• Caracas (Venezuela)

Gabriel Antillano

Al instante

Ya no las hacen como antes

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Un día, haciendo zapping, pasé por los canales infantiles y me detuve estupefacto ante el título que aparecía en la programación para la serie que estaban transmitiendo: Stan, el perro bloguero. Por un momento pensé que debía ser algún error. Tal vez, pensaba, esa noche algún pasante seria despedido. Luego de ver un rato el programa, aun sorprendido, vi que sí, en efecto se trataba de una serie sobre una familia y un perro que habla y lleva un blog en Internet. De acuerdo, pensé, cuando se es niño este tipo de cosas parecen aceptables. El problema no parecía ser las habilidades internautas del perro de la casa o la calidad de sus posts. Ni siquiera era un problema imaginarse como se manejaba con un teclado para humanos. El programa era, sin duda alguna, una basura. El melodrama y los actores sobreactuados típicos de los sitcoms infantiles eran aquí características llevadas a sus extremos más insoportables. Los problemas idiotas y sus soluciones predecibles hacían del show un entretenimiento fastidioso y que aportaba muy poco.

La mayoría de la gente al leer estas líneas pensará que, una vez más, estoy siendo extremadamente crítico en este espacio porque, después de todo, es solo “un programa para niños”. Obvian, por supuesto, que hubo un tiempo donde esto no fue excusa. Los programas que muchos jóvenes de mi generación disfrutaron no veían a su público como seres con capacidades limitadas. E incluso, apreciados en la adultez, uno aún puede encontrar sin esfuerzo los rastros de una dedicación absoluta por producir contenido de calidad para niños.

Haber nacido en el año 1992 me permitió disfrutar de la mejor televisión infantil posible. Crecer en los noventa presentaba la oportunidad de disfrutar de shows increíbles de los años noventa, reruns o repeticiones de algunos éxitos de los ochenta y contar con la posibilidad de ver algunas de las mejores caricaturas de Warner si uno aguantaba hasta la madrugada.

Hay que entender un poco de la historia de los programas para niños para ser justos. Tex Avery fue uno de los primeros caricaturistas que supo mezclar la gloria de los dibujos animados para niños con elementos del mundo adulto, como sus tintes pulp. De forma muy sutil –y a veces no tan sutil–, Avery tocaba temas del mundo adulto en comiquitas para un público infantil. La introducción de la figura de la femme fatale y el deseo sexual eran elementos clásicos de su producción. Este es un ejemplo de los cambios que se fueron desarrollando para que durante los años noventa la producción de programas para niños tocara uno de sus puntos más altos.

 

Bruce Timm, dibujante de cómics con un estilo inspirado en las ilustraciones pulps con un tratamiento más moderno y propio, fue desde inicios de los años noventa hasta hace par de años la mente detrás de DC Animation. Timm realizaba todo el diseño de personajes. Es el responsable de series como: Batman: The Animated Series (1992), Batman Beyond (1999), Superman: The Animated Series (1996), Justice League (2001), Justice League: Unlimited (2004), Static Shock (2000) y Freakazoid! (1995), entre otras. Actualmente, según listas realizadas por la página IGN y votaciones de usuarios y críticos, se le considera a Batman: The Animated Series (1992) la mejor serie de animación de la historia. Quien haya disfrutado de sus cuatro temporadas con más de ochenta capítulos sabrá que esta no es una afirmación descabellada. La ambientación oscura, la profundidad de sus temas y sus problemas adultos hacían de ella una serie que podía ser disfrutada por adultos tanto como por sus hijos. Que fuesen dibujos y contara con un tratamiento digerible para todas las edades no disminuía su calidad. Además, la ciudad donde se desarrollaba la serie, al igual que muchos elementos decorativos, habían sido diseñados con tintes Art Deco. El caballero de la noche se movía en una ciudad situada en el tiempo entre lo antiguo y lo futurista, como un futuro al que no supimos llegar. Saber combinar Gotham con el Art Deco fue una genialidad que pocas veces surgen en la televisión.

Sin embargo, no fue lo único que pudo disfrutar mi generación mientras permanecíamos frente al televisor con un pasado que no nos interesaba, un presente insoportable y un futuro demasiado confuso.

Series como la genial Boy Meets World (1993) ideada por Michael Jacobs y April Kelly no tienen cabida en la programación de hoy (por más que lo intenten con el terrible spin-off del 2014 Girl Meets World). Quienes la disfrutábamos todos los viernes vivimos la vida de Cory Matthews, un chico de 11 años que empieza a hacerse las grandes preguntas sobre el mundo en compañía de su hermano adolescente, su hermana menor, sus simpáticos padres, su novia Topanga, su mejor amigo Shawn y el brillante y tierno pero a veces rudo y detestado profesor Mr. Feeny. Durante siete temporadas vimos a Cory crecer hasta su matrimonio con Topanga ya ambos en la universidad. Con mucho humor y los elementos clásicos del sitcom familiar, Boy Meets World tuvo una de las primeras relaciones interraciales de la televisión y tocó temas como el abuso infantil, el racismo, el sexo, la infidelidad, las relaciones humanas y la violencia. Si bien en sus últimos episodios el tono serio de la vida adulta empezó a infectar un poco la calidad, Boy Meets World fue una serie sobre la vida, la madurez, el encuentro del niño que todos fuimos con el adulto que somos y los problemas del día a día. Era una serie que nos hacia reír, pero en especial nos hacia pensar y nos enseñaba. Incluso, para escribir este artículo volví a ver algunos capítulos para comprobar si ahora, a mis 22 años la serie había envejecido bien o mal. Pero allí estaba, con su forma genial y divertida de tratar temas complejos.

Otras series, de un carácter menos didáctico, ofrecían un disfrute más enfocado en lo estético. Las series creadas por el ruso Genndy Tartakovsky para Cartoon Network lo demuestran. También fue el creador de la brillante e imprescindible Dexter’s Laboratory (1996). Trabajó junto con Lucas Film para crear la serie animada Star Wars: Clone Wars (2003). Sin olvidar la que probablemente sea su creación más hermosa, la increíble Samurai Jack (2001).

Algunas series eran experimentos geniales. ¿Quién recuerda, por ejemplo, cuando algún enfermo mental tuvo la grandiosa idea de dejar a mi ilustrador punk preferido, John Kricfalusi, hacer una serie para niños? El resultado: The Ren & Stimpy Show (1991). Una serie alucinada y alucinante con todos los elementos del trabajo de Kricfalusi. O ese genial homenaje al género de terror creado por John R. Dilworth y llamado Courage the Cowardly Dog (1999).

Si uno podía quedarse despierto hasta la madrugada, tenía acceso en los canales infantiles como Cartoon Network a series animadas creadas para un público adulto. Sí, hablo de la sección Adult Swim. Incluso, una de mis series preferidas era Space Ghost Coast to Coast (1994). En ella, el superhéroe de Hanna-Barbera de los años 60, Space Ghost, era el host de un talk show en el que entrevistó a personalidades como ThomYorke de Radiohead.

Imposible pasar por alto aquellos geniales micros televisivos, también transmitidos por Cartoon, llamados El Show de Aquaman, donde el superhéroe, en bancarrota e irrespetado por todos como un héroe inútil, trataba de llevar un show para niños sin saber cómo manejar sus problemas de ira.

Claro, podríamos mencionar otras series, muchas más. Sin olvidar la imprescindible labor de uno de los mejores canales de la televisión: Locomotion (obviar sus últimos años cuando su programación paso a ser casi por completo de anime). Locomotion nos expuso a genialidades completamente jodidas como The Maxx, Phantom 2040, Lupin III, The Critic, Æon Flux, Duckman, Dr. Katz, The Head y la ya mencionada The Ren & Stimpy Show. Santiago Zerpa, columnista de este diario, escribió un excelente artículo sobre Locomotion y su importancia en nuestra educación sentimental.

Estos programas han sido reemplazados para nutrir a las nuevas generaciones con series como Ben 10, Stan el perro bloguero, Ninja Go, Jake y los piratas del país de Nunca Jamás, etcétera. Sin embargo, no todo es estupidez. Series como Regular Show, Adventure Time, Attack on Titan (la última serie del genial Genndy Tartakovsky, mencionado anteriormente) y Gravity Falls han seguido la línea de producir contenido de calidad para los jóvenes.

El problema radica en dos consideraciones de nuestros tiempos sumamente preocupantes.

La primera es pensar que los niños son esencialmente idiotas. Esto justifica que a la hora de producir contenido para los más pequeños se les presenten ideas recicladas haciéndolas digeribles en vez de presentar verdaderos retos narrativos que los inviten a pensar. Los niños no son idiotas, solo han vivido menos. Si cuando se sientan frente a la TV lo que les ofrecemos es más de lo mismo al igual que preguntas fáciles con respuestas obvias, nadie aprende mucho realmente. Series realizadas con dedicación, con un cuidado por los detalles y que cuenten buenas historias y enseñen mientras cualquiera pueda deleitarse con su oferta estética parece ser una costumbre olvidada.

La segunda consideración es aún peor y tiene que ver con la corrección política. Actualmente este es uno de los grandes males inexplicables de los primeros años del siglo XXI. La corrección política y el conservadurismo acabaron por completo con el cine, la televisión y las opiniones en general. Vivimos la era de las disculpas públicas, del “cuidado con lo que dices”. La programación infantil no escapa de esto. Las series más “adultas” y consideradas violentas son pasadas de largo. Incluso las series de superhéroes se han vuelto más infantiles y simples. ¿Ayuda en realidad esta consideración al contenido al que exponemos a los jóvenes? ¿Series como Ren y Stimpy y The Head contribuyeron realmente a la degradación de la civilización occidental? Si hemos leído las teorías planteadas por Steven Levitty Stephen J. Dubner en su libro Freakonomics sabemos que para ellos, la caída súbita de los índices de crimen en los Estados Unidos durante los años 90 se debe a los abortos  realizados en los 80. Habría que preguntarse qué papel juega la programación televisiva de público infantil en estas estadísticas.

Con una generación criada por Internet y que tiene acceso a más información que cualquier otra generación en la historia de la humanidad, ¿debemos seguir preocupándonos por producir un contenido lo suficientemente tonto para que cualquiera lo entienda o es una oportunidad para aumentar la complejidad de las series para niños y crear retos que los lleven a la reflexión? Y, sinceramente, ¿la corrección política nos ha traído algo bueno? Habrá que esperar algunos años para preguntarles a los jóvenes de ahora, cuando sean adultos, si es que logran entender la pregunta.

 

@GaboAntillano