• Caracas (Venezuela)

Gabriel Antillano

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Gabriel Antillano

Trayéndolo todo de regreso al futuro

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A veces me pregunto cuándo empezamos a soñar con el futuro.

El concepto de futuro ha ido cambiando a través del tiempo. A dónde vamos, qué nos espera. No es un tema que interesara demasiado a los griegos, sin embargo, como casi todo, tiene sus inicios allí. La filosofía griega dedicaba más tiempo a preguntarse cuál era el origen de las cosas, pero se abarcó par de veces de forma ligera el cuestionamiento sobre a dónde nos llevaban nuestras acciones, aunque no se desarrolló a profundidad. Durante la edad media tampoco se le dio mucha importancia a esto, el mundo occidental estaba demasiado preocupado por ganarse el reino de los cielos como para pensar en un porvenir terrenal que se avecinaba. (Por cierto, si se quiere entender a los países germánicos, habría que ver su visión del fin en los mitos y la literatura, el Ragnarök, el apocalipsis como una guerra entre dioses donde –oh, sorpresa– los buenos pierden y el universo es destruido). En la época victoriana estaban lo suficientemente preocupados por morir de tuberculosis como para divagar sobre el futuro, aunque par de pensadores le dedicaran tiempo, no era un interés general, aunque el pasado sí lo fuese. El entusiasmo por el futuro comenzó con la revolución industrial.

La revolución industrial trajo un avance de la tecnología demasiado rápido, al igual que una maquinaria que facilitaba el trabajo de los hombres –y en algunos casos, los reemplazaban. La impresión que trajeron estos cambios estuvo estrechamente vinculada con el miedo, empezamos a preguntarnos a dónde iba todo aquello y si ese destino realmente nos gustaba. La reproducción en masa, la explotación del proletariado, la guerra, el comunismo. El avance de la tecnología mutó en una especie de alerta, pero no pudimos poner demasiada atención porque estallaba la Primera Guerra Mundial.

Culminada la Primera Guerra Mundial, ocurren dos importantes momentos en el futuro del imaginario colectivo. A finales de los años 30 surgen los comics de superhéroes, el éxito de Action Comics y su Superman dan pie a una serie de artistas que imaginaron un mundo donde los superhombres fueran posibles, donde volar y lanzar fuego eran cosas cotidianas de seres que decidían usar sus poderes para hacer el bien y defender a la raza humana. Pero el evento más importante en la visión del futuro fue, sin duda alguna, la Feria mundial de New York en 1939. Fue la primera feria mundial dedicada al futuro, usando el slogan Dawn of a New Day (“Amanecer de un nuevo día”), invitando al público a ver “el mundo del mañana”. La feria dio forma a la idea del futuro y a partir de entonces nos atrevimos a soñar peligrosamente.

La Segunda Guerra Mundial, que estalla durante la exhibición de la Feria mundial de New York (recordemos, 1939), lo que lleva a una clausura repentina, acabó para muchos con los sueños de esperanza y modernidad, sin embargo, todo el misterio que envolvió a los nazis creó un interés particular por los descubrimientos y aspectos ocultos del nazismo (piénsese en todos los mitos –y verdades– sobre Josef Mengele y el vínculo con el ocultismo por la división arqueológica de Himmler). Por otra parte, los teóricos marxistas empiezan a advertir sobre tiempos revueltos; algunos –los peores– proponen el comunismo como respuesta, otros –los mejores– se limitan a advertir e invitar a hacernos las preguntas correctas.

El futuro termina de tomar forma con la Guerra Fría. La carrera espacial significó la era dorada de la ciencia ficción, soñamos con naves espaciales, los cosmonautas de Stanisław Lem, la conquista de otros planetas, el viaje interestelar. No había límites para la imaginación. Los carros voladores no parecían un invento lejano, ni la idea de mudarnos a Marte parecía exclusiva de una película.

Todas estas ideas de un futuro tuvieron su cumbre en los años 80 (y finales de los 70, para ser exactos), donde la ciencia ficción se había vuelto cotidiana. La década de los 80 fueron años de fiesta y a nadie le importaba –ni le costaba– pensar en patinetas que flotan en el aire y alienígenas entre nosotros. Parecía normal, posible. El futuro nos invadió y nos dimos cuenta demasiado tarde. Aparecen durante esta época las mejores visiones sobre un mundo posterior al apocalipsis. No el apocalipsis bíblico, no, este era un fin tecnológico, donde los límites que habíamos destruido con la tecnología y una economía del goce desbordada nos llevaban inevitablemente al último terror de la modernidad: el desierto. La visión de Mad Max (1979) no es sorprendente: el mundo convertido en desierto donde las grandes corporaciones acabaron con la vida y convirtieron a la raza humana en un montón de salvajes que se matan entre ellos por un poco de gasolina para seguir recorriendo la nada en busca de salvación. Seguíamos pensando en la posibilidad de carros voladores, pero empezábamos a cuestionar si el mundo del mañana de la Feria mundial de New York era posible con el camino que estábamos tomando.

Nuestros mayores miedos se confirmaron al culminar el siglo XX y llegar al año 2000. Empezaba el siglo XXI y aun no habíamos colonizado Marte, nuestra ropa seguía siendo bastante convencional y nadie había dado con pruebas contundentes sobre la existencia de vida en otros planetas. El futuro real al que llegamos fue la desilusión del futuro que tanto habíamos imaginado.

La ficción ambientada en una civilización mucho más avanzada solo triunfa en nuestros días si tiene una visión completamente pesimista al respecto. No podemos aceptar, ante los hechos, que estemos dirigiéndonos a civilizaciones de logros como aquellas que solíamos imaginar. Ya nadie piensa en el futuro porque la mente se nos ha llenado de presente.

Hace dos semanas, mi amigo José Ignacio Calderón (un magnifico columnista de este diario) me ponía a escuchar uno de sus nuevos músicos favoritos: Perturbator, un proyecto musical de James Kent que hace música con sintetizadores como una suerte de homenaje a la música de los años 80, su mayor inspiración, según afirma en varias entrevistas. Todo lo que rodea a Perturbator es ochentero, incluidas las portadas de sus discos y la ropa que suele vestir para las sesiones de fotos. El proyecto es parte de un movimiento que se conoce como New Retro Wave: artistas que hacen música en la actualidad que suena como algo de los años 80. Otro de los términos usados merece una mención especial: retro-futurismo. El retro-futurismo responde a la ambientación del futuro que imaginamos en el pasado, muy diferente al que imaginamos hoy. Mucho neón, lluvia, smog, lasers, sintetizadores, excesos y decadencia. El futuro decadente de las décadas pasadas que parece ahora la versión en ácido de los barrios iluminados de Tokio sigue fascinando a muchos –me incluyo.

Creo que para tener tiempo de pensar en el mundo del mañana tal vez haya que aislarse, ya que todo contacto con la tecnología o las noticias nos recuerda, una vez más, que no vamos por el mejor camino. Ahora solo queda olvidar el futuro y revisar el pasado, a ver cuándo fue que todo se jodió para siempre.