• Caracas (Venezuela)

Gabriel Antillano

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Ex-Maquina: o cómo aprendí a bailar como Oscar Isaac

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Las tres leyes de la robótica postuladas por el escritor Isaac Asimov dictan:

 

1.- Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.

2.- Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la primera ley.

3.- Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o segunda ley.

Estas leyes fueron creadas para regir los universos futuristas del autor en los cuales la interacción con robots es algo cotidiano. Sin embargo, quien haya leído la obra de Asimov sabe que estas leyes no siempre son efectivas al trazar límites entre humanos y robots para mantener la convivencia ideal.

Muchas veces, la rama de la ciencia ficción que indaga en temas como la robótica y la inteligencia artificial decide ignorar la existencia de los tres postulados de Asimov. El resultado, ya se sabe, deviene en grandes conflictos entre el hombre y sus creaciones. También parecen ser ignoradas por los protagonistas de la película Ex-Machina (2015), escrita y dirigida por Alex Garland, guionista de la exitosa 28 Days Later (2002), las no tan logradas Sunshine (2007) y Never Let Me Go (2010) y el sólido pero no del todo convincente remake Dredd (2012). Ex-Machina marca su debut como director.

Ex-Machina es protagonizada por Domhnall Gleeson, Oscar Isaac, Alicia Vikander y Sonoya Mizuno. La premisa, en realidad, es bastante simple. Caleb Smith (Gleeson) es un programador en la empresa Bluebook y gana un sorteo cuyo premio consiste en pasar una semana en la mansión de máxima seguridad del presidente de la empresa, un genio ermitaño llamado Nathan Bateman (Oscar Isaac). Sin embargo, no todo es lo que parece y Caleb pronto descubre que los avances realizados por su ídolo en el campo de la inteligencia artificial no son tan éticos como parecen.

La película es otro intento de consolidar la idea de que Oscar Isaac es en realidad uno de los seres más cretinos de Hollywood. No porque realmente lo sea, sino porque, a pesar de la crítica, todos sus papeles podrían agruparse en dos personajes: el psicópata cínico con un discurso patán -Robin Hood (2010), Sucker Punch (2011)- y el hombre de buenas intenciones, algo patético, que no termina de ganar simpatía -Show Me a Hero (2015), Inside Llewyn Davis (2013), Drive (2011)-. El papel de Isaac en Ex-Machina pertenece, sin duda, a la primera categoría.

La primera hora de celuloide es lo mejor de Ex Machina. La fotografía, bien cuidada desde el inicio, los colores, la hermosa mansión de Nathan (mención aparte para la dirección de arte) y la química entre Isaac y Gleeson.

La premisa logra atrapar y convencer. Sentimos curiosidad por este genio multimillonario que pasa sus días encerrado en su mansión a la que nadie tiene acceso trabajando en el próximo gran paso para el hombre: la inteligencia artificial. El objetivo de Nathan es claro desde el principio: crear un androide cuya inteligencia artificial sea tan avanzada que pueda, sin problemas, pasar por un ser humano. Pronto es revelado a nuestro protagonista que el sorteo que ha ganado es simplemente un juego para traer a alguien a esta casa en medio de la nada que pueda realizar un test Turing al último modelo de sus androides perfectos: Eva (Alicia Vikander). El test Turing fue propuesto por Alan Turing en 1950 y consiste en que una persona mantenga una conversación normal con un ser humano y una máquina sin saber cuál es cuál para que, al terminar, intente diferenciar a la máquina del ser humano. Si no puede hacerlo, la máquina ha aprobado el examen.

La química entre Isaac y Gleeson es innegable. Sus personajes, el jefe excéntrico y ego-maniaco junto con su fan nerd y tímido hacen una dupla que logra entretener. La fotografía y la arquitectura de la casa aumentan el placer visual de la cinta. Pero son las conversaciones que mantienen los dos personajes principales sobre la inteligencia artificial y la condición humana lo verdaderamente imprescindible de la película. Vale la pena mencionar la conversación sobre la sexualidad y su importancia en la interacción humana, cuando un asqueado y sorprendido Caleb le pregunta al personaje de Nathan por qué le otorgó identidad sexual a la mente del androide Eva, algo innecesario según Caleb, a lo que Nathan responde: “¿Me puedes dar un ejemplo de consciencia a cualquier nivel, humana o animal, que exista sin una dimensión sexual? […] ¿Qué imperativo tiene una caja gris de interactuar con otra caja gris? ¿Puede existir consciencia sin interacción?”. Estas conversaciones son el punto fuerte de la película y lo que casi la convierte en una obra maestra del género.

El problema, lamentablemente, es la segunda parte de la cinta.

Luego de disfrutar de la estética y las brillantes conversaciones entre Caleb y Nathan, al igual que los tensos diálogos que mantiene Caleb con Eva como parte del test Turing, la película no decide cuál camino tomar. Así que regresa al suspenso del inicio y le da un cierre apresurado más cercano a los slasher films que a los libros alucinantes y alucinados de Philip K. Dick.

A pesar de que las conversaciones con Eva fluyen entre el coqueteo y la tensión, nunca se logra un claro vínculo afectivo entre la androide y el protagonista. Dicho vínculo parece apresurado. Ni la actuación, ni el diálogo y mucho menos el ritmo y el tiempo hacen entender que entre Eva y su evaluador existe cariño. Tal vez uno de los problemas radica en que el personaje de Eva, a pesar de resultar sumamente inteligente y dar respuestas bastante sensibles, jamás termina de parecer realmente humana. Durante la película sigue siendo una robot. No hay empatía. Al parecer, según los últimos minutos de la cinta, esto no es lo que cree Caleb, quien en una semana parece haberse enamorado por completo de Eva y pasa de ser un tímido programador a un adolescente melodramático dispuesto a matar por su amante metálica.

 

Como si no fuese suficiente, el cinismo de Nathan parece ir aumentando con cada minuto de película hasta convertir al genio engreído en un bon vivant alcohólico.

Otro problema esencial se encuentra en el clímax. Al momento de olvidar por completo los magníficos diálogos sobre inteligencia artificial y tomar el camino de película de terror barata con el malvado alcohólico y la robot-love-story mas ridícula de la historia del celuloide, el clímax del suspenso es una escena trampa donde Caleb decide entrar en la computadora de Nathan sin su permiso y encuentra unos vídeos que revelan la gran sorpresa: Eva no es la primera androide creada en la mansión (algo que había sido explicado en escenas anteriores). Nathan guarda un centenar de vídeos de las pruebas con los robot que ha creado y destruido. Para Caleb estos vídeos son algo así como evidencia gráfica de un holocausto, pero para el espectador en realidad es una reacción inexplicable (¡son máquinas con forma humana!). Desde el principio es evidente que para llegar a su creación final (Eva), Nathan ha tenido que crear varios prototipos, versiones anteriores. Obviamente estos modelos fallidos debieron ser destruidos. Bueno, excepto Kyoko, la androide con cuerpo de mujer japonesa que no habla y sirve de asistente personal de Nathan, quien también la usa para otros propósitos: follar (otra de las escenas carentes de sentido) y bailar (la mejor escena de la película con un Oscar Isaac a todo sazón al ritmo de Get Down Saturday Night de Oliver Cheatham). Que estos modelos hayan sido destruidos no crea horror ya que la película no se ha ocupado de crear empatía ni sembrar en el público la duda con respecto a la brecha entre robot y ser humano.

Luego de este clímax tramposo la cinta se pierde de nuevo y las escenas se vuelven innecesariamente largas para cerrar en una mezcla de slasher film con el viejo cliché de los-robots-son-malos-y-quieren-acabar-con-los-humanos. Incluso, los últimos minutos son un giro full-Skynet a todo gas donde hasta Kyoko, la robot sexual y bailarina de programación primitiva que no hablaba ni entendía ningún idioma se convierte, gracias a un susurro al oído por parte de Eva, en la esclava reprimida dispuesta a tomar venganza contra su creador armada con un cuchillo de cocina, con el que ha llegado a la habitación sin explicación alguna. Un final moralista, ridículo, sin sentido y que aboga por una narrativa feminista de panfleto que no logró construir en las casi dos horas de película.

Sin embargo, la división temática de Ex-Machina podría interpretarse como algo más que un error imperdonable por parte del guionista. La película nos presenta dos lados de la ciencia ficción, que cuando se hace bien es, sencillamente, buen cine y buena literatura: su espectro más profundo, sin dar respuestas pero haciendo preguntas difíciles y necesarias, y su lado más superficial, concentrándose exclusivamente en lo visual para justificar historias sencillas o carentes de lógica que solo sirven como fondo para impresionar con imágenes. La pregunta que podemos hacernos con Ex-Machina no es sencilla. ¿Preferimos la pregunta compleja o la respuesta fácil? ¿Nos siguen importando las historias y la narrativa bien estructurada combinada con una estética espectacular? ¿Matrix o Elysium? ¿Children of Men o Cloud Atlas? ¿Blade Runner o Lockout? ¿2001: A Space Odyssey o Gravity? ¿Queremos preguntarnos qué nos hace humanos o ver danzar a la androide Kyoko? Podemos tener ambas, pero el equilibrio, ya se sabe, no es algo fácil de lograr. Y esta cinta de Alex Garland es prueba de ello.

Mientras decidimos -cosa que no hizo el guionista de Ex-Machina-, subamos el volumen de Get Down Saturday Night.

Y a bailar.

 

 

@GaboAntillano