• Caracas (Venezuela)

Froilán Barrios

Al instante

De metrópoli del siglo XX a aldea del siglo XXI

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A la hora del té la sociología universal caracteriza la decadencia social a partir de las realidades observadas en el globo terráqueo, de allí que el continente africano sea fuente predilecta al representar las calamidades del género  humano; desde genocidios hasta hambrunas son registradas como categorías de la degradación, producida por la cuasi desaparición del Estado en cualquier latitud de esta región del planeta.

De estos dramas que han significado el exterminio de millones de seres humanos han surgido conceptos como la somalizacion de un país, cuando se refiere a la extinción del Estado sustituido por la mafia y el poder de bandas criminales, o la africanizacion de la sociedad ante la inexistencia elemental de todo servicio público necesario para la supervivencia de cualquier mortal. Toda esta cruenta realidad orquestada por feroces dictaduras, ejecutoras de genocidios y atrocidades ancestrales dignas de la historia universal de la infamia.

Observando esta tragedia global ¿en el umbral de qué nos situamos nosotros hoy en Venezuela? Cuando percibimos la tragedia diaria hogareña de cada día para alimentarse y subsistir, que ha convertido a cientos de miles de habitantes de nuestros pueblos y ciudades en nómadas detrás de un alimento. Ante el desabastecimiento y la escasez más aguda en las zonas rurales, la gente se traslada en manadas a las capitales de los estados donde se supone con la existencia de automercados una mejor oportunidad de abastecerse, para encontrarse con la amarga experiencia de una igual o peor situación.

A la carencia de alimentos, agua, luz, salud, transporte, se agrega el cáncer inflacionario producido por un mercado que promueve el bachaqueo de productos, cuyo efecto inmediato, la pulverización del salario y el ingreso familiar, ha determinado la venta de los enseres hogareños para la subsistencia, neveras, cocinas, televisores y electrodomésticos para garantizarse semanas más de subsistencia. Incluso en numerosos casos ha disminuido el ausentismo laboral, por enfermedad o cualquier causa característica de estos tiempos de manguangua jurídica, ya que el trabajador al menos se garantiza la papa resuelta del comedor industrial que adquirirla en la calle.

El drama social que nos estremece parece no ser reconocido ni internacionalmente, ni en nuestros predios, donde el gobierno nacional insiste en su campaña irresoluta de guerra económica y de confrontación directa y permanente con la Asamblea Nacional, en lugar de promover solución inmediata a los males que han precarizado al extremo la vida en cualquier rincón de nuestro territorio nacional. Y para lograrlo requiere el entendimiento inmediato de los dos poderes Ejecutivo y Legislativo, si no el tornado de la explosión social arrasará con lo existente.

A tal extremo de que aquel país cuya capital fuera reconocida como la sucursal del cielo, al punto de ser una de las metrópolis envidiadas en nuestro continente y allende los mares, pudiera ser convertida en una aldea abandonada por la ignominia de sus insensatos gobernantes.