• Caracas (Venezuela)

Gabriel Antillano

Al instante

Gabriel Antillano

El hombre al que llamamos Max

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Yo también recuerdo al guerrero de la carretera.

El desierto. Esa enorme nada que se extiende sin fin aparente. Esa vastedad que tanto ha servido como escenario de las más diversas historias y que muchos han usado de metáfora incluso para describir la existencia humana. Un terreno infinito donde durante el día no existe sombra y durante la noche muere la luz. Donde todo es arena, enormes cantidades de arena por todas partes. Allí, como en el espacio, nadie puede oírte gritar. El desierto.

No es difícil entender cómo el desierto también sirve de escenario para el futuro. Que la especie humana, tan preocupada por crear y erigir grandes construcciones, se vea rodeada de arena y despojada de cualquier tipo de esperanza en el horizonte, es un fondo perfecto para el horror. El resultado de la destrucción. Es el escenario perfecto para tiempos post-apocalípticos. Es, también, donde ocurre toda la acción de Mad Max.

Mad Max (1979) es una película escrita y dirigida por el australiano George Miller y protagonizada por un joven Mel Gibson. Miller pensó la historia a partir de sus experiencias como médico de emergencias en Australia, oficio en el cual atendió a muchas víctimas de accidentes automovilísticos, el tipo de accidente que acabó con la vida de tres de sus amigos de infancia. La película costó unos míseros $ 400.000, a los que el mismo Miller contribuyó. Esa visión del futuro como un enorme desierto resultado del fin de la civilización a causa de la guerra por el petróleo impresionó de tal forma que el film logró recaudar alrededor de 100 millones de dólares. En realidad, Mad Max (1979) es una historia de venganza y violencia. Miller pensó que el mejor escenario para esa trama era un futuro distópico en el cual la civilización colapsó y los sobrevivientes se matan entre sí por gasolina para poder hacer andar a sus automóviles.

Tal vez el futuro imaginado por Miller va en línea con la visión del escritor de ciencia ficción J. G. Ballard, quien cuenta la segunda película de la franquicia, Mad Max 2: The Road Warrior (1981), entre sus películas favoritas. En el prólogo a su magnífica novela Crash, sobre personas cuyo fetiche sexual son los choques de automóviles, Ballard dice:

“El matrimonio de la razón y la pesadilla que dominó el siglo XX ha engendrado un mundo cada vez más ambiguo…La ciencia y la tecnología se multiplican a nuestro alrededor. Cada vez más son ellas las que nos dictan el lenguaje en que pensamos y hablamos. Utilizamos ese lenguaje, o enmudecemos… Nuestros conceptos de pasado, presente y futuro necesitan ser revisados, cada vez más. Así como el pasado mismo –en un plano social y psicológico– fue una víctima de Hiroshima y la era nuclear, así a su vez el futuro está dejando de existir, devorado por un presente insaciable. Hemos anexado el mañana al hoy, lo hemos reducido a una mera alternativa entre otras que nos ofrecen ahora… Crash, por supuesto, no trata de una catástrofe imaginaria, por muy próxima que pueda parecer, sino de un cataclismo pandémico institucionalizado en todas las sociedades industriales, y que provoca cada año miles de muertos y millones de heridos. ¿Es lícito ver en los accidentes de automóvil un siniestro presagio de una boda de pesadilla entre la tecnología y el sexo? ¿La tecnología moderna llegará a proporcionarnos unos instrumentos hasta ahora inconcebibles para que exploremos nuestra propia psicopatología? ¿Estas nuevas fijaciones de nuestra perversidad innata podrán ser de algún modo benéficas? ¿No estamos asistiendo al desarrollo de una tecnología perversa, más poderosa que la razón?”

En este sentido, Mad Max también es una crítica política y social. La imaginación pesadillesca de George Miller sirve de advertencia.

En Mad Max (1979) se nos presenta por primera vez al héroe de la saga, Max Rockatansky, un policía que amenaza constantemente a su jefe con renunciar. Max podrá huir de su trabajo, pero no de la violencia que domina el terreno. Una banda de motorizados asesinan a su esposa e hijo, lo que lleva a nuestro héroe a tomar la justicia por su propia mano y obtener la venganza que desea.

Dado el gran éxito de la película, Miller realizó la segunda –y probablemente la mejor– entrega de la saga, Mad Max 2: The Road Warrior (1981). Aprovechando que la primera película había reclamado su puesto indiscutible dentro de la cultura pop y de nuestro imaginario colectivo, nuestro héroe regresa en una cinta consciente de su propio mito. Ya Max no es un protagonista más, su leyenda es el pilar sobre el cual se sostiene el mundo onírico de Miller. Con una estética punk a cargo de la diseñadora de vestuario Norma Moriceau, es esta entrega de la saga la que termina de fundar una escuela, influenciando al género apocalíptico y la estética caótica del punk futurista. La historia ocurre en un presente o futuro que jamás llegó. La civilización parece haberse detenido entre los 70 y 80 y quienes sobreviven recolectan sus últimos vestigios. Presenciamos desde la actualidad un futuro donde la indumentaria consiste en una amalgama de accesorios del pasado. En el futuro se aferran a lo que queda, creando así una estética propia. Vemos hombres con mohawk vistiendo trajes de fútbol americano con cadenas, púas y mucho cuero. Niños con harapos. Personas con una mezcla de trajes para el desierto y estética sadomasoquista. Incluso, el villano principal de la película, el gran Lord Humungus, “Warrior of the Wasteland" y “Ayatollah of Rock n’ Rolla”, viste una especie de traje sadomasoquista con una máscara de hockey que oculta su cara desfigurada. La cinta es aún más sincera con su gran influencia western. Toda la trama responde a las aventuras más características de vaqueros en el lejano oeste: un grupo de personas se encuentran resguardadas en una refinería petrolera acechadas por Lord Humungus y su clan de piratas de la carretera. Max, como todo buen héroe, parece ser la única esperanza. El plan, que concluye en una de las mejores escenas de persecución del cine de acción, consiste en conducir una gandola llena de combustible a través del bloqueo de Lord Humungus.

Max Rockatansky no es un héroe simpático. No ríe, no da muestras de felicidad o alegría. Ni siquiera habla demasiado. Es un hombre curtido, lacónico, atormentado por un pasado y convencido de que la esperanza es algo absurdo en este nuevo mundo. Max parece no mirar atrás, siempre en movimiento, sobreviviendo y huyendo sin demasiada esperanza. En Mad Max 2: The Road Warrior (1981) la redención aparece como tema principal. El héroe que rechaza su condición, pero no puede huir definitivamente de ella. Ese que sin grandes discursos decide hacer lo necesario y ayuda a otros aunque nadie lo pueda ayudar a él. Pero Max no puede quedarse, su hogar es el camino, la carretera, el infinito desierto por el cual deambula sin rumbo y sin esperanzas.

La tercera entrega de la saga, Mad Max Beyond Thunderdome (1985), es la menos lograda y la que menos gustó tanto a la crítica como al público. Más centrada hacia el tema de la civilización y sus intentos por volver a instalar cierto tipo de orden en toda esa vastedad y caos, con una Tina Turner como Aunty Entity, la principal antagonista, la cinta no superó a sus antecesoras. La estética se mantiene en este tercer film. La carretera, que parece ir desapareciendo con cada película, es sustituida aquí por un desierto mucho más árido e infinito que el de las dos primeras películas. Fue la última vez que supimos de Max Rockatansky.

Ahora el guerrero de la carretera ha regresado.

Mad Max: Fury Road (2015), estrenada el 15 de mayo en el mundo entero, es la cuarta entrega de la saga. Escrita y dirigida también por George Miller, quien trae de regreso a Max Rockatansky, encarnado esta vez por Tom Hardy, sustituyendo a Mel Gibson, protagonista de las tres entregas pasadas. Sin embargo, por momentos el legendario y mítico Max es opacado por Furiosa, interpretada por Charlize Theron. Max, en su huida eterna se topará con Furiosa, quien huye también, pero de Importan Joe (HughKeays-Byrne), el mejor villano de la franquicia desde Lord Humungus. Importan Joe es el líder y gurú de la Citadela, una comunidad gobernada por Joe desde las alturas, quien controla la reserva de agua –la cual llama Aqua-Cola– y ha forjado a su alrededor una suerte de religión donde ofrece a sus fieles el Valhala. La religión (o culto) en la película no parece algo de relleno, cargada de referencias y un simbolismo claro, Miller prestó especial atención a crear una secta creíble y extremadamente bien pensada.

Al principio no es sencillo entender lo que ocurre. La historia comienza in media res y las imágenes y los diálogos con tinte poético sirven solo como fugaces indicios. A medida que la película avanza vamos asimilando la cultura forjada dentro de estos grupos de sobrevivientes afectados por la arena y el combustible. Todo ocurre a máxima velocidad, contundente y cargado de adrenalina. Los diálogos usan sus propios códigos, los personajes hablan en un dialecto exclusivo de ese mundo que tanto nos provoca seguir explorando.

La crítica aun trata de asimilar la cantidad de combustible de esta última aventura de Max Rockatansky. Aclamada casi universalmente, Fury Road ha renovado el interés en la saga de Mad Max y George Miller ha brindado a las nuevas generaciones un vistazo actualizado de esa pesadilla hermosa que marcó el cine para siempre desde 1979. Se pueden encontrar numerosas reseñas –casi todas favorables– y ensayos sobre la película (imprescindible la lectura del magnífico texto de Gonzalo Jiménez publicado en Prodavinci.com titulado La persecución perpetua: caos, mito y civilización en la saga Mad Max).

La redención y el fin de toda esperanza regresan como temas en Mad Max: Fury Road (2015), al igual que se retoman algunos mecanismos narrativos usados en Mad Max 2: The Road Warrior (1981). En Fury Road la carretera ha desaparecido por completo. El asfalto no se ve por ninguna parte y ya no existe ningún tipo de vegetación. Solo existe el desierto. Infinito. Desolador.

Diesel, velocidad, máquinas, locura, redención, explosiones, choques, violencia y muerte. Mad Max: Fury Road (2015) lo tiene todo. Una película que entiende que el cine bien hecho transmite. Un poema visual. Por momentos la película parece una pintura de enormes proporciones que está siempre en movimiento, contándonos una historia. La paleta de colores, la fotografía y la misma estética presente en toda la saga pero repotenciada en esta última extravagancia, hacen de Fury Road una película que logra trascender la violencia, el caos y la locura en belleza estética. Tiras de celuloide tan cargadas de velocidad que agota al espectador de la mejor forma posible.

El futuro árido de George Miller nos asusta y vuelve para atormentarnos una vez más en la mejor película de lo que va del 2015. 

El éxito ha sido tal que Miller ya ha anunciado dos precuelas y una posible secuela a realizarse en el futuro con Tom Hardy regresando como Max.

Y allí estaremos para ver al guerrero de la carretera, hijo del desierto y héroe lacónico regresar una vez más. Diciendo todo con su mirada y su carencia absoluta de optimismo. Siempre en movimiento, abriéndose paso en el desierto. Huyendo. Sobreviviendo.

A toda velocidad.

Y para siempre.


@GaboAntillano