• Caracas (Venezuela)

Freddy Lepage

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Freddy Lepage

La culpa es de las colas

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Este año 2015 arrancó como se esperaba, con más problemas que esperanzas de una mejoría en la situación del país. Maduro, en su alocución de fin de año ofreció que, después del abrazo de Año Nuevo, el ministro Marco Torres y el presidente del Banco Central, Merentes, darían a conocer las medidas que él había anunciado que “anunciaría” esa noche. Pues bien, nada de esto ocurrió, más bien el propio presidente Maduro sorprendió a los venezolanos con larga e improvisada gira que incluyó Rusia, algunos países árabes y otros miembros de la OPEP, con el objetivo de lograr la recuperación de los precios petroleros, como si ellos dependieran de lo que pudiera hacer Venezuela.

Esta actitud intempestiva e ilusoria –que más bien parece una huida hacia adelante, ante la escalada de la crisis nacional– no ha dado los resultados esperados, más bien, por el contrario, el precio del crudo se ha seguido deteriorando peligrosamente afectando, sin duda, a la ya golpeada economía, a pesar de que los altos jerarcas del régimen se empeñen, algunos, en minimizar, otros, en negar. El sol no se puede tapar con un dedo.

Enero ha servido para que la gravedad de la situación, advertida desde meses atrás –y que no es producto de la caída del petróleo, sino del empeño en mantener un modelo fracasado en todo el mundo desde el siglo pasado–, se muestre de la manera más cruel e inhumana con un desabastecimiento y escasez no solamente de los alimentos de la dieta diaria, sino también de equipos médicos y de medicinas en general que amenaza la salud de venezolanos que, a pesar de los recorridos y colas en farmacias e instituciones de salud, no consiguen los medicamentos necesarios y, en muchos casos, el tratamiento indicado en los centros de salud, gracias a la estulticia y desatención de los funcionarios responsables. Ya la situación se torna insostenible y la paciencia del pueblo se agota exponencialmente hasta el punto de explosionar –con las consecuencias violentas que de ello se derivan– en cualquier momento, a pesar del incremento de la represión militar, que ha llegado a tal punto de virulencia e insensatez de arrestar a aquellos ciudadanos o periodistas que fotografíen las largas e interminables filas de gente desesperada por conseguir pollo, aceite, harina precocida, café y pare usted de contar. Algunos gobernadores, más “audaces” aún, han llegado a prohibir –por decreto– la pernocta en los supermercados privados y de la red gubernamental, de quienes sienten la pulsión de que se van a quedar sin alimentos en el muy corto plazo y, por ende, son capaces de cualquier sacrificio para obtenerlos. ¡La vesania total!...

Los ministros del área alimentaria han dado las versiones más disparatadas e inverosímiles –pensando que los venezolanos somos un arreo de pendejos– para tratar de justificar lo injustificable: su incompetencia para resolver el barranco en caída libre en que ha caído nuestro país que, una vez, fue considerado entre los más ricos de América Latina. En fin, aquí no pasa nada y la culpa, finalmente, es de las colas. Mientras tanto, el tiempo se acaba y todo puede reventar en las narices de quienes tienen las riendas del poder ejercido de manera omnímoda y antidemocrática...