras el barco se hunde. 

Pero tal vez, pienso, sea mejor morir ahogado escuchando Wagner que bajo un desgarrador silencio. Al fin y al cabo, uno siempre debe escribir para uno mismo y tal vez consiga lectores que se sientan interesados también.

En una charla organizada por Backroom Caracas el jueves 14 de abril, la curadora norteamericana Kelly Gordon comenzaba explicando el vínculo del trabajo del curador con el tiempo. Para Gordon el tiempo es vital. Lo aprendió empezando a trabajar con videoarte y finalmente lo entendió cuando una mujer con cáncer y poco tiempo de vida pidió ver un video de varias horas recomendado por la norteamericana. Los curadores, explicaba, de alguna forma le dicen a la gente qué cosas valen la pena, o en este caso, qué cosas valen el tiempo que uno invierte en ellas. La única forma de medición válida en nuestras vidas es el tiempo.

Mis entusiasmos y mis odios también tienen sus raíces en el tiempo. Vivo bajo la preocupación de estar envejeciendo cada minuto. Siempre pensé que la vida es demasiado corta. Hay tantas formas de pasar el tiempo que nuestra existencia se hace fugaz, nos sentimos incompletos, frustrados.

Pienso en cosas que considero merecen la pena invertir todo el tiempo posible en ellas: 2001: A Space Odyssey (1968) de Stanley Kubrick, la primera y la última cerveza en una reunión de amigos, el primer capítulo de Lunar Park de Bret Easton Ellis, el final de Something Happened de Joseph Heller, la risa de Adriana, el poema Talking in bed de Philip Larkin, el sexo, la canción Wicked Game de Chris Isaak, el disco Wish You Were Here de Pink Floyd.

También pienso, usualmente molesto, en las idioteces que no merecen ni mi tiempo ni el de nadie: la crítica de cine que pone demasiada atención en los efectos especiales, Rayuela de Cortázar, las telenovelas, la música pop actual, la opinión de la gente pretenciosa, The Revenant (2015), las hamburguesas vegetarianas, las novelas adolescentes escritas por tipos que pasaron la treintena, The Hunger Games (también sirve The Maze Runner o cualquiera de las ultimas sagas literarias), etcétera.  

Es por esto que ser leído semanalmente me resulta una responsabilidad a veces aplastante. La tarea del columnista, muy diferente a la del curador pero similar en su uso de los tiempos, debe otorgar al lector textos que valga la pena leer, que no se sientan como tiempo malgastado. Palabras que –y este es probablemente el único argumento válido de la importancia de la literatura sobre banalidades– inviten al pensamiento y la reflexión.

El estado de Venezuela es una descomposición a todo nivel. No solo gubernamental o administrativa, también tenemos la decaída del periodismo profesional, el amiguismo en los círculos culturales, la rosca intelectual, el desértico escenario de la escena musical, los relevos de poca experiencia de “la vieja guardia”, la inhabilidad por evaluar escenarios por lo que son y no compararlos forzadamente con nuestra situación actual («Este es igualito a Chávez»/«Mira lo que hicieron los nazis, igualito al chavismo»/«Eso es como en el golpe»), los estudiantes universitarios que quieren hacer cine y no ven cine (y me refiero a todo, no los estrenos del 2000 hasta hoy), los estudiantes de Letras que no leen o leen solo lo que les mandan para luego leer la saga de turno, los movimientos políticos que buscan menos hacer y más figurar o aparecer, etcétera. La crisis presenta una oportunidad: todo está tan mal y en tantas áreas que los espacios están libres para la creación de calidad.

Tocará seguir escribiendo semanalmente. Ejercer la crítica, tan necesaria y tan ausente en las publicaciones nacionales. Hora de pensar y entender primero cuándo, dónde y por qué todo se jodió. Porque la reflexión y el pensamiento también aporta a construir y a veces debemos detenernos a cuestionar nuestro alrededor para no ser conformistas o complacientes, raíces de la mediocridad. Si no somos exigentes con nosotros mismos y el contenido que consumimos y producimos, entonces ¿con quién? Si no sirve, tal vez deba investigar por qué los Tauro no se llevan con los Sagitario, pero mientras tanto, démosle una oportunidad a la reflexión.