• Caracas (Venezuela)

Gabriel Antillano

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Gabriel Antillano

Más lectores, menos lectura

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“Nunca antes se había escrito y leído tanta mier... como ahora”, afirma Rodrigo Fresán en su más reciente novela, La parte inventada. La afirmación de Fresán no es gratuita: los tiempos en que vivimos parecen plagados de libros prescindibles y una tendencia cada vez más marcada de los lectores a interesarse por estos.

Se sabe que aquello de “los tiempos pasados fueron mejores” es la mentira más cierta de todas. Sin embargo, uno se pregunta si aquellos que despreciaron a Elvis Presley en su momento como encantador de quinceañeras y galán de copete y sonrisa inmaculada, anunciando desde entonces el fin de la “buena” música, sentirían lo mismo que sentimos los entusiastas de Elvis –y sean incluidas también las etapas teen idol de The Beatles y Michael Jackson– al pensar en los más modernos Justin Bieber y OneDirection (tema sobre el cual Fresán también dedicó una nota en cierto suplemento cultural). Lo mismo ocurre con el cine. Piénsese en las grandes películas de los últimos años, tanto las que se valen de poderosos efectos visuales (casi todas), como las que prescinden de ellos (pocas, que gastan lo mismo en reparto), y en clásicos como Vértigo (1958) de Alfred Hitchcock o, sin ir demasiado lejos, 2001: A Space Odyssey (1968) de Stanley Kubrick, Nashville (1975) de Robert Altman y The Deer Hunter (1978) de Michael Cimino. Aún más sencillo: si se recurre a la opinión de la Academia y se comparan las nominadas al Oscar de 2013 –año marcadamente bajo para el cine– con una buena-pero-no-grandiosa película como Dressed to Kill (1980) de Brian De Palma, da lo mismo; el resultado es, una vez más, aterrador.

La literatura.

Llama la atención la cantidad de escritores que han dedicado cantidad de palabras a la “muerte de la novela” o el “fin de la buena literatura”, como quien compra un número de rifa y descubre que los premios ya se acabaron, así que se sirve de amenazas, advertencias y quejas al viento para reclamar aquello que merece aunque nunca fue suyo. Lo que parece ser consecuencia de los triunfos recientes del libro-basura comercial, el libro en formato digital y la decaída del interés colectivo por aquello a lo que alguna vez se llamó, en forma algo pedante, “la alta cultura” –concepto fulminado por el Internet, con avisos previos de Umberto Eco. Todo bien hasta aquí. Cierto y falso. La novela no se encuentra moribunda con morfina intravenosa, ni la literatura se nos escapó en el bosque, ni mucho menos la auto ayuda, nada nueva, conquistó los tronos alguna vez ocupados por escritores de peso. Los libros malos han existido siempre y, sí, cada vez se escriben más, logrando alcanzar nuevas cimas de mediocridad. Aunque nunca existieron tantas campañas para incentivar la lectura, las cifras de ventas parecen indicar que ahora la gente lee menos. Sí, ya lo sabemos. No, no nos importa.

Desconozco la solución, si es que la hay, y con reservas con respecto a sonar elitista no me adentraré en los temas de la buena, la mala y la fea literatura en tiempos de globalización, haciendo comparaciones con el pasado, que fue y siempre regresa. Para ello se necesita más tiempo, más espacio y mucho más interés del que tengo sobre el tema. Muchos escritores más ductos en el asunto hacen mejores aportes a diario a esta discusión.

A lo que voy es un aspecto específico de esta cepa moderna de no lectores: el extraño caso de los lectores que no leen.

No es difícil encontrar en Internet –esa galaxia virtual infinita plagada de basura accesible desde cualquier parte– varias referencias a la lectura como algo cool, algo “chévere”. Fotos de chicas y chicos leyendo –nunca importa el libro, importa el modelo–, imágenes con citas o mensajes referentes a literatura, relaciones con el café, los lentes de pasta o la marihuana que nada tienen que ver con libros, etcétera. También parece ser la era dorada de la cita. Sorprende que una cuenta de Twitter dedicada a publicar citas de Jorge Luis Borges en 140 caracteres tenga más de 435.000 seguidores. No es que la memoria del maestro argentino no se pueda jactar de esta cantidad de lectores y muchos más, tan solo resulta interesante preguntarse cuántos de estos han ido a la obra de Borges y no se han conformado únicamente con los 140 caracteres. Si se realiza un chequeo veloz de algunos de sus followers (o seguidores) es evidente que muchos se quedan con la opción sencilla. La cita, sea dicho desde ya, es algo peligroso. Debería recurrirse a ella únicamente cuando se conoce la fuente, el contexto. Conocer a quien sea por algunas citas dispersas es no conocerlo. Sin contar los numerosos casos de citas equivocadas que resultan en la atribución diaria a Bob Marley, Albert Einstein, Nelson Mandela o John Lennon, por nombrar los más recurrentes, de unas cursilerías nefastas que no dijeron en toda su vida. Esta generación, más entusiasta que cualquier otra de la cita, suele quedarse en lo micro porque lo macro le aburre. Y los libros, lamentablemente, suelen tener más de 140 caracteres. Es por ello que la imagen triunfa sobre el texto en los jóvenes y se prefieren las citas e incluso los cuentos –si y solo si son cortos– a las novelas.

Es un misterio la popularidad de publicar en Instagram u otras redes sociales fotos de comida –probablemente para provocar la ira de los amigos que no están comiendo algo tan suculento en ese momento. Pero en mi opinión, resulta más misteriosa la moda de las fotos a los libros o los conocidos selfies leyendo. No sigamos, nadie puede tomarse una foto mientras lee. En tal caso, primero se toma la foto y luego se lee, si es que se llega a ello. Todo parece indicar un interés en la literatura que realmente no existe, un interés meramente superficial. Que buenos son los libros, pero no leo. Que bella la taza de café y el par de lentes sobre ese tomo de tapas duras, pero ni me interesa que obra es ni la pienso leer.

Existen tres tipos principales de lectores que no leen:

1.- aquellos que aseguran ser unos devoradores de libros. Aman decir que leen mucho y que les encanta la tinta, las páginas, the whole deal. No dejan pasar la biblioteca en la casa de un amigo, ven todos y cada uno de los libros. La verdad es que no leen mucho. Comentan tres o cuatro libros que han leído y dan excusas como que las clases o el trabajo les arrebatan las horas de lectura que tanto disfrutan.

2.-: los supuestos lectores que no solo están constantemente recordando su amor por los libros, sino que usan la palabra “literatura” y creen que pertenecen a algún selecto club por ello. La realidad no es tan hermosa: son amantes de bestsellers esencialmente idiotas y libros fallidos de autores buenos y malos. Suelen seguir todas las recomendaciones equivocadas. Se debe tener claro que un gusto particular por un libro no lo hace bueno, al igual que un entusiasmo colectivo tampoco es una medida de calidad.

3.-: el que tiene más futuro es aquel que lee un poco, no mucho, conoce lo básico. Tiene una idea medianamente decente de la literatura. No conforme con su velocidad, asegura leer mucho más de lo que en realidad lee. Ocasionando incongruencias como el admirador a muerte de Roberto Bolaño que solo leyó Los detectives salvajes.

El problema, en este caso, no está en si se lee o no se lee. Tampoco en si se lee poco o si se lee mucho. Siempre habrá gente a quien le interesen unas cosas más que otras, aunque algunos soñemos con algún día en el que todos disfruten tanto como nosotros de los libros. El problema está en la pretensión, que además de imposibilitar llegar realmente al conocimiento por mantener una imagen, resulta extraña, ya que de un momento a otro los libros adquirieron ese atractivo meramente superficial de pretensión. Atractivo ya existente con el cine, la fotografía, el arte y algunos deportes, entre otros.

Esto no solo se manifiesta en casos personales. Si se hace una revisión a las series y películas de los últimos años existe una patología evidente entre aquellas piezas cinematográficas que tienen como protagonistas a escritores –casi nunca bien representados, como ese simpático gemelo idiota de Bukowski que es Hank Moody de la serie Californication. Por ir a un ejemplo específico: la ola de películas sobre los escritores de la generación beat. Películas que solo han servido para hacer creer que dicho movimiento literario consistió en un montón de junkies jóvenes amantes de los lentes de pasta y el sexo libre, que eran tipos majos y de paso escribían un poco cuando no estaban de fiesta escuchando jazz. Bueno, sí, cerca, pero no. Entonces Allen Ginsberg deja de ser un simpático gordiflón con cara de fracasado para convertirse en un apuesto James Franco de mirada perdida en Howl (2010). El mismo actor que interpretó a Harry Potter cambia la varita por una vieja máquina de escribir para interpretar al mismo personaje en Kill Your Darlings (2013). Se miente haciendo creer que Kerouac inventó las novelas de carretera –ni mencionemos la plástica adaptación de su novela más famosa, On the Road. Ahora los escritores beat están de moda y todos quieren entrar en ese grupo para justificar la diversión y el atuendo con la lectura, cuando en realidad no se lee o se lee poco y se miente o se pretende mucho.

A quien no le interese la ficción también debería preocuparse, porque la pretensión es con el conocimiento en general. Ahora no solo se pretende conocer a Shakespeare, Proust, Borges, Fitzgerald, Bolaño, Franzen y Foster Wallace, también se pretende estar bien leídos e informados en política, fotografía, periodismo, arte. Sobran los expertos en izquierdas y derechas, que aseguran algunos días que el gobierno venezolano es comunista, para luego afirmar que en realidad tan solo se esconde detrás de la barba de Marx. El experto en Marx que se conforma con citas y su biografía de dos páginas sacada de internet es un espécimen bastante común. También lo es el experto en Henri Cartier-Bresson que conoce un par de fotos y jamás leyó su imprescindible ensayo El instante decisivo, o el admirador de Robert Capa que conoce la famosa fotografía Muerte de un miliciano y sabe que fue “aquel tipo que tomó fotos borrosas como corresponsal de guerra”.

El fenómeno no proviene de la nada, no existe un big bang del snobismo literario. Todo esto tiene sus antecedentes en la gente que asegura ser amante de la literatura como si dicha afirmación significase la pertenencia a un escalón superior de la raza humana, cuando en realidad son los que para definir un buen libro (y recomendarlo), usan las hilarantes e idiotas: “es fácil de leer”, “se lee rápido” y “me identifiqué con los personajes”. La sencillez de una prosa no hace mejor o peor a un libro. Ni los libros “fáciles de leer” presentan un mérito por esta cualidad, ni las obras complejas son mejores solo por eso. Tampoco conectar con los personajes es algo que posea mérito. En fin, todos errores conocidos de quien habla de lo que en realidad no sabe nada, errores comunes en lugares donde cada vez hay más lectores y menos lectura.