• Caracas (Venezuela)

Gabriel Antillano

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Gabriel Antillano

La universidad como el país

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Desde inicios del año 2011 soy estudiante de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Entré en la escuela de Comunicación Social, iniciando mi primer semestre en marzo. Luego de tres semestres, desmotivado al conseguir una gran cantidad de profesores mediocres (repito: muchos, no todos) y un alumnado lleno de gente cuyo desinterés por aprender sigue dejándome estupefacto, me cambié a la escuela de Letras de la misma universidad. Cursé tan solo un año, tiempo que me bastó para aceptar que allí seguía topándome con la misma mediocridad y absoluto desdén por el aprendizaje, solo que en una escuela mucho más desorganizada. Un ejemplo para los curiosos: para que me validaran una materia que ya había cursado en Comunicación se me notificó que debía comprar una planilla a un precio bastante injusto, llenarla, entregarla en la escuela y esperar un período de entre 4 a 6 meses o más por alguna respuesta, mientras tanto debía seguir cursando la materia. Básicamente, esto significa que debería cursar la materia casi todo el año académico para ver si al final se me informaba que no debía cursar esa asignatura. En su defensa, Kafka estaría verdaderamente orgulloso de esa escuela.

Luego de regresar horrorizado, impulsado por todo aquello del mal menor y preferir los latigazos a las puñaladas, sin contar que el respeto y amor que le tengo a la literatura es demasiado grande como para tolerar semejante piratería, cursé otros dos semestres en la escuela de Comunicación Social. Actualmente solo me quedan cuatro semestres de la carrera para graduarme.

Desde el inicio de este año académico, los ucabistas somos recibidos con grandes posters en la entrada, los pasillos, las paredes de los edificios y no me sorprendería un día toparme con alguno en los baños. Por todas partes grades pancartas con fotografías de estudiantes sonrientes que acompañan el eslogan: “De la UCAB al país que queremos”.

El jueves de la semana pasada se realizaron las elecciones del centro de estudiantes en la UCAB, dando inicio a la campaña electoral desde el lunes. Luego de presenciar la campaña electoral realizada por las planchas de los centros de estudiantes de las distintas escuelas, el eslogan “De la UCAB al país que queremos” no me deja dormir. De cumplirse, este país no cuenta con ninguna esperanza en el horizonte.

El primer día de campaña (en este caso, el lunes) ocurre algo bautizado como La pega. La pega consiste en la llegada de los integrantes de las planchas a la universidad en la madrugada (4:00 am aproximadamente) para entrar desaforados en una batalla por ingresar de primeros y poder establecer el toldo promocional en la mejor locación y encontrar buenos lugares para forrar por completo con afiches promocionales de su plancha y candidatos. Muchos de los afiches terminan arrancados o rotos bruscamente antes del día de votación. Por suerte, desde que soy estudiante de la Católica, las planchas han sido responsables de quitar los afiches una vez culminada la campaña. No solo son pequeñas imágenes tamaño carta, también se imprimen enormes pancartas que se cuelgan en la feria de comida y se reparten folletos al igual que “chuletas” para que sepas por quién debes votar.

Cuando salí de clases el lunes, una compañera le comentó a mi amigo Alfredo que nos habíamos perdido de una “excelente rumba” al no asistir a La pega, que había sido un “tripeo” haber estado allí estacionados en la entrada de universidad. Un supuesto desmadre electoral universitario. No me quedó del todo claro cuál era la gracia de tomarse aquello como una fiesta ni qué tenía que ver con interesarse por hacer un cambio real en la universidad.

La campaña electoral no pudo ser más indignante este año. Cada plancha tenía un toldo frente al edificio de aulas y el caos era tal que en varios momentos del día resultaba imposible atravesar la muchedumbre. Los estudiantes con franelas de sus respectivas planchas se encontraban en una celebración constante que parecía ser el verdadero método estratégico de promoción. En los toldos ponían música a todo volumen, algo que sigo sin entender cómo no está prohibido. Presentar un examen en un salón atormentado por el reguetón a todo volumen proveniente del piso de abajo no es lo más apropiado en un ambiente universitario.

La música, los afiches, los folletos, las camisas, las chapas y los toldos no son ni la mitad de los artilugios que fueron usados en esta campaña. Las planchas también se valieron de unos televisores con Play Station incluido para que los alumnos jugaran, cupcakes (“ponquecitos” para los no versados) de regalo a los votantes, raspaditos, un futbolito de mesa, juegos, un marco de cartón para tomarse selfies (“autofotos” para los no versados) con gente de la plancha, etcétera.

Los otros métodos de campaña también resultaban impresionantes. Una plancha iba en grupo por campus como una marcha agitando una bandera con su logo. Una de las planchas de Comunicación Social, Acción, realizó un flashmob (“danza o coreografía repentina sin previo aviso” para los no versados) en medio de la feria de comida. Aún me pregunto qué aportó aquella rutina de baile en plena feria, si representaba alguna propuesta o algo por el estilo. Fue algo de lo que todo el mundo habló, claro, pero nadie entendió a qué vino todo ese alboroto.

Las propuestas fueron un tema secundario. Si no tuviste la suerte de que la plancha pasara a exponer sus propuestas en tu salón, debías ir a los toldos a preguntar, ya que ni los ponqués, ni el Play Station, ni la rutina de baile, ni el reguetón a toda máquina, ni los raspaditos y mucho menos el marco de cartón para las fotos te las iban a decir.

Esos métodos nauseabundos de hacer política tienen tres aspectos a mi parecer preocupantes:

El costo. Las impresiones, franelas, chapas, comida y demás representan un gasto enorme, en nuestro país una campaña así cuesta muchísimo dinero. Ya es bastante cuestionable que se busque comprar el voto de los estudiantes con comida, pero gastar tanto dinero en una campaña para ser elegidos como centro de estudiantes por un año en el que –puedo dar fe de ello– se repetirá lo hecho por el centro de estudiantes anterior con una o dos nimiedades nuevas, resulta deprimente. No creo que la situación del país tampoco sea óptima para que resulte pertinente gastar recursos de esa forma en una campaña electoral de una plancha estudiantil. Después de todo, es dinero que podría utilizarse para fines mucho más útiles o invertirse en objetivos más nobles.

El populismo. Recientemente, la politóloga guatemalteca más guapa del continente, Gloria Álvarez, vino a Venezuela a dictar algunas conferencias. Gloria ya se había convertido en un fenómeno viral gracias a un video de una de sus ponencias. Su discurso se basa en erradicar el populismo en Latinoamérica valiéndonos de herramientas como la tecnología para defender la república. Este discurso caló en muchos venezolanos, pero obtuvo especial atención por parte del estudiantado universitario del país. Sin embargo, parece que los estudiantes de la UCAB, incluso los entusiastas de Gloria, no entendieron absolutamente nada. Comprar votos regalando comida y haciendo coreografías en una feria es la clase de circo que, lamentablemente, tanto ha reinado en este país y en este continente como para que no preocupe que sea el camino transitado dentro de las universidades. Si criticamos la situación política actual y vemos la política como espectáculo, no hemos aprendido nada.

El aprendizaje. Sea cual sea la plancha que quede elegida en cada escuela (en el caso de Comunicación Social, la plancha Somos o la plancha Acción) creo que no hubo aprendizaje alguno. Si lo hubo, es bastante negativo. Todas las planchas (en especial las de Comunicación) optaron por hacer política de espectáculo, por populismo puro y duro. La elección de cualquier plancha significará el triunfo de un show sobre el otro y la línea se seguirá en los próximos años porque, como me decía un integrante de la plancha Acción, “así se gana”. Por su parte, los mismos integrantes de las planchas tampoco aprenderán mucho. Quienes ganen sentirán que hicieron lo correcto y quienes pierdan se molestarán pensando que no regalaron suficientes tortas o no pusieron la música al volumen adecuado.

Incluso, al revisar las propuestas, en la sección correspondiente a “Fomentar la cultura” se encontraba como propuesta: “rumbitas”. Acción, una de las planchas de Comunicación Social, propuso realizar un fashionweek dentro de la universidad, incluyendo una pasarela de modas con vestidos realizados de material reciclable.

Creo que el simple hecho de que esto ocurra dentro de una universidad, un centro del saber y del aprendizaje, es lo más aterrador. Desde que entré a la universidad me sorprendió que a estas alturas solo conozca a 3 personas en Comunicación Social que lean. Incluso soy más pesimista con aquellos que quieren especializarse en artes audiovisuales con un desinterés y una ignorancia abismal con respecto al cine. Ambas lagunas despiertan grandes dudas sobre qué clase de periodistas o realizadores cinematográficos buscan ser y que tipo de profesionales se están formando en las aulas. Incluso en mi rápida incursión por la escuela de Letras descubrí que la mayoría de los estudiantes no lee o no siente una verdadera pasión por la literatura. Pero no saber de cine, siendo un arte de tan fácil acceso, resulta verdaderamente sorprendente. La mayoría de la gente que estudia Comunicación Social parece estar de paso, haciendo un esfuerzo por aprobar las materias y buscando trabajo eventualmente, el interés por el conocimiento no existe. Si quieren especializarse en Periodismo o Artes Audiovisuales y no leen ni les interesa el cine, se entiende el estado de la cultura en Venezuela. La norma que se ha venido aplicando es la de hacer mucho, pero pensar y aprender poco. No hemos entendido que, como está ya cansado de repetir Slavoj Zizek –y yo de citarlo–, ha llegado el momento de detenernos y pensar, volver a la teoría, entender por qué todo se jodió para siempre. Pero si no se piensa en la universidad, ¿cuándo lo harán? La sed por el conocimiento es una cualidad en extinción dentro del estudiantado universitario. Si aún no entendemos que la universidad nos brinda herramientas en forma de conocimiento resumido, no sabremos que eso es inútil si no existe un interés real de nuestra parte por instruirnos.

Luego de realizar más de la mitad de la carrera visto como un estudiante raro, una anomalía casi, por mi interés en la literatura y el cine, creo que puede que el equivocado sea yo. Eso pensaba cuando mi amiga Amanda Álvarez le comentó a un integrante de la plancha Somos su rechazo a los métodos de hacer política que utilizaron y este le respondía: “En esta universidad siempre se ha ganado con populismo y, sencillamente, si no puedes con el enemigo, únetele”. Pues, “sencillamente”, creo que una así llamada generación de relevo que acciona bajo esa lógica se traduce en la pérdida de toda esperanza. Tal vez el equivocado sea yo, dado que esos mismos argumentos que justifican la mediocridad son los utilizados dentro de la política, la televisión, el entretenimiento y la cultura, sumiendo a este país en el atraso más profundo.

Escribo esta columna durante la madrugada del jueves, el día de las elecciones, pesimista, sin esperanza alguna y todavía con insomnio pensando en aquella valla a la entrada de la universidad. “De la UCAB al país que queremos”. Horror. He visto el futuro y no funciona. Este año no voté. Ya han anunciado los resultados de las votaciones. No importa quién ganó, luego de observar la campaña electoral realizada dentro de la universidad, creo que perdimos todos. La universidad, el país, el futuro, perdimos todos.

 

@GaboAntillano