• Caracas (Venezuela)

Gabriel Antillano

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Gabriel Antillano

Ser venezolano

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“Mi patria es mi hijo y mi biblioteca”

Roberto Bolaño

 

Cuando el cansancio no me deja hacer algo mejor, reviso mi cuenta en páginas como Twitter o Facebook. Las redes sociales no son algo que disfrute mucho, pero a veces resultan divertidas e interesantes. Y cuando estoy sin nada que hacer, demasiado despierto para dormir y demasiado cansado para salir, leer, ver alguna película o realizar cualquier otra actividad, parece el momento perfecto para revisar las noticias del día, ver la foto de alguna ex novia loca –que son legión–, ponerse al día con la vida de gente infame que se conoció en el colegio y revisar las actualizaciones de los amigos.

Durante esta actividad letárgica en las últimas semanas he notado algo interesante. Una gran cantidad de gente que conozco comparte con mucho entusiasmo noticias y artículos que están vinculados a cierta identidad nacional. Recordemos la noticia de la venezolana en Nueva York que está triunfando como arquitecto. También una serie de listas al mejor estilo Buzz Feed con títulos como: “10 cosas que solo un venezolano entenderá”, “7 cosas que solo un venezolano en el extranjero entiende” o “Si estudiaste en Venezuela, viviste estas 15 experiencias”. También hubo dos videos de un éxito viral impresionante con relación a Venezuela: un artículo algo confuso sobre una gente que declaró la arepa como el mejor desayuno del mundo y otro donde una asiática prueba las chucherías venezolanas. Todas estas publicaciones que los venezolanos comparten con gusto responden a ese monstruo a veces invisible y con el poder de moldearse a su gusto llamado identidad nacional. La gente se identifica, naturalmente, con todo lo venezolano por un sentimiento de pertenencia.

Cosas como estas siempre me hacen pensar en Carlos Rangel y cómo inicia su libro sobre Latinoamérica (lectura obligatoria para cualquier latinoamericano), Del buen salvaje al buen revolucionario, de la siguiente forma: “Los latinoamericanos no estamos satisfechos con lo que somos, pero a la vez no hemos podido ponernos de acuerdo sobre qué somos, ni sobre lo que queremos ser. ¿En qué consiste, exactamente, ese ser latinoamericano que compartimos desde el Río Bravo hasta la Patagonia?”.

Concuerdo con el planteamiento y la pregunta que se hace –y nos hace– Carlos Rangel, pero ¿por qué no ir más allá? En específico, ¿alguien sabe qué significa ser venezolano? ¿Qué es ser venezolano?

En general, pertenecer a un país es algo muy confuso. Nadie tiene del todo claro si se pertenece a un país por nacer en él, vivir en él o cuando, en comparación con otros lugares, es el sitio donde más tiempo has pertenecido. Si la nacionalidad es por nacimiento, entonces alguien que nace en Venezuela, se va al año para Escocia y vive el resto de su vida allí, ¿es venezolano? Otro ejemplo: si alguien nace en Venezuela, vive hasta los 10 años en Caracas, vive desde los 10 hasta los 25 años en Canadá y luego finaliza su vida desde los 25 años hasta los 80 en Francia, ¿es venezolano, canadiense o francés? Esto es lo que nadie se pregunta, en especial los venezolanos, lo cual explicaría ese entusiasmo por encontrar la nacionalidad venezolana en personas famosas para sentir orgullo (piénsese en el caso de Viggo Mortensen o Devendra Banhart, quienes vivieron algunos años de su infancia en el país y muchos venezolanos ya reconocen como paisanos). Es una forma de tranquilizarse, mientras aquí estamos mal, no hay de qué preocuparse porque allá en la lejanía hay un compatriota triunfando, piensan.

Todos podemos estar de acuerdo en que el hecho de que la nacionalidad sea únicamente por el lugar donde naciste, fuera de toda elección personal, es algo injusto. Nacer en un país no te hace pertenecer a él. Ni siquiera se tiene claro qué es un país, más allá de la convención de un territorio delimitado con una historia particular y una cultura. En todo caso, aún no sabemos qué significa pertenecer a un país.

Yo nací en Venezuela. En Caracas, para ser específicos (la clínica es algo que dejo a mis padres, es una información que nunca recuerdo por falta absoluta de interés). He viajado tanto al extranjero como a todos los estados del país. Toda mi vida la viví en Caracas. Para cuestiones legales, soy venezolano. Sí, también me identifico con muchas cosas que compartimos los venezolanos, buenas y malas. Sin embargo, afirmar con fervor que pertenezco a un país, identificarme con personas solo por compartir mi lugar de nacimiento y crianza y apreciar símbolos nacionales de forma obligatoria, no es algo que haré jamás.

Soy un hijo de la televisión. La televisión me crió tanto o más que el país. Mis padres me dieron una educación a mi parecer bastante buena (aunque ante mis desastrosos resultados como estudiante de bachillerato les hagan pensar lo contrario). En casa me enseñaron a ser crítico y analítico, defender mis ideales y siempre poseer una pasión por el conocimiento que no me ha traído más que problemas. Esto hizo que no se me restringiera casi nada, lo cual, sorprendentemente, funciona. En las horas que pasaba frente al televisor veía historias que se desarrollaban en cualquier parte del mundo menos en Venezuela. Veía películas casi todos los días, desde cine mudo hasta Die Hard (1988). Incluso mis lecturas no se restringieron jamás por zonas geográficas, lo consumía todo, siempre y cuando el tema me interesara. Esto hizo que pudiese dar una descripción exacta de La Floresta, lugar donde se encuentra mi colegio, al igual que de Mulholland Drive, la carretera californiana. Lo positivo de este tipo de educación sentimental fue que aprendí a juzgar las cosas por calidad y criterio personal, jamás por geografía.

La mayoría de mis amigos en el colegio eran iguales. Pero la mayoría de ellos se fueron del país, y a excepción de unos pocos, descubrieron en el extranjero un amor escondido por la música nacional, un aprecio por la Bandera bastante particular, una nostalgia tremenda por la comida venezolana y un sentimiento nacionalista completamente banal.

Ser nacionalista es una perversión mental, es irracional. Pero radicalizar un nacionalismo en Venezuela en específico carece de sentido alguno. Venezuela siempre ha sido una gran mezcla cultural y somos uno de los lugares que menos tiene clara su identidad nacional.

Lo puedo decir sin remordimiento: jamás me gustó Simón Díaz. Y para ser sincero, las arepas y el Ávila no son cosas que me impresionen demasiado. Todas estas afirmaciones podrían resultar controversiales para muchos. Repito: el origen geográfico de las personas o cosas siempre me pareció la característica más irrelevante.

Esto causa que no me guste ese tipo de literatura que se produce mucho en Venezuela donde el objetivo es la identificación con los personajes, lugares y situaciones, descuidando así el estilo y la trama. También hace que no me guste el cine nacional –no, tampoco esos supuestos “clásicos” que la gente siempre nombra– y que jamás en mi vida piense en justificar la mediocridad con esa frase infame: “Bueno, para ser venezolana es buena”. Tampoco me alegran los logros de la gente en el extranjero solo por poseer el mismo lugar de nacimiento que yo (amigos, si un arquitecto está triunfando en Nueva York, ¿por qué no ver su trabajo, apreciarlo antes de gritar en júbilo por compartir gentilicio?).

Entiendo que esta es una visión absolutamente personal, pero –y en esto tal vez sea algo egoísta– nos ayudaría a alejarnos del nacionalismo banal y empezar a hacer cosas por mejorar el país en el que vivimos, sea el que sea. No hacerlo por las arepas y el Ávila, hacerlo por nosotros mismos.

Venezuela no es el mejor país del mundo. Es más, ni siquiera está cerca de serlo. Primero habría que preguntarse cuáles son los criterios para tal clasificación y ser algo más escépticos ante la gente que hace esta afirmación y solo usa beneficios naturales para justificarlo: Salto Ángel, el Ávila, clima tropical, fauna, flora, biodiversidad y un largo etcétera de cosas que siempre han estado en nuestro territorio y no hemos hecho más que descuidar y destruir en la mayoría de los casos. Cada país tiene sus atributos, eso es todo. Deberíamos entender también que potencial de riqueza no se traduce en riqueza automáticamente, lo cual nos hace, sí, lo lamento, un país pobre.

Creo que la gente que acepta estas realidades y logra juzgar con objetividad son los que de verdad hacen cambios. Los que están felices con el país rico y fantástico que supuestamente tenemos no cambiarán nada. El futuro nos pertenece a los pesimistas.