• Caracas (Venezuela)

Gabriel Antillano

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Gabriel Antillano

El resentimiento toma la palabra

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Hace unos días, revisando mi página de Facebook, encontré una publicación de Sergio Monsalve, crítico de cine de este diario, donde expresaba su emoción ante el reconocimiento que se le había otorgado a Maickel Melamed en Boston y lo llamaba un “mensaje para todos los ‘guapos del teclado’ y los ‘políticamente incorrectos’ de las redes sociales”. También solicitaba a los críticos de la figura de Melamed que cuando “equiparen la hazaña del atleta discapacitado” se le avisara para “aplaudirlos de pie”. Conociendo a Sergio por su gran labor y teniéndolo en tanalta estima como lo tengo, se me ocurrió dialogar sobre el tema. Aunque no tengo ningún problema personal con Melamed y me parece que sus logros merecen reconocimiento –el cual, no se puede negar, ha tenido–, sí me parece cuestionable su sobreexposición mediática, su establecimiento como gurú espiritual de los venezolanos y ese argumento usado ante toda crítica que se le haga de que deben “equiparase sus logros” (cita textual de un comentario de Facebook) para, de esta forma, obtener algún tipo de certificación colectiva para poder opinar al respecto, lo cual responde a una concepción muy antigua y muy errada de que los discapacitados o personas con algún impedimento son intocables y merecen nuestra compasión absoluta, no por ser otro ser humano sino por las dificultades que han debido afrontar, lo que significaría que para hablar de alguien ciego uno debería primero sacarse los ojos. También creo que rozaría un poco el tema de asumir inmediatamente que las personas con algún tipo de impedimento son esencialmente buenas o más buenas que quienes han tenido facilidades, es decir, si se nace con algún problema, vivir con ese impedimento te convertirá inmediatamente en una buena persona.

Mi comentario y la discusión a raíz de ello en Facebook carecen de importancia. Sin embargo, hubo un punto de la conversación que llamó mucho mi atención y que responde a un problema extremadamente grave que se empieza a arraigar cada vez más en la cultura venezolana. Muchas personas, antes de pensar en dialogar, empezaron a llamarme, de forma peyorativa, “intelectual”. Recibí mensajes como: “Qué ladilla los adolescentes con delirios intelectuales”, “Qué bueno que leas bastante y que escribas pero la prepotencia no te va a llevar a ningún lado” o “Mejor sin adornitos de intelectualidad ilustrada” (sic). Incluso par de personas me llamaron escritor, cosa que considero un halago, pero escritor fue Proust, no yo.

Mi comentario sobre Melamed no tenía, a mi parecer, nada de carácter intelectual o erudito. Solamente en un momento hacía referencia a una cita de Slavoj Zizek. Decidí entonces preguntar qué veían estas personas en mis comentarios que pudiese ser considerado de tal forma. ¿El cuidado en la redacción de un comentario de Facebook? ¿La sintaxis resultaba hermética? ¿La cita a Slavoj Zizek? Una persona me respondió con un comentario que me dejó realmente estupefacto:

“A mí no me molestó que citaras a Slavoj, eso es bueno; la cosa es que se ve como una opinión que raya en lo echón. Y aunque yo crea que está bien sacar lo intelectual de vez en cuando, también hay que saber cómo, cuándo y dónde se va a usar una jerga intelectual o simplemente dar una opinión sobre algo que no necesita mucho Adorno (o Horkheimer)”.

He aquí el verdadero problema.

La intelectualidad es algo un tanto confuso que varias veces se confunde con el academicismo insoportable y no con el simple interés en el área cultural, con el pensamiento humano o el conocimiento a profundidad. Dicen que Bukowski alguna vez dijo: “Un intelectual es alguien que dice algo simple de una forma complicada. Un artista es alguien que dice algo complicado de una forma simple”. Poco a poco ser llamado intelectual responde casi siempre a una connotación peyorativa de la rama del pedante o pretencioso. Por supuesto, los pedantes y pretenciosos existen, pero ¿son realmente intelectuales? ¿Existen intelectuales no pedantes o pedantes no intelectuales? La línea que separa la pretensión del conocimiento real es delgada y peligrosa.

Según el comentario de esta persona, citar a Slavoj Zizek es algo de intelectual y hay momentos para ser intelectual y momentos en los que uno debe evitar hacer citas así. Es decir, hacer referencia a las lecturas que uno ha hecho no solo es algo chocante que solo puede hacerse en ciertos momentos, también es pedante y ególatra. Esto regresa de nuevo a la concepción equivoca de que leer te hace superior a los demás y además es tu deber no recordárselo a otros. Referir a las lecturas que uno ha hecho no es, entonces, simplemente una forma de expresar mejor una idea con la ayuda de algún autor de preferencia, bajo esta lógica es tan solo un delirio de superioridad y pedantería. Entonces uno debe medir a su interlocutor y determinar si este es intelectual o no para así dialogar con él evitando sonar pedante con citas o redacción un poco más compleja. En otras palabras: considerar al otro ignorante por regla y no ofenderlo con lo que uno sabe.

En términos simples, esto significaría que leer te convierte en intelectual y mencionar dichas lecturas o citarlas responden únicamente a un objetivo ególatra y de superioridad jerárquica ante el otro. Las lecturas y el conocimiento como algo que se debe mantener en secreto, aparte de las conversaciones cotidianas, cuidando no ofender al otro.

En Venezuela tenemos años donde el conocimiento se ha vuelto cada vez más irrelevante e incluso ha empezado a ser despreciado. El discurso oficial desde el poder responde a un resentimiento sumamente fuerte que no es únicamente económico, como se nos ha hecho pensar. Un tipo de resentimiento aún más peligroso es aquel ante el conocimiento y la profundidad. Aquel que profundiza el conocimiento en cierto tema de interés es criticado y despreciado. Que se busque de cierta forma destruir el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas  porque la ciencia deba ser “de calle”, dice mucho. Que no se le de dinero al sector cultural sino únicamente al que responda a los intereses políticos e ideológicos del poder, también resulta preocupante.

Peor pareciera ser que este resentimiento ante el conocimiento, la reflexión, el pensamiento y la cultura, no es únicamente algo de bandos políticos, se ha generalizado entre todos nosotros.

Dentro de la era 2.0 de los 140 caracteres, la cita se ha vuelto el epígrafe de nuestra era, su estandarte. Quien lea libros y no se conforme con la cita o el resumen es un intelectual fastidioso o un “intenso” –palabra de uso cada vez más común entre los jóvenes que confunde pretensión y esnobismo con conocimiento real y responde al mismo tipo de resentimiento.

Charles Bukowski también escribió algo sobre el odio hacia quien conoce más sobre algo, pero supongo que es mejor no citar al viejo Buk, tampoco quiero quedar como un “adolescente con delirios intelectuales” o un pedante. Dejémoslo así, ¿vale?


@GaboAntillano