• Caracas (Venezuela)

Freddy Lepage

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Freddy Lepage

El diálogo y el juego del gato y el ratón

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Si en Venezuela existiera una democracia a secas, sin calificaciones, pero democracia al fin, el oficialismo buscaría el diálogo para resolver los conflictos políticos, económicos y sociales. La búsqueda de la estabilidad en la pluralidad es el fin último de cualquier gobierno para mantener un clima de paz y tranquilidad que le permita buscar el desarrollo y el bienestar de la sociedad. Pero, como vivimos en el mundo al revés, en nuestra tierra ocurre lo contrario. Maduro, como heredero del testamento político de Chávez, sigue empeñado en imponer y profundizar un proyecto inviable en el siglo XXI, tal como lo fue en el siglo pasado.

Ahora bien, Hobbes señala para la resolución de conflictos dos propuestas que resultan dialécticamente antagónicas; una, por medio de la conquista y la imposición del orden del vencedor –que es la que prevalece en el oficialismo “revolucionario”–; y la otra, la que conduce a llegar a acuerdos que garanticen la necesidad de establecer un orden cívico, por lo que el conflicto, una vez originado, serviría como medio para que se puedan crear las condiciones –el diálogo, la negociación– que hagan posible la convivencia social ordenada. Para ello es necesario el reconocimiento en un plano de igualdad que tienen los hombres en una sociedad democrática, como bien lo señala Carl Schmitt, cuando habla del enemigo justo, en su trabajo sobre El concepto de lo político, aludiendo a una relativización de la enemistad.

En nuestro caso, la cúpula militar-cívica gobernante encabezada por Maduro parece que quiere utilizar el diálogo planteado para ganar tiempo y esperar que las protestas estudiantiles –que superan los tres meses, con un saldo lamentable de de 42 muertos y centenares de heridos por la actuación de la Guardia Nacional Bolivariana, la Policía Nacional Bolivariana y de las bandas civiles armadas del régimen, sin incluir las detenciones arbitrarias y los jóvenes torturados y vejados, en clara violación de los derechos humanos– se calmen lentamente, cosa que, por los momentos, parece no será así.

Pero, una de las dificultades que se presentan y que tiene que enfrentar la MUD con toda claridad y firmeza es que la profunda crisis que, de seguir por el camino que va, seguramente derivará en mayor violencia, represión y pérdida de vidas, no se puede resolver si no incluye en su seno una representación no solo de los estudiantes, sino de los otros factores de la oposición que lideran María Corina Machado, Leopoldo López y Antonio Ledezma y factores sociales como los gremios y otros. No hacer esto pone a la MUD en desventaja a la hora de cualquier diálogo, negociación o como se llame y, al propio tiempo, facilita los intentos del régimen en el sentido de dividir y debilitar a la oposición como un todo. Debe prevalecer, entonces, el viejo lugar común de que “en la unión está la fuerza”, por lo que hay que hacer supremos esfuerzos por concertar –en aras del objetivo superior de rescatar la maltrecha y derruida democracia venezolana– los puntos de vista contrapuestos que nos separan. 

Vistas las cosas así, es necesario que se clarifiquen y sinceren posiciones que, en principio, no son coincidentes.
Solamente así Maduro dejará de jugar al gato y al ratón con la MUD y con la democracia venezolana. Hay que evitar a toda costa la posibilidad de un conflicto civil que, aunque sea de baja intensidad, le cause al país males mayores. El camino de la paz y la convivencia se torna culebrero mientras no se consoliden posiciones comunes en la oposición y el autoritarismo militarista entienda que no puede seguir en el juego suma cero que se le puede revertir; si no, hagamos un balance de las protestas sociales de cada día que ponen el caldo más morado de lo que ya está. Cuánta falta hace un grupo como el de Contadora que sirvió para que las partes en conflicto en El Salvador acabaran con una guerra civil fratricida de 12 años que dejó un saldo de más de 70.000 muertos y 8.000 desaparecidos.