• Caracas (Venezuela)

Gabriel Antillano

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Gabriel Antillano

Desconexión social

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Aunque no sigo ningún deporte con regularidad, me gusta el boxeo. Es un deporte a primera vista simple que suele dar muchas sorpresas. El peso, la técnica, la fuerza, son algunos aspectos que determinan el destino de una pelea.

Los últimos meses, ante el desarrollo de los acontecimientos políticos en nuestro país, he pensado en boxeo. Desde la muerte del presidente Hugo Chávez, el país, que no venía nada bien para empezar, empeoró su condición aceleradamente. A mi parecer, la ausencia de Chávez y el desastre económico en el que se ha sumido Venezuela hacen que el entusiasmo por el gobierno actual disminuya en gran medida. Apartando percepciones ideológicas, la gente está pasando trabajo y hambre. Pocos son los cínicos que afirman que el país está «bien». El filósofo esloveno Slavoj Žižek decía que uno de los pilares sobre los cuales se sostenía el gobierno del presidente Chávez, era la estabilidad económica. Más allá de la inflación, la gente aún tenía dinero. Si esto fallase, explicaba Žižek, el apoyo al mandatario decaería; mientras la economía fuese medianamente estable, se podía operar ideológicamente. El desabastecimiento, las colas y la inflación absurda demuestran que esa supuesta «estabilidad económica» ha quedado para la añoranza. Ya no hay ese soporte, ni tampoco está el mismo Chávez. Dentro de estas consideraciones, si el gobierno fuese un boxeador, estaría ciego, cansado y probablemente mocho. De ser así, siendo la oposición su único contrincante imaginable, ¿por qué nadie parece estar haciendo política en Venezuela?

Luego de las pasadas elecciones venezolanas, da la impresión de que la oposición se sumió en un gran letargo a causa de la frustración y la desmotivación que sigue a la derrota. Aun contando un par de marchas, «asambleas ciudadanas» en locaciones privilegiadas y campañas 2.0, no parecía estar ocurriendo nada. Incluso aquella alocada iniciativa con poca organización que resultó en La Salida, no llegó a nada –aunque nadie tiene demasiado claro a qué se supone que debía llegar–. Protestas estudiantiles, muertos y Leopoldo López preso, son algunas de las consecuencias de una iniciativa fracasada y no del todo pensada.

Sin importar las convicciones políticas de cada quien, todos estaremos de acuerdo en que actualmente se vive el peor período de todos los 15 años de chavismo.

Lo que nadie parece entender al hablar de «estallido social» y demás fantasías de una épica cargada de adrenalina, es que el descontento ante el gobierno no se traduce inmediatamente en apoyo a la oposición. El oficialista molesto que no está de acuerdo con los problemas actuales ni con las políticas de solución implementadas por el gobierno actual, no necesariamente apoya a la oposición. Incluso, lo más probable es que siga apoyando al gobierno. Que el gobierno se equivoque no significa que la oposición triunfe. Por esto la política es el arte del convencimiento. La oposición debe servir como una alternativa atractiva para el descontento oficialista.

Antes habría que repasar los obstáculos con los que ya cuenta la oposición.

El oficialismo se divide en dos grupos: los fanáticos (aquellos devotos incondicionales que siempre apoyaran al chavismo sin importar nada ni nadie) y los descontentos (molestos con el manejo actual del país). En cambio, la oposición cuenta con más divisiones: los fanáticos (sí, también los hay), los abstencionistas, los radicales (aquí entran desde los más extremos hasta esa horda reciente de inconscientes que hablan de las bondades del dictador Marcos Pérez Jiménez) y los desmotivados, que son legión. Dentro del apoyo al gobierno no existen muchos matices, mientras que la oposición, visto que nace de la crítica política, es una hegemonía. Cada quien asume la forma de oponerse que le resulte más adecuada y la mayoría debe respetar eso, siempre y cuando no se infrinja la ley.

Todo esto resulta en que la oposición también luche consigo misma. Además de oponerse al gobierno y tratar de presentar una alternativa para el país, se enfrenta con los abstencionistas que se oponen sin colaborar en absolutamente nada, los radicales que creen en épicas infantiles y los desmotivados. La autocrítica es necesaria y debe ser bienvenida, pero en la oposición lo que se da dentro de sí es el ataque. Esto hace que no se deba convencer al chavismo únicamente, sino también a los mismos opositores. Sin mencionar que la oposición también se enfrenta al resentimiento social, la fe ideológica –que es y siempre será ciega– y el enorme poder del gobierno, que controla los medios y tiene de su mano los bienes del Estado para ejercer desde ellos la política.

El panorama, visto así, no es nada alentador. Lo que lleva a pensar de nuevo que el mejor momento político para la oposición es este: sin tener en su contra a un líder carismático poderoso ni una respuesta económica satisfactoria. Al parecer, yo soy el único que piensa así.

La única metáfora que me viene a la mente, aparte de la tontería del boxeo, es la del desierto. Nadie hace nada, no ocurre nada. El desierto, donde el héroe, después de vagar bajo el sol impune, se da por vencido y acepta su destino.

Y a esto era a lo que iba.

No contentos con no hacer nada, lo único que se hace me deja atónito cada día. La respuesta de la oposición al fracaso político más contundente del gobierno ha sido una marcha pequeña, unas asambleas ciudadanas en locaciones marcadamente opositoras, campañas a través de redes sociales y la reciente gracia de traer a expresidentes latinoamericanos –que, sea dicho de paso, me ha dejado estupefacto.

Aún no dejo de impresionarme ante la absoluta desconexión social de un gran sector opositor que parece no entender en el país que vivimos.

Lo primero que debo decir y espero que quien lea esto lo entienda de una vez por todas, es que la mitad del país no tiene acceso a Internet. Vamos a repetirlo de otra forma: Internet es un privilegio del cual no todos los venezolanos gozan. Y quienes tienen acceso a Internet, lo usan a su gusto. Dada mi preocupación sobre como esto aún no se comprende en la política, lo pondré aún más simple: las campañas políticas por Internet (entiéndase: páginas webs, blogs, Facebook, Twitter, etcétera) tienen un efecto mínimo en la población venezolana. Dado que el monopolio de los medios (prensa, radio y televisión) lo tiene el gobierno, Internet es uno de los pocos espacios desde los cuales se puede operar políticamente. Sin embargo, la dependencia de Internet para ejercer la política y usarlo para evaluar el estado del país, es una estrategia equivocada.

El espacio que quedaría son las calles. Aquí surge otro problema. Señores, las «asambleas ciudadanas» en Chacao son una pérdida de tiempo. Combatir el poder tan lejos de él no funciona. Hacer campaña en zonas donde la oposición reina es un esfuerzo el vano. Si algo me sorprendió en estos días, fue cuando uno de esos grupos de niños fascistas que idolatran a Pérez Jiménez, hicieron una protesta con sus consignas radicales en el centro de Caracas. Gritar cosas con la imagen de Pérez Jiménez como bandera en el centro de Caracas es algo que, por más idiota que resulte, requiere valor. Mucho más valor que protestar y hacer campaña en la plaza Altamira.

Por último, y esto es lo que me ha quitado el sueño la última semana, si algún lector no entiende el resentimiento social en Venezuela, lo invito a pensar en lo siguiente: mientras la gente hace colas de más de seis horas para comprar pollo o pañales, un sector de la oposición (a la cabeza, María Corina Machado) trae a tres expresidentes para que observen el caos nacional. Primero: eso cuesta dinero, dólares para ser exactos. Ningún presidente vino gratis y eso es dinero que pudo usarse mejor. Segundo: la selección de los presidentes parecía un autosaboteo (¿Piñera? ¿Es en serio? ¡¿Piñera?!... ¡¿Calderón?!). Y tercero: el horror y desaprobación de tres expresidentes no sirve de nada. Una movida como esa solo ayuda, si acaso, al desprestigio del gobierno venezolano en el extranjero. Pensar que algo así es útil ante esta crisis me recuerda a la euforia de la oposición ante el voto de los venezolanos en el exterior en cada elección, un voto que no es de ningún peso considerable. También me recuerda a otra explosión eufórica cuando las luces del Empire State se prendieron de amarillo, azul y rojo, como si esto significara algo. Que otros países vean a Venezuela como una dictadura no cambia mucho, como ejemplo tenemos a Cuba. El hecho de que todo el mundo condene la dictadura de Cuba no ha servido de nada, o al menos no ha visto sus frutos en más de cincuenta años.

La desconexión de la realidad de muchos no deja de sorprenderme. Que en un país donde se está viviendo tanta miseria, con desabastecimiento, inflación y delincuencia desbordada, se piense en gastar dinero en traer a expresidentes de Suramérica me hace inclinarme hacia el grupo de los desmotivados. Este es un país donde actualmente en algunos lugares te venden la «untada» de desodorante, sin venderte el desodorante entero. Piensen eso por un momento antes de creer que la visita de los expresidentes sirvió de algo.

Nadie parece estar pensando en política, mucho menos en boxeo. Yo solo espero no tener que hablar del tema en el futuro.