• Caracas (Venezuela)

Gabriel Antillano

Al instante

El sonido de un disparo en la lejanía

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Cuando era un niño, luego de aprender a hablar y expresarme con claridad, mi madre solía preguntarme por qué me gustaba esto o aquello cuando emitía alguna opinión. Esta rutina continuó durante mis años de formación y paró hace poco tiempo. No era una locura o alguna malicia de parte de mamá para fastidiarme, esta postura socrática frente a mí que suscribía al método de la mayéutica fue absolutamente planificada por mi madre. Sus preguntas ante mis afirmaciones me obligaban a siempre respaldar mis gustos, intereses, entusiasmos, críticas, convicciones, principios y opiniones en argumentos sólidos, al igual que enseñarme a siempre tratar de aprender y buscar conocimientos. Decir que algo me gustaba significaba tener que explicar por cuáles razones.

Entre las enseñanzas que este método me dejó están cierto tipo de escepticismo, un rechazo visceral ante el fanatismo ciego, un entusiasmo por la razón y una visión crítica ante lo que me rodea. Antes de apoyar o denigrar algo, hago el intento de conocerlo. Esto por un lado me aisló de mis compañeros que no perdían tanto tiempo en estas consideraciones, a su parecer banales, y sucumbían rápidamente al nacionalismo, afirmando las bondades de un país que, a juzgar por sus descripciones, jamás llegamos a conocer. Por mi parte, me interesaba más iluminar primero ese concepto tan ambiguo y abstracto que es "la patria". Pertenecer a un país me parecía algo tan extraño que no sabía si debíamos apresurarnos a morir por él. Si uno nace en un lugar, pasa sus primeros años de infancia en otro y termina su vida en un tercer hogar, ¿a qué lugar pertenece realmente? Esas son algunas de las preguntas que me hago. El nacionalismo responde a las naciones, pero existe una derivación del mismo fanatismo ante los colegios y las universidades, por ejemplo. Siempre estuve rodeado de alumnos que afirmaban con mucho orgullo y mucha soberbia estudiar en "el mejor colegio" o "la mejor universidad". Estos orgullos tan cercanos a lo religioso me parecían, si bien un intento de cierto sentido de pertenencia, absurdos, tontos en el mejor de los casos. Pero sobre todas las cosas, me parecían muy peligrosos. Las instituciones educativas ofrecen una serie de servicios y los alumnos -o los padres, en el peor de los casos- escogen según sus intereses y posibilidades. Si la mejor universidad del país no brinda la oportunidad de estudiar medicina, ¿qué queda para los médicos? Creo que es infantil preocuparse por quién es mejor cuando los logros y los servicios que se ofrecen hablan por si solos. Que los alumnos escojan la universidad que mejor les parezca, ya que el alto rendimiento académico puede no interesar a un alumno cuyo sueño es estudiar en la universidad con los baños más modernos y pulcros. Preferencias que responden a criterios personales.

Ante estas peleas y pasiones desgarradoras siempre preferí mantenerme al margen y ver las clasificaciones con algo de escepticismo. Preguntar qué criterios toma en cuenta un ranking antes de compartirlo para decir que somos mejores que los demás, por ejemplo. Y ocurre con los países, los deportes, las escuelas, las universidades, la literatura, el arte, la política.

Hace pocos días la noticia del asesinato de un león en África conmovió a muchas personas en las redes sociales. El odontólogo Walter J. Palmer había asesinado a distancia con un rifle a Cecil, un león africano. La mala suerte del odontólogo radicó en que Cecil no era cualquier león, era uno de los muchos animales monitoreados por las asociaciones de protección animal, cuyo comportamiento era estudiado. Tanto así que al parecer el apodo de Cecil era, supuestamente, "el león más querido de África". El Dr. Palmer se disculpó públicamente por el asesinato de Cecil argumentando que había confiado en sus guías para que la cacería fuese legal. Que existan aún lugares de vida salvaje donde sea legal que por un precio los humanos puedan ir a matar animales para luego tomarse la respectiva foto al lado del cadáver con mucho orgullo y felicidad resulta preocupante. Creo que la discusión de si está mal o no asesinar a un animal por deporte -diversión, dirían algunos- es probablemente la más banal de todas. Por supuesto que matar a un animal desde la distancia con un rifle sólo para regocijarse con su muerte no solo es cobarde, también es algo infame. Pero, ¿es realmente el único tema presente aquí?

Frente a la casa del odontólogo han dejado numerosos animales de peluche a manera de protesta, al igual que mensajes como "Nosotros somos Cecil" o "Púdrete en el infierno". PETA, como era de esperarse, pidió la pena de muerte para este personaje. Incluso, el organizador de las cacerías en la zona tuvo que presentarse en corte dado su error al no prevenir que un cazador turista y novato asesinara a Cecil en Zimbabue.

Como cualquier noticia o información que llega a un gran número de personas, sobran las tonterías: hay problemas más graves que la muerte de un animal, las prioridades, la visión nihilista de "para qué preocuparse si Cecil eventualmente iba a morir como todos nosotros", en nuestro país hay problemas que merecen más atención, qué importa África si uno no es de allá, etcétera. Porque ese es el problema con los tontos: se hacen notar.

La gran mayoría de la gente se conformó con lo más simple de la noticia: un idiota asesinó a un león por diversión en África. Cierto, eso fue lo que ocurrió y es bastante grave. Sin embargo, como en toda historia, hay capas y son problemas más complejos de lo que parece. No esperar para desgarrarnos las vestiduras por la infame e injusta muerte de Cecil sin detenernos a preguntar qué fue exactamente lo que ocurrió y tratar de entender desde todos los ángulos el problema es donde, creo, radica el problema.

Ayer leía un artículo publicado en The New York Times, titulado In Zimbabwe, We Don't Cry for Lions y escrito por Goodwell Nzou, oriundo de Zimbabwe. Nzou contaba cómo para él Cecil no era ninguna criatura hermosa, se asemejaba más a un monstruo. Su relato sobre su familia viviendo con miedo y terror ante la amenaza de un ataque de algún león es una lectura necesaria. Incluso, Nzou cuenta cómo un león devoró a un niño de su aldea. Por supuesto, existen formas de organización que permiten la convivencia entre humanos y animales salvajes en zonas así. Lamentablemente, Zimbabwe no parece ser un ejemplo de esto. Aunque no comparto el punto de Nzou, tampoco puedo decir que he vivido en África. Por ello considero esencial tomar en cuenta su historia y sus argumentos para preguntarnos cómo solucionar el problema de fondo de la cacería de animales y no quedarnos en lo superficial y banal que solo existe como anécdota trágica que hará ruido para luego ser olvidada. Tenemos la oportunidad de hacer la diferencia en un gran tema, pero para ello debemos informarnos a profundidad primero. Hay que volver a respetar el conocimiento.

La conmoción en masa por el asesinato de Cecil me recordó a un evento del pasado que muchos parecen querer olvidar: la campaña viral de Stop Kony. En el año 2012 apareció en las redes sociales un corto documental sobre un guerrillero terrorista africano conocido como Kony que supuestamente utilizaba niños de esclavos. Mucha gente, horrorizada ante la historia, empezó a compartir el vídeo y Kony ya reclamaba un puesto en nuestro imaginario colectivo como este súper villano de la vida real, el mismo lugar donde albergamos a figuras como Adolf Hitler. Aunque vi el vídeo, jamás lo compartí. El hecho de que este personaje estuviese operando en África de esta forma y era la primera vez que escuchábamos su nombre requería, mínimo, un rápido chequeo en Internet sobre quién era. Eso fue lo que ocurrió. Para sorpresa de muchos, Kony resultó ser un criminal que se presumía muerto y tenía siete años sin aparecer en el mapa. Por otra parte, la empresa responsable por el mini documental, Invisible Children, la misma que recibía las donaciones para la detención de este Saddam africano, resultó ser una empresa fantasma con vínculos con la iglesia católica y los radicales republicanos de los Estados Unidos. Como si fuera poco, la zona que el documental identificaba como la ubicación actual de Kony era -nada es casualidad- una locación africana con petróleo donde se rumoreaba cierto interés económico ante una intervención. La historia finalizó con un vídeo del director del documental corriendo desnudo mientras se masturbaba entre los arbustos de unos suburbios americanos. Fue detenido y apresado por exhibicionismo. Y así fue como todos olvidaron el asunto y nadie volvió a admitir que había compartido el vídeo o que había apoyado apasionadamente la campaña de Stop Kony.

Ejemplos como los del león, Kony, el festival de carne de perro en China, entre otros, muestran la pasión ciega con la que tomamos la información antes de siquiera conocer a fondo qué ocurrió. Pocos se preguntan los detalles cuando son estos los que hacen realmente las historias. En nuestros tiempos la tendencia cada día se inclina más hacia el conocimiento compacto, en resumen. Numerosas veces nos topamos con amigos que comentan alguna noticia y cuando tratamos de averiguar más descubrimos que sólo leyeron el titular o el tweet. Parece que estamos más informados que nunca, pero los hechos demuestran lo contrario. 

No es y nunca será cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Es una promesa para aguantar el presente sofocante pensado que sí, alguna vez todo fue hermoso. No lo fue. Pensar que nuestra generación es la peor o la más idiota resulta atractivo ante la suculenta evidencia, pero tampoco sería justo. No nos hemos vuelto más idiotas, pero sí es cierto que tenemos más herramientas que nunca. Que la ignorancia del pasado persista en la actualidad donde la información esta a un click de distancia nos hace preguntarnos si el idiota es quien no sabe o quien teniendo el conocimiento bajo sus narices decide ignorarlo.

Así nos quedamos con la anécdota, el titular, el tweet. Creemos saber, pero no nos importa realmente, como un disparo a lo lejos que no vemos ni estamos muy seguros de escuchar, pero lo comentamos sin levantar la mirada, para que otro también lo cuente y nadie sepa cuándo, ni dónde, ni por qué todo se jodió una vez más.