• Caracas (Venezuela)

Froilán Barrios

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Polar, el discreto encanto de la burguesía

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Las revoluciones del siglo XXI carecen del entorno de aquellas que insuflaron corazones y suspiros en los cinco continentes en los siglos XIX y XX, en procura de un mundo mejor para el ejército de millones de proletarios que perecía junto a sus familias en las fábricas de un capitalismo inhumano y cruel, que no tenía otro método que la superexplotación salvaje, donde el obrero dejaba la piel en la máquina para obtener un mísero salario.

Ese contexto dramático produjo inicialmente revoluciones obreras en toda Europa, siendo la prestigiosa revolución rusa contra el zarismo el ecuador de la historia contemporánea desde 1917, que incluso inspiró la epopeya de John Reed en los Diez días que estremecieron al mundo y marcó el sueño de oleadas de generaciones de obreros e intelectuales que deseaban construir la república de los soviets en Alemania, Turín, París, mas allá de la URSS.

Efectivamente, de un mundo calificado por Lenin en los albores del siglo XX como el imperialismo fase superior del capitalismo, de cuyas contradicciones se produjeron dos guerras mundiales devastadoras del género humano, al mismo tiempo surgieron en la segunda parte del siglo XX grandes cambios en la composición del proletariado, cuya fuerza era solo el trabajador manual. Según Castell R. (1997) en la Francia de los ochenta se produjo una transformación de la condición proletaria a la condición salarial donde el antiguo operario fue sustituido por el trabajador tecnificado y altamente capacitado.

Igualmente de la fase irracional del capitalismo salvaje surgieron mecanismos de entendimiento entre Estados, empresarios y trabajadores alrededor de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) (1919), cuyo auge en materia de convenios de protección al trabajo no ha cesado desde 1946 hasta el siglo XXI, en la orientación de humanizar las relaciones laborales en torno al concepto al trabajo digno.  

Definitivamente, el mundo rotundamente cambió y el discurso de la jauría presidencial retoma el odio expropiador como argumento para descalificar a la principal fuente de trabajo del país como lo es el sector privado formal, donde laboran más de 5.000.000 de personas, ya que el sector público solo emplea 2.500.000, sin tomar en cuenta que en el sector de pequeños emprendedores privados se ganan la vida más de 4.000.000 de trabajadores.

Como no pueden expropiar ni sustituir el capital por su incapacidad manifiesta de gerenciar la más humilde bodega del barrio, escoge el blanco más calificado en la Polar y a su líder, Lorenzo Mendoza, a través de una historia de amor y odios iniciada por el difunto de Sabaneta y trastocada por el actual inquilino de Miraflores, quien no deja de destilar en sus mensajes el desencanto de no ser competente para darle al país un gobierno que retome la ruta de la prosperidad, del éxito y del bienestar para todos.

Ese bienestar que hoy convierte a los trabajadores de la Polar en la élite de los trabajadores venezolanos, producto de una empresa que ha superado conflictos laborales estableciendo diálogo y trabajo digno como método permanente entre empresarios, sindicatos y trabajadores.