• Caracas (Venezuela)

Gabriel Antillano

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Gabriel Antillano

Comentario tardío sobre una tontería

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Al momento de publicarse esta columna, ya habrá pasado una semana de ocurridos los eventos a los cuales refiero. Incluso, al momento de escribir estas líneas, ya varias personas han dedicado sus opiniones y pensamientos con respecto a lo ocurrido.

Me refiero, por supuesto, al Festival de la Lectura realizado en la plaza Altamira por la alcaldía de Chacao y el atropellado cierre que tuvo el domingo 23 de noviembre, debido a una diminuta protesta «estudiantil».

Para quien no lo sepa, la feria del libro que la alcaldía de Chacao monta en la plaza Altamira anualmente se realizó durante diez días, desde el 14 hasta el 23 de noviembre. La feria suele realizarse unos meses antes, pero debido a las protestas –las conocidas «guarimbas»–, particularmente comunes en el municipio, no se pudo hacer. Sin embargo, con una oferta reducida y menos stands de los pensados, se realizó la feria en esta temporada. Es un esfuerzo que se agradece, más allá de las críticas completamente justificadas que se tengan sobre el contenido y la programación.

Es importante mencionar que desde el día de inauguración, ciertas personas realizaron un tipo de «protesta pacífica» de forma presencial en la plaza donde se realizaba el evento. Como se sabe, en el centro de la plaza están colocadas una serie de fotos de los estudiantes que murieron en las protestas estudiantiles. También se encuentra un pequeño altar donde la gente, durante estos días, colgaba velas. Un grupo de personas, que en ningún momento se paseaba por los stands, llegaba para pararse allí, reunirse con otros y agregar más velas. De las cinco ocasiones que visité la feria, en cuatro oportunidades habían hombres en el lugar con la bandera de Venezuela puesta como capa. Recordar los crímenes impunes es algo válido y en cierta medida necesario, la forma tonta y abusiva de hacerlo por la que optan algunos, no lo es. Tampoco es comprensible la vinculación –extremadamente peligrosa, por cierto– de la política con la religión.

El penúltimo día de la feria, en el lugar del «altar por los caídos», algún grupo de personas colgó una enorme pantalla donde se proyectó un video que trataba el tema de la inseguridad en el país y criticaba la gestión del expresidente Chávez.

Aquí comienzan los problemas. Si algo se le critica al gobierno, es la forma como ha politizado las instituciones y los eventos. Son inexistentes los eventos realizados por el gobierno donde no se le trate de vender al público algún tipo de propaganda. Un ejemplo perfecto para la ocasión es Filven, la feria del libro que organiza el gobierno en Bellas Artes. Más allá de la misma oferta repetida de libros izquierdosos de todos los años, hay afiches, transmisión de discursos políticos en altavoces e incluso folletos. La feria del libro utilizada como propaganda, la cultura como espacio para fines políticos.

No parece equivocado comparar ambas ferias. Llama la atención que, saturados de la politiquería del gobierno, algunos opositores busquen politizar los pocos espacios culturales de la oposición. De esta forma, ningún evento cultural está carente de contenido político, ningún evento se sostiene por sí solo.

En mi opinión, la gracia del altar, las personas con la bandera como capa de superhéroe y finalmente el video proyectado el penúltimo día de la feria, alborotaron de cierta forma el descontento de muchos con el gobierno y el estado actual del país. Descontento, dicho sea de paso, que comparto y que me parece más que justificable. Sin embargo, este tipo de incentivos suelen animar a personas con poca visión política, y eso fue lo que ocurrió.

El último día de la feria, a inicios de la tarde, un minúsculo grupo de no más de veinte jóvenes empezaron una protesta pretendiendo trancar una calle en las adyacencias de la plaza. Dicha iniciativa resultó en una fuerte presencia policial en la zona que luego solicitó el cierre abrupto de la feria como medida de prevención. Después, hacia el final de la tarde, algunos stands reabrieron, otros no. Aparte de eso, la situación no escaló a algo más grave.

Primero se debe decir que protestar es un derecho. Cada persona tiene derecho de realizar una protesta pacífica y manifestar su descontento. Además, no es un derecho excluyente, la gente puede protestar en el espacio público de su preferencia y con el grupo de gente que desee. El hecho de que veinte muchachos protesten en Altamira no es condenable en sí, ya que tienen derecho de hacerlo. Sin embargo, esto no quiere decir que la ubicación, el momento y la forma sean de una estupidez abismal. Sin mencionar que trancar una calle tampoco suena del todo bien.

Dos aspectos a considerar:

Primero: a estas alturas, ¿se convence a alguien en Altamira? La idea de que Altamira es el lugar ideal para protestar es una concepción errónea ocasionada por la facilidad que dicho lugar ofrece. Chacao es una zona, se sabe, casi absolutamente opositora. Allí no hay nadie a quién «convencer». Protestar en ese lugar es más de lo mismo, no llega a nada. A lo único que puede llegar es a represión oficial y algunas fotos en Twitter. Los videos que se tomen en la plaza Altamira y se transmitan por CNN serán muy bien recibidos por los extranjeros, mas no aportan nada realmente. Ya se comprobó que las protestas en Chacao no logran mucho y tienen terribles resultados. Si la idea es convencer a ese enorme número de venezolanos descontentos con el gobierno y aún no demasiados inclinados hacia el movimiento opositor, protestar en zonas opositoras resulta, sí, absurdo. Como decía el amigo Miguel Ortiz: protestar contra el poder pero bien lejos del poder, que el poder no nos vea.

Segundo: aunque todo el mundo tiene derecho de protestar, la organización es algo a considerar. Ir con diez amigos a cerrar una calle un día cualquiera resulta tonto y difícilmente cambie algo. Intentar trancar una calle en las adyacencias del lugar donde se realiza un evento es esencialmente idiota e ingenuo. Aunque no sea de interés el evento, todos saben que los eventos culturales son pocos en nuestro país. Dañar esos espacios con una protesta minúscula en un lugar que la hace prácticamente inútil no parece la opción más inteligente. Sin contar el detalle de que dicha protesta es «antigobierno» y ocasionó la clausura de un evento de una alcaldía opositora.

En definitiva, si bien es entendible y válido que un pequeño grupo proteste cerca de la feria, sigue siendo algo muy tonto e infantil, de poca visión política.

Lo más preocupante de todo esto fueron las reacciones al respecto por Twitter. Más allá de quienes se horrorizaban por la temprana clausura de la feria y quienes defendían –siempre desde esa superioridad moral que otorga la comunicación virtual– el derecho a las protestas, ocurrió una reacción más importante y aterradora a mi parecer. Una enorme cantidad de personas –la mayoría de esos que gustan de llamarse «resistencia»– argumentó la inutilidad de los libros en «momentos como estos».

Reproduzco algunos tweets que llamaron mi atención (ortografía arreglada por mí, ya que al parecer el fanatismo político y la mala ortografía van de la mano):

-«¡Defender una feria del libro cuando el país se está cayendo es ser cómplices!».

-«¿Que prefieren? ¿Libertad o unos libros?».

-«No entiendo. Será que con la cultura vamos a conseguir comida, medicamentos y seguridad».

-«Bueno, entonces ¡ve a leer y espera tu libertad sentado pues! ¡Muy pronto leerás las aventuras de Fidel!» (Cabe acotar, camarada, que las «aventuras de Fidel» ya están en una enorme cantidad de libros sobre él. Pero seguro no lees).

-«¡En Venezuela se necesita más que un libro para enfrentar al gobierno! ¡Y más que letras para ser libres!».

-«¡Merece la libertad quien lucha! No el que se sienta a esperar que un libro le dé las respuestas».

(Sí, a mí también me dieron escalofríos estos tweets).

Evidenciada la suprema inteligencia de estas personas (y obviando lo autoritario del rechazo absoluto a quien disfruta de la lectura), si algo han demostrado nuestros tiempos, no solo en Venezuela, es lo contrario a sus argumentos. Es necesario regresar al conocimiento para entender lo que ocurre y buscar soluciones. Las explosiones sociales se han vuelto cada vez más comunes y existe una gran incertidumbre por el significado y la correcta lectura que se les pueda dar. La gente, en cambio, opta más por la acción antes que la comprensión. Por eso aquí pocos entienden de política y ocurren esas protestas que clausuran ferias de lectura. Nadie se detiene a pensar, nada invita a cuestionar.

Recordemos que la ignorancia nos metió en este problema y difícilmente nos sacara de él. El descontento y desespero por una opción diferente llevó a muchos venezolanos a optar por el antipartidismo. No se leyó, no se entendió, se apresuró todo por la acción. En fin, ya ven.

Es común que en las marchas, tanto de oficialismo como de oposición, periodistas pregunten a los marchantes por qué están protestando y las respuestas sean vergonzosas. Algunos divagan, gaguean, pero al final la mayoría no logra explicar demasiado bien su molestia. Un sector que obvia la crítica a un sistema fallido bajo la justificación de «los otros lo harían peor», justificación basada en un resentimiento social absoluto; y otro sector que sabe que las cosas están mal pero no sabe muy bien qué hacer al respecto, ni tampoco entiende mucho.

Nunca fue tan necesario volver a la teoría y buscar comprender qué ocurre. Alguien debería explicarles que las acciones vienen luego. Los libros y el conocimiento que albergan jamás fueron tan relevantes, pero nadie parece darse cuenta.