• Caracas (Venezuela)

Gabriel Antillano

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“Lo que no vengo a decir”

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Oh Lord, please don't let me be misunderstood!

- Animals 

Ya son trece semanas desde que empecé como columnista en este diario, lo cual equivale a decir que ya son trece columnas publicadas con mi nombre. Ser columnista es una labor extraña y –a diferencia de lo que muchos piensan– difícil. Buscar un tema para la columna no presenta grandes complicaciones, pero desarrollar ese tema sí.

Uno de mis escritores favoritos, Javier Marías, es conocido por sus magníficas columnas de opinión, recopiladas en varios libros. En uno de sus artículos, “Lo que no vengo a decir”, que también da nombre a un libro recopilatorio, desarrolla varios aspectos sobre las dificultades de publicar una columna de opinión. Coincido con Marías en todo lo expresado allí, en particular me parece pertinente compartir lo que explica sobre eso que hacemos o intentamos hacer quienes usamos este modesto género: “Los que escribimos estas piezas intentamos, en términos generales, contar, decir y explicar, razonar, argumentar, criticar, exponer una cuestión y matizarla, analizar, llamar la atención sobre aspectos de la realidad que nos parecen inadvertidos, examinar pros y contras de algún asunto, y desde luego influir, persuadir, convencer y crear dudas…No siempre, pero con frecuencia, uno procura afinar y no expresar las opiniones de manera gruesa ni demasiado tajante; pensamos -mal o bien- sobre las cosas, no soltamos lo primero que se nos ocurre, damos vueltas a nuestras convicciones y a veces descubrimos que hay cuestiones sobre las que es difícil tener una opinión, porque son complejas o desconcertantes: nos limitamos a exponer nuestra perplejidad y nos abstenemos, por tanto, de emitir una conclusión a la que no hemos llegado. Incluso a veces hacemos virguerías para matizar una postura o para que no se entienda algo distinto de lo que uno ha querido decir”.

No es falso que muchos trabajemos sobre uno y hasta dos borradores antes de enviar la versión final. Producir un buen artículo de opinión requiere tiempo y dedicación. Nadie se dedica exclusivamente a esto y encontrar ese tiempo en el transcurso de una semana no es algo que se deba tomar a la ligera. Se hace el intento de hablar de temas sobre los cuales se tiene un conocimiento profundo, se plantea una idea desde diferentes puntos para abordarla, entre otras cosas. Es un criterio de excelencia que se tiene con uno mismo y con los lectores, aunque muchos columnistas no piensen lo mismo.

Incluso se debe tener en cuenta la estructura, la forma. El orden de los argumentos y qué caminos se toman y cuáles no. Es delicado abrir muchos puntos de discusión, ya que se tiende a la confusión y en definitiva, se pierde la atención al tema al cual se refiere. Por eso el esfuerzo y las horas (sí, horas, incluso días) en pensar, escribir y corregir. Incluso a veces se cita a otros autores para darse a entender mejor y se usan distintas vías para mantener la atención del lector.

El artículo de opinión es un género cercano al ensayo, pero diferente. Otorga muchas más libertades al autor. En lo personal, trato de aprender de mis articulistas favoritos. Más allá de la influencia del trabajo ensayístico que más disfruto y consumo, sigo religiosamente las publicaciones de opinión que a mi parecer son más desarrolladas y logradas. Disfruto –y aprendo- particularmente de las opiniones escritas de Javier Marías, Rodrigo Fresán, Patricio Pron, Alan Pauls, Slavoj Žižek, Bret Easton Ellis (aunque los escriba muy ocasionalmente), Umberto Eco, Fran Lebowitz, Federico Vegas,  Blake Butler, Mike Rokyo, Hunter Thompson, Joan Didion (de acuerdo, tal vez no escribió columnas de opinión en el sentido estricto, pero sí me enseñó mucho sobre hacerlo) y, recientemente, por recomendación de mi amigo Mauricio Palacios (también columnista de este diario, muy recomendado), los artículos de Alfonso Reyes me parecen interesantes. Esto es solo por mencionar algunos de quienes he aprendido a usar este género y a quienes trato de imitar semanalmente, intentando siempre honrar y no copiar al escribir luego de mucho leer y aprender.

Luego de este proceso, la pieza se publica y comienza lo realmente interesante –y en ocasiones terrible.

Mucha gente, al enterarse que soy columnista, me pregunta sobre qué escribo o de qué hablé en mi última columna. Supuse que servía como sumario para ver si era de su interés y luego leer por sí mismos. Sin embargo, el objetivo la mayoría de las veces es que uno haga un resumen del artículo publicado y así no tener que leerlo. Los columnistas no nos dedicamos al public speaking, al menos no todos, y lo que “venimos a decir”, ya lo hemos dicho, lo hemos escrito. No hay necesidad de resumir lo escrito, ya está allí, en Internet, a la disponibilidad de cualquier interesado.

Hay quien ya sabe lo que quiere leer y lo que no y empieza a buscar eso en todo lo que encuentra para luego reclamar al autor por lo que no dijo y lo que el lector cree que dijo.

En nuestro país politizado, muchos lectores vinculan todo texto, y toda opinión en general, esté escrita o no, con el gobierno. Cuando escribí sobre la importancia de la crítica, haciendo referencia a la crítica cultural en especial, mucha gente me hizo comentarios como: “Muy bueno tu artículo, es cierto que aquí nadie dice nada sobre lo insólito que resulta hacer colas como estas en los mercados”. Recuerdo que revisé lo que había publicado buscando alguna mención a las colas o la situación del país. También me comentaron que mi artículo mostraba muy bien la falla de la oposición al no ejercer crítica seria contra el gobierno, al igual que la carencia de autocrítica dentro del chavismo. Acertadas o no estas consideraciones, se relacionaban en poco o nada con lo que había publicado.

Muchos buscan eso, lo que uno “viene a decir”, mientras que en el texto está todo lo que se dijo. Las aclaratorias sobre lo que vino a decir o el resumen en una o dos frases de lo escrito es innecesario e incompleto.

Otros se quedan en la frase o slogan, como dice Javier Marías. Toman fragmentos, los sacan de contexto y logran un análisis denso sobre algo que se mencionó de paso. Los mismos que a veces se quedan en la conclusión que uno da o qué ejemplos utiliza. Estos análisis parecen obviar el resto del texto. Si se menciona algo al inicio que se aclara al final, los lectores que se quedan con lo nombrado, no leen la aclaratoria posterior. Lo que ocasiona a veces discusiones donde la única defensa que se tiene es señalar fragmentos del texto donde se explica lo que el lector cuestiona.

Muchas veces la gente en realidad ni siquiera lee los artículos, pero sí los comenta. Los que dicen que el articulo menciona algo cuando en realidad no lo hace y los que reclaman que el articulo hace caso omiso de algo que sí se dijo, esos siempre lo dejan a uno estupefacto, sin saber muy bien qué responder.

Como dice Javier Marías, cuando se busca explicar lo que se viene a decir y no lo que se dijo, siempre se ven resumidos los artículos a cosas como: “Ya, lo que viene a decir este tipo es que los criticones son buena gente”. O: “... que el cine es mejor que el teatro”. O: “... que para opinar sobre algo tienes que tener un doctorado en ello”. O: “... que todos deben especializarse en un solo tema”. O: “... que los tipos de Charlie Hebdo eran geniales y el Islam es muy malo”.

Mi comentario favorito fue uno sobre mi columna “Una opinión”, la primera que publiqué, donde trataba de hablar sobre la imposibilidad del diálogo haciendo referencia a unas críticas de cine publicadas en Internet: “Muy bueno tu artículo donde hablas de unas películas ahí y el cine y eso. Qué bueno que escribas sobre cine”.

Solo espero que esta columna no sea resumida así: “Gabriel Antillano arremete contra sus lectores” o “Para Antillano sus lectores son demasiado brutos”. De verdad lo espero, aunque no pueda hacer nada al respecto.